Celso García de la Riega

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Conferencia de Celso García de la Riega en la Real Sociedad Geográfica Año 1898, Cristóbal Colón ¿Español? II

Celso García de la Riega

Celso García de la Riega

Vióse obligado Colón, por conveniencia propia y por consecuencia de carácter, á sostener la calidad de genovés que ostentaba ante la corte de España; y al entrar en el estudio de tan interesante punto, se me ocurre la siguiente pregunta: ¿era italiano?

Muchos y, por cierto, muy graves, doctos y respetables, son los críticos que han negado al insigne Almirante la nacionalidad italiana, ya suponiéndole griego, ya haciéndole natural de Córcega, perteneciente entonces á la corona de Aragón. Hecho

muy digno de tenerse en cuenta es, en efecto, el de que ninguno de los documentos escritos de su mano que han llegado á nuestros tiempos, esté redactado en lengua italiana: memoriales, instrucciones, cartas y papeles íntimos, notas margina- les en sus libros de estudio, todos se hallan escritos en castellano ó en latín. Para explicar de alguna manera semejante singularidad, se dice que la educación de Colón en su infancia fué muy superficial, y además que abandonó á su patria en la niñez; explicación sobradamente deleznable, porque aparte de las altas cualidades de inteligencia y de aplicación que se le han reconocido, para los estudios elementales que verificó antes de los catorce años, en que empezó á navegar, debió emplear forzosamente la lengua italiana; y puesto que navegó veintitrés años, «sin estar fuera de la mar tiempo que se haya de contar» en barcos genoveses, ya en el comercio, ya al servicio de los Anjou; puesto que sostuvo continuas relaciones de amistad y trato frecuente con mercaderes y personajes italianos, no es posible admitir que hubiese olvidado la lengua italiana hasta el punto de no poder escribir en este idioma la carta que dirigió á la Señoría de Genova. ¿Quién, que se halle expatriado, aunque lleve residiendo largo tiempo en el extranjero, al dirigirse por escrito á las autoridades de su pueblo, no lo hace en el idioma patrio? ¿Quién llega á olvidar hasta ese grado el lenguaje que aprendió en el regazo materno? ¿Es posible, dadas las condiciones morales de Colón, que no hubiera sentido por la lengua italiana, si esta hubiera sido la suya, el instintivo afecto que todos los hombres, de todos los países y de todas las épocas, dedicamos al idioma nativo? No fué olvido, ciertamente, la causa de este hecho. ¿Lo habrá sido el desdén, la indiferencia? ¿Es que, en efecto, ese idioma no era el suyo?

En el preámbulo de su Diario de navegación, al exponer á los Reyes Católicos el objetivo de su empresa, el inmortal Descubridor dice que en el Catay domina un príncipe llamado el Gran Kan, que en nuestro romance significa rey de los reyes. Es, sin duda, sumamente violento creer que, á los ocho años de residir en país extranjero, haya quien llame lengua suya á la de ese país, sobre todo, cuando no existe precisión de estampar semejante expresiva frase, cuya inexactitud saltaría á la vista de Colón en el momento de escribirla, á no ser que se olvidase de que era genovés ó de que se hacía pasar por genovés. ¿Sucedió acaso que Colón, sin darse cuenta de ello, alzó en las tres palabras de en nuestro romance un extremo del velo con que se propuso ocultar patria y origen? No hay autor dramático, ni novelista, ni criminal, ni farsante, ni hombre cauteloso ó reservado, que no deje algún cabo suelto, que no des- cuide algún detalle por donde flaquee la fábula ó se sospeche y descubra lo que se quiso ocultar. ¿Obedeció Colón á esta imperfección humana al llamar suya á la lengua española?

Cuando el Descubridor, perdida toda esperanza y desahuciado en sus pretensiones, volvió á la Rábida, pensando en que se vería obligado á dirigirse al Gobierno de otra nación, los ruegos de Fr. Juan Pérez le decidieron á intentar nuevas gestiones ante los Reyes Católicos. Accedió á ellos, porque su mayor deseo era que «España lograse la empresa que proponía, teniéndose por natural de estos reinos»; así lo dice su hijo don Fernando. Acaso en la vehemencia de sus lamentaciones, deslizó alguna frase que entonces debió interpretarse en un sentido figurado, pero que expresaba una verdad instintivamente manifestada. ¿Qué fuerza íntima le impulsaba á tales demostraciones de afecto hacia España?.

En 1474, Colón se decide á someter su proyecto al sabio italiano Pablo Toscanelli y á solicitar sus consejos; pues bien, Toscanelli, en una de sus cartas, le considera portugués, hecho notable que merece particular examen. Para el estable- cimiento de relaciones entre uno y otro medió Lorenzo Giraldo, italiano, residente en Lisboa. ¿Omitió Giraldo, al dirigirse al célebre cosmógrafo, la circunstancia de haber nacido Colón en Italia, á pesar de lo natural y de lo oportuno de esta noticia? Pues así lo hizo, debe presumirse que desconocía la nacionalidad del recomendado, y si la conocía, era lógico que no la mencionara ni la ostentase como título á la consideración que tal calidad pudiera inspirar, puesto que para nada interesaría á Toscanelli que Colón fuese griego, portugués ó español. Pero admitiendo que Giraldo no hubiese querido participarle que Colón era italiano, ó se hubiese olvidado de ello ¿puede aceptarse que el propio interesado hubiese incurrido en igual omisión y que, en los momentos en que buscaba con el mayor afán la aprobación del eminente sabio para sus grandiosos planes de surcar el temido mar de Occidente, no procurase, en primer término, captarse sus simpatías haciéndosele agradable bajo el título de compatriota?

Es evidente, por lo tanto, que sólo con posterioridad á dicha fecha, Colón conoció la conveniencia de utilizar el díctalo de genovés. Aún no se había apercibido entonces de las graves dificultades que se opondrían á la realización de sus planes y no se le ocurrió fingir ó exhibir semejante calidad, de verdadera importancia en aquella época, en que genoveses y venecianos, por una parte eran auxiliares poderosos en las guerras

marítimas y, por otra, monopolizaban el comercio del Asia y del Mediterráneo, haciendo tributaria de él á toda Europa. Sabéis que los genoveses gozaban en España, desde siglos antes, gran nombradía en los asuntos navales y mucho acogimiento y benevolencia cerca de los reyes de Castilla. ¿Se pro- puso Colón aprovechar esta circunstancia para el buen éxito de sus gestiones y para ocultar á la vez su modesto origen, de cuya manera evitaría dos escollos amenazadores? En este caso, los hechos tendrían plausible explicación.

Desde que se presentó en la Rábida á los generosos frailes franciscanos, el dictado de genovés empezó á circular en noticias, cartas, recomendaciones y gestiones de toda clase. La corte, la nobleza, el clero, los funcionarios y el pueblo en general, fueron recibiendo, aceptando y propagando sin reparo alguno, pues no había razón para ello, aquel dictado; celebróse la memorable estipulación de Santa Fe sin que á los Reyes ni á sus secretarios se les ocurriera exigir de Colón, antes de con- cederle elevadísimos títulos y cargos, demostración alguna de las condiciones personales y de familia que la administración de aquella época requería para el desempeño de empleos in- significantes: ni siquiera se le reclamó la naturalización en España que se impuso á Amérigo Vespucci como requisito preparatorio para obtener, juntamente con Vicente Yañez Pinzón, el mando de una flota de descubrimientos y después el cargo de piloto mayor. Quedó, pues, sencillamente establecido el dictado de genovés, sin otro fundamento que la aseveración del primer Almirante de Indias, á la que no podía menos de concederse completo crédito.

Ninguno de los escritores de la época nos suministra luz alguna acerca de la vida de Colón anterior á su presentación en España; ninguno de ellos le conoció en su infancia ni en su juventud; todos se vieron obligados á consignar lo que afirmaba la opinión general con respecto á su nacionalidad, y os ruego me perdonéis la molestia que voy á ocasionaros recordando la calidad y condiciones de dichos escritores.

Pedro Mártir de Anglería, italiano, que escribió sus epístolas á raíz de los sucesos del descubrimiento, amigo íntimo de Colón desde antes de la toma de Granada, conocedor de todo lo que pasaba en la corte, maestro de los pajes, en gran- des relaciones con la nobleza, con el clero y con los funcionarios, no pasa de llamar á Colón vir ligur, el de la Liguria. No puede atribuirse á Pedro Mártir sobriedad de estilo, porque en sus escritos consigna numerosos detalles relativos, tanto á sucesos de importancia como á verdaderas menudencias, demostrando gran espíritu de observación, de perseverancia y de curiosidad; en nuestros tiempos hubiera sido un periodista noticiero de primera fuerza. Tratándose de un compatriota, es singular que no haya apuntado dato alguno acerca del nacimiento, de la vida y de la familia del Descubridor del Nuevo Mundo.

El bachiller Andrés Bernáldez, cura de los Palacios, amigo también de Colón, que fué depositario de sus papeles y huésped suyo en 1496, se limita á decir que era mercader de estampas: esta es toda la noticia que nos da acerca de la vida anterior del Almirante. Se le tiene y cita como testimonio favorable á Genova, con evidente error, por cierto, porque si bien en el primero de los capítulos que en su Crónica de los Reyes Católicos dedica á Colón, le llama «hombre de Genova», al dar cuenta de su fallecimiento en Valladolid, afirma que era de la provincia de Milán.

Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial de Indias, que conoció y trató á Colón y á casi todos los que intervinieron en los acontecimientos, por él también presenciados, que desempeñó altos cargos en la administración de Ultramar, sólo pudo enterarse de que «unos dicen que Colón nació en Nervi, otros en Saona, y otros en Cugureo, lo que más cierto se tiene.-» Esta frase demuestra que Oviedo realizó indagaciones y consultó diversos pareceres, sin resultado positivo, y sin obtener dato alguno en cuanto á Genova, puesto que no la nombra.

El P. Las Casas nada más nos dice que haber sido el Almirante de nacionalidad genovesa, cualquiera que fuese el pueblo perteneciente á la señoría donde vio la luz primera. La ignorancia ó la reserva del P. Las Casas acerca de este punto es muy expresiva, puesto que, aparte de su intimidad con el Almirante, él mismo afirma haber tenido en sus manos más papeles de Colón que otro alguno.

Citados quedan los cuatro escritores contemporáneos y amigos del Almirante que, juntamente con su hijo D. Fernando, sirven de fundamento para su historia. Singulares que hayan coincidido en no puntualizar el pueblo que fué cuna del Descubridor, pues no debe admitirse que ninguno de ellos dejara de interrogarle acerca del lugar de su nacimiento y acerca de otros particulares, como familia, vida anterior, viajes, estudios, etc. Esta. curiosidad hubiera sido tan legítima, que no creo necesario enumerar las diversas razones que la hubieran justificado. ¿A qué ha obedecido, pues, ese tan unánime silencio? En mi concepto, nada más que á la reserva guardada por Colón y por sus hermanos.

Galíndez de Carvajal, que nos ha dejado noticias precisas sobre la estancia ó residencia de los Reyes Católicos en dis- tintas localidades, demostrando así el cuidado con que reunió los datos correspondientes, afirma que Colón era de Saona.

Medina Nuncibay, del cual se encontró una crónica en la colección Vargas Ponce, escritor que examinó los papeles de Colón depositados en la Cartuja de Sevilla, dice que el Almirante era natural de los confines del Genovesado y Lombardía, en los estados de Milán, y añade que se escribieron algunos tratadillos «dando prisa á llamarle genovés.»

En el Archivo de Indias vio Navarrete dos documentos oficiales escritos á principios del siglo xvi; en uno de ellos se dice que Colón nació en Cugureo; en el otro que en Gugureo ó en Nervi.

De manera que ninguna de las referencias que podemos llamar coetáneas designa la ciudad de Genova como patria del Descubridor; circunstancia que resulta más notable al analizar la información realizada ante el Tribunal de las Órdenes militares con respecto á D. Diego Colón, nieto de aquél, agraciado con el hábito de Santiago.

Imprudente sería desconocer la importancia histórica de dicho documento, sacado á la luz pública por el respetable y erudito ministro del mencionado Tribunal, Sr. Rodríguez de Ghágón, académico de la Historia.

No demuestra que Colón nació en Saona; pero, á mi juicio, desvanece toda inclinación favorable á Genova. Tres son los datos interesantes que contiene acerca de la cuestión: 1.° En la genealogía que figura á la cabeza de la información, que los pretendientes al noble hábito presentaban in voce y juraban, se hace constar á D. Cristóbal Colón como nacido en Saona. 2.° En ninguna de las diligencias se menciona la declaración del Almirante, incluida en la escritura del mayorazgo, de haber nacido en Genova. Y 3. Pedro de Arana, de Córdoba, hermano de Doña Beatriz Enríquez, ignoraba cuál era la patria de Colón.

Los dos primeros datos demuestran que la familia legítima del Almirante creía que éste no había nacido en Genova, y, además, contradecía la afirmación contenida en dicha escritura por considerarla inexacta, pues de lo contrario nada le hubiera sido tan fácil y tan natural com® señalar en dicha genealogía á Genova por patria de Colón, confirmándolo con la escritura del vínculo y con los testigos correspondientes. Ni cabe alegar que tales informaciones se verificaban por mera fórmula, pues debiendo prestarse un juramento por familia de tan elevada posición en la sociedad y ante respetable Tribunal, las mismas circunstancias del hecho reclamarían que, fórmula por fórmula, dicha familia escogiera la que tenía á su favor la aseveración del fundador del mayorazgo. El juramento exigía la expresión de la verdad ó de lo que se creía verdad, y por eso la familia legítima de Colón exhibió la declaración relativa á Saona, acompañada de un testimonio de calidad, cual era el de Diego Méndez, á quien no cabe recusar justificadamente. Méndez no fué tan sólo un servidor fiel del Almirante, sino también un amigo íntimo, invariable y afectuoso. Entre los diversos servicios que le prestó en el épico cuarto viaje, descuella el de haber pasado treinta leguas de un piélago proceloso, embarcado en débil canoa, desde la Jamaica á la Española, bajo un cielo abrasador, en demanda de socorro. Acompañóle un protegido de Colón, el genovés Fiesco; en las últimas cartas á su heredero, el ya anciano y doliente Descubridor, menciona varias veces al buen Diego Méndez, ya para pedir que le escriba muy largo, ya para afirmar que « tanto valdrá su diligencia y verdad, como las mentiras de los rebeldes Porras.» Este calificado testigo declara en la información que el Almirante «era de la Saona;» y si bien es cierto, como dice un erudito crítico, que el testimonio de Méndez carece de la condición esencial de exponer que lo aducía con referencia al propio Colón, más cierto é indudable es todavía que jamás había oído á los dos hermanos, D. Cristóbal y D. Bartolomé, ni al genovés Fiesco, ni al segundo Almirante D. Diego, afirmar que el grande hombre había nacido en Genova, porque en este caso Méndez no hubiera abrigado una opinión tan resuelta acerca de Saona, ni la hubiera expresado tan categóricamente; es lo más probable que hubiese oído á los dos primeros hablar con afecto y frecuentemente de Saona, ya por haber transcurrido parte de la vida de ambos en este pueblo, ya por haber residido y fallecido en él sus padres. De manera que esta circunstancia viene también á demostrar la inexactitud de la escritura del vínculo en cuanto á la cuna de Colón.

El tercer dato no es menos elocuente. De Pedro de Arana, hermano de Doña Beatriz Enríquez, dice el P. Las Casas que lo conoció muy bien y que era hombre muy honrado y cuerdo.

Sirvió al Almirante con energía y lealtad, especialmente con motivo de la sedición de Roldan en la isla Española. D. Diego Colón, el segundo Almirante, ordenó en su testamento el pago á Pedro de Arana de cien castellanos que en las Indias había prestado á su padre D. Cristóbal; deuda que patentiza la intimidad que había existido entre el Descubridor y Arana.

Este testigo, no menos calificado, declara en la expresada información que «oyó decir que Colón era genovés, pero que él no sabe de dónde es natural.» No cabe duda de que las palabras «oyó decir que era genovés» se refieren á la voz pública, á la opinión general, así como las de «pero no sabe de dónde es natural» expresan un convencimiento existente en la familia, pues si Doña Beatriz supiera cuales eran el pueblo y el país de su amante, lo sabrían también su hermano Pedro de Arana y su hijo D. Fernando Colón, el historiador: no es posible desconocer la evidencia de este raciocinio.

El hecho de que sus amigos y ambas familias, la legítima y la de Doña Beatriz, coincidan en no estimar, mejor dicho, en desdeñar la afirmación de Colón de haber nacido en Genova, hecha en solemnísimo documento, reviste decisiva importancia. ¿De qué otras causas puede derivarse, sino de la seguridad que aquellos abrigaban, contraria á dicha afirmación, y de la reserva sin duda observada tenazmente por el Almirante sobre éste y otros interesantes puntos de su vida? ¿Puede concebirse que un hombre como él no hubiera hablado con frecuencia de su patria y de sus parientes, ya en las conversaciones, ya en sus escritos, á no alimentar el decidido propósito de ocultar patria y origen? Y ¿cómo ha de merecer fe cumplida, en los tiempos actuales y ante la crítica moderna, el que no la alcanzó de su propia familia, el que ocasionó, en efecto, por su proceder en esta materia, todas las dudas?

¿Cómo extrañar, pues, que el mismo D. Fernando Colón, historiador de su padre, participara de igual incertidumbre? D. Fernando, en el capítulo primero de su libro, reconocido como piedra fundamental de la Historia del Nuevo Mundo, dice textualmente: «de modo que cuanto fué su persona á propósito y adornada de todo aquello que convenía para tan gran hecho, tanto menos conocido y cierto quiso que fuese su origen y patria; y así, algunos que de cierta manera quieren obscurecer su fama, dicen que fué de Nervi, otros de Cugureo, otros de Bugiasco; otros que quieren exaltarle más, dicen era de Saona y oíros genovés, y algunos también, saltando más sobre el viento, le hacen natural de Placencia.»

En primer término se ve en este párrafo que D. Fernando se excluye del número de aquellos otros que tenían á su padre por nacido en Genova; y es verdaderamente imposible que, designado segundo heredero, desconociera la escritura de fundación del mayorazgo. ¿Acaso sabía de labios del propio Almirante que su afirmación en dicha escritura constituía un simple adorno de la fundación del vínculo? ¿Es que D. Fernando era devotísimo amigo de la verdad histórica? Cualquiera de estas dos razones, ya que no ambas á la vez ¿fué causa de que no apreciase la afirmación de su padre? Es de advertir, además, que al empezar el capítulo primero de su libro manifiesta que una de las principales cosas que pertenecen á la historia de todo hombre sabio, es que se sepa su patria y origen; sin embargo, no pudo cumplir este precepto y el propio D. Fernando, contestando á Giustiniani, califica repetidamente de «caso oculto» á tan interesante detalle.

Se ha acudido á ciertos expedientes para descartar las frases de D. Fernando, sin desautorizar su libro. Unos dicen que quiso echar tupido velo sobre el humilde origen de su padre; otros, que D. Luís Colón, duque de Veragua, antes de entregar en Venecia el manuscrito de dicho libro al impresor Alfonso Ulloa, introdujo una alteración en el texto á que me refiero, á fin de que pudiera figurar dignamente unido el linaje de los Toledo con el de Colón.

Desde luego se advierte verdadera inconsistencia en ambas interpretaciones, porque si D. Fernando se hubiera propuesto ocultar el humilde origen de su padre, habría empleado conceptos adecuados ó se hubiera limitado á repetir la afirmación incluida en la escritura del mayorazgo. Y si D. Luís Colón, dado que dispusiera, como de cosa propia, de un manuscrito perteneciente á la Biblioteca colombina, hubiera atendido á la consideración relativa á los linajes para realizar una adulteración en el texto, la habría hecho en términos conducentes á sugerir el convencimiento de que el Descubridor procedía de noble estirpe, no dejando la cuestión en una forma que acusa ese mismo humilde origen, objeto de la supuesta modificación.

En su postrera disposición testamentaria, el insigne Almirante confiesa la existencia de un cargo «que pesa mucho para su ánima» con relación á Doña Beatriz Enríquez, añadiendo que (da razón dello non es lícito decilla.» Claro es que semejante pesadumbre de conciencia se refiere á su conducta personal y no á la de Doña Beatriz: si en esta confesión alude al hecho de no haberse casado con la bella dama cordobesa, es indudable que la razón, que no le era lícito decir, radicaba en él. ¿Por qué no realizó este matrimonio? ¿Por qué no descargó oportunamente su conciencia de aquel peso á fin de que la muerte no le sorprendiese en tal situación? Muchos motivos vulgares, sin conexión con los hechos culminantes de la vida de Colón, pudieron ser causa de que no celebrara dicho matrimonio; pero en el terreno de las hipótesis admisibles y calculando que el Almirante, por la universal notoriedad que había adquirido y por la altivez de su carácter, hubiese juzgado que, ni aun en el trance de la muerte, debía casarse en secreto ni en condiciones que pudieran menoscabar su fama ó desconceptuarle, ¿cabe presumir que la poderosa dificultad que le impidió aliviar la conciencia fué la necesidad de ocultar sus antecedentes? ¿Acaso su hermano D. Bartolomé se vio en situación análoga, pues también falleció sin casarse y dejando un hijo natural? Me permito exponer este raciocinio tan sólo en el concepto de suposición y como materia para discutir.

Continuará

Patria y Origen De Colón II

PATRIA Y ORIGEN El Imparcial 29 de Dicembre 1912

De

CRISTÓBAL COLÓN

(Conclusión,)

El Imparcial 29:12:1912El articulista no debiera admirarse de que yo concedía gran importan á la afirmación de D. Fernando Colón, hijo y primer biógra­fo del insigne navegante, el cual dice categoricamente. que su padre «quiso hacer desconocidos e inciertos>> su origen y patria. Esta afirmación se hala corroborada, pues resulta que las dos familias de Colón, la legitima y la de Beatriz Enriquez, ignora­ban en qué pueblo había nacido el almirante, hasta el punto de que Pedro de Arana, buen. artigo de éste y hermano de aquella dama, en la información de un expediente de las ordenes militares, declara con respecto á Cris­tóbal Colón que <<ha.oído decir que es genovés, pero el no sabe de dónde es natural». El mencionado articulista prescinde de estos antecedentes, como también prescinde de que Colón no dejó ningún escrito en itaLianio, y, en cambio, llamaba «nuestro romancen» á la lengua castellana ocho años después de venir á España; de que los cronistas italianos de la época del descubrímiento, el geranvés Gallo y el obispo Giustiniani, dicen que Bar­tolomé Colón nació en Lusitania; de que ningún escritor de aquellos tiempos determina el lugar del nacimiento de Colón ni da la menor noticia acera de su vida anterior á la presentación, enCastilla, sobre cuyo punto existen las mayores tinieblas, mientras que están bien conocidas las vidas de varios personajes italianos más antignuos y menos fa­mosos que el gran navegarate, y, en fin, pres­cinde asimismo de otra multitud de hechos que omito pana no cansar á los lectores,

Pero entonces, ¿qué es lo que tiene impor­tancia para, el articulista de Il Secólo en la cuestión, que se discute? Pues, simplemente, la mencionada declaración heráldica de Colón de haber nacido en Genova y, además, un documento especial, conocido y estudiado por el distinguido escritor norteamericano Mr. Vignaud, fechado en dicha ciudad á 25 de Agosto de 1479 y descubierto recientemeinte; papel, curiosísimo por todo extremo y que, según veremos, debiera acompañar á otros que se guardan en la Casa munaidípial de aque­lla incomparable población, con respecto á los cuales, en cuatro libros diversos:, dice el acreditado colombófilo Hanrisseí, también yanqui, que están al lado del violin dé Paganini. Men­cionaré dos detalles del citado documento: primero, que Colón nació en 1452, y segundo, que en 1479 era todiavia ciudadano tejedor de Géinovat Pues bien; ambos resultados son sencillamente inaceptables, á juzgar por siguientes datos históricos: primero, Bernáldez, gran amigo de. Colón, eni su «Crónica de los Reyes Católicoscos>>, dice, y se comprueba, por otros datos, que el almirante falleció á los se­tenta años, senectude bona»; y una real cédula, expedida en Febrero de 1506, concede permiso á Colón en vista de su <<ancianidad» y enfermedades, para viajaren mula ensillada y enfrenada (Asiento,<<Cristóbal Colón>>, tomo I, páginas 212-213). Nacido el almirante en 1452, tendría cincuenta y cuatro años al fallecer en 1506; jamás en ninguna parte se ha llamado. ni llama á esa edad Senectud ó ancianidad.

Segundo cuando Colón se pre­sentó en Castilla, año 1484, era viudo y le acompañaba su hijo Diego, niño de ocho años, nacido en 1476. ¿Cómo piodía ser ciudadano de Génova y tejedor de lanas el insigne marino, que se habría casado en Lisboa por lo menos en 1475 y consultado entónces su gran pro­yecto á Tosconelli desde la misma ciudiad? Pensando, pues, piadosamente, resulta. sólo que el Cristóforo Colombo de ese documento de 1479 no erael mismo Cristóbal Colón descubridor de América el cual consigina, en. una carta á los Reyes, incluida en su «Libro de las .Profecias>>, que en 1501 contaba cuarenta años de navegación, y reatando los ocho que parmaneció en España antes de su primer viaje, resultaría que, nacido en 1462, como quiere el papel de que se trata, habría empe­zado á navegar, poco más ó menos… ¡antes de tener un año de edad! Siendo muy común en Italia el apellido Colombo, nada tendría de particuiar que en aque país hubiere, un Cristóforo Colombo dlstinto del gran marino, del mismo modo que hubo otro Criatobo de Colón ein Pontevedra. durante el siglo XV.

En mi citado libro pateintizo el valor que puede concederse al texto de ciertos. diocumentos; pero no tenmimiaré este punto sin dedicar algunas palabras á la carta en castellano, que sedice de Colón, conservada en la Casa Municipal de Génova, á fin de que por esa muestra los lectores y el aticulista milanés se enteren de que singulares detalles que ofrecen aquellos. En esa carta, fechada <<á 2 de Abril de 1502>> Colón participa al magnífico Oficio de San Jorgr que manda á su hijo D. Diego destine el diezmo de toda la renta de cada año á disminuir los impuestos que por las vituallas comederas se satisfacían á su entrada en Génova, dádiva verdaderamente espléndida. Ahora bien; nos encontramos aquí con una contradicción enorme porque antes de emprender el cuarto viaje,el almirante dió á su heredero un memorial de mandatos, á manera de disposición testamentaria, que comunicó á su íntimo amigo Fr Gaspar Gorricio <<dos días después>> de la fecha de aquella carta, esto es, <<en 4 del mismo mes y año>>, en cuyo memorial, analizado minuciosamente y comprobado por el sr Fernández Duro en su <<Nebulosa de Colón>>, no aparece, como tampoco en ningún otro documento, semejante concesión á Génova, ni consta que de ella se hayan preocupado poco ni mucho las autoridades y el vecindario de aquella ciudiad. En la misma carta, Colón añade que «los reyes me quieren honrar más que nunca», precisamente cuando se le nega­ba el ejerciccio de los cargas de virrey y gobernador de los países, que había descubierto y se le imponía, para dicho cuarto viaje, la. bochornosa condicáón de no desembarcar enla isla de Santo Domingo: he aquí cómo se le honraba más que nunca. ¿Qué concepto, pues, merece esta carta? Creo que esta bien colocada al lado del falso y desiatinado codiclilo militar del almirante.

En Italia, se comprendió la absoluta necesidad de probar que la madre de Colón era italiana; pero por ninguna parte apareció el apellido Fonterosa. Por fin surgió un gran recurso para salir del atolladero: habiéndose encomtraidio documentos acerca de personas que tenían el apellido <<Fontanarubea», una de ellas, padre de cierta Susana, se le tradu­ce cómodamenie convirtiéndolo en: «.Fontarossa», con el pretexto de que ambas palabras tienen el mismo significaido. De mane­ra que siendo los italianos los únicos mortales que en este mundo pueden aspirar á la infalibilidad, sin duda, el articulista de Il Secólo juzga, que la tergiversación menciona­da es incontrastable; y así, hay desahoco y manga. ancha para la teoría coliombina de Italia, mientras que para la coloniana, de España son las dificultades y los escrúpulos.

Mucho tendria que decir aún sobre esta interesante cuestión; pero no debo abusar de la hospitalidad que El Imparcíal me conce­de. Concluiré, pues, haciéndome cargo de la manifestación final de Il Secolo. Dice que «genovés ó pontevedrino, Colón no habría airribado á su maravilloso descubrimiento si no le hubiese abierto camino el buen Pablo Tobscanelli. cuya nacioniailidad no constituye, ni ha constituido jamás, unpunto histórico oscuro». Esta reinvidación tiene el aspecto de una retirada, puesto que ya trata de dis­minuir el mérito de Colón; perfectamente, pe­ro conste que Toscanelli, en su correspondencia con el futuro almiruinte, considera á éste natural de Lusitamia. Se ve, por consiguíen­te, que en 1474 ó 1475 Colón; no decía que era genovés, ni aparentaba serlo, sino que se fingía partugués. Cierto es que Mr. Vignaud, ci­tado por IlSecólo, califica de apócrifa la mencionada correspondencia, sin presentar justificantes adecuados, en su libro titulado <<la carta y el mapa de Toscanelli sobre la ruta de las Indias por el Oeste>>, criterio que ha refutado <<La Ilustración Española y Americana>> me dispensó merced publicar. Sí yo fuera. sistemático en mi teoría coloniana., hubiera aceptado y se­cundado ese criíerio, porque de semejante superchería ó falsedad se deduciría lógicamente que, siendo de mano del propio almirante la copia de la carta de Toscanelli hallada por Harrise en las guardas de un libro que había pertenecido a Colón, éste presentaba al cosmógrafo florentino bien enterado de que la nacionalidad del temerario proyectista no era italiana.

Por último, el distiinguido articulista de Il Secólo censura sarcásticamente al sabio doctor Horta y Pardo (que posee, en efecto, muchos títulos honoríficos y científicos) por encargar álos lectores de su notable folleto que, en vista de los fundamentos que expone, tengain fe en la nacionalidad española del inmortal descubridor del Nuewo Mundo. Esa censura es injusta. Por mi parte tego fe absoluta y <<razonada » en, que la gloria de Colón pertenece intogra á España.

Celso García de la Riega.

Colón y Toscanelli

La Ilustración Española y Americana 15 de Agosto 1903

Colón y Toscanelli

Colón y Toscanelli 1Una de las cuestiones suscitadas recientemente acerca de los hechos que produjeron el descubrimiento de América, es la relativa á la autenticidad de la correspondencia habida entre Colón y el cosmógrafo italiano Pablo Toscanelli. El distinguido diplomático norteamericano Mr. Enrique Vignaud la estudia en su notabilísimo libro titulado La carta y el mapa de Toscanelli sobre la ruta de las Indias por el Oeste, enviados en 1474 al portugués Fernán Martins, y trasladados más tarde á Cristóbal Colón, en el cual, aparte de ciertas débiles reservas, Mr. Vignaud se inclina ostensiblemente á la solución de que la mencionada correspondencia es apócrifa, á cuyo efecto hace dos afirmaciones esenciales: que al embarcarse para su magna empresa, Colón no poseía ninguna teoría científica, y que es verdaderamente cierta la leyenda del piloto náufrago que comunicó al inmortal marino noticias seguras y positivas acerca de la existencia de tierras al Oeste del Atlántico. Para el examen detenido de este curioso libro no bastaría el corlo espació del presente artículo, que sólo tiene por objeto informar al público y llamar sobre tan interesante materia la atención de los doctos

 II

Mr. Vignaud no demuestra, en mi concepto, la calidad de verdadera que atribuye á la historieta del piloto náufrago. Sería muy presuntuoso por mi parte el intento de apoyar los razonamientos concluyentes, incontestables, de los diversos sabios escritores que han dado por resuelto esto punto, después de analizar y repudiar los cuentos do López do Gomara y de Garcilaso de la Vega. El ilustrado crítico interpreta á Oviedo y á Las Casas, y le basta apreciar que ambos historiadores no hacen unanegación absoluta para afirmar que apoyan en cierto modo aquella leyenda. Sin embargo, el primero dice categóricamente que la tiene por falsa, calificándola de novela, y el segundo viene sencillamente á declarar quo no quiere ocuparse en rechazarla. Pero Mr. Vignaud no ha querido, sin duda, aquilatar los orígenes precisos del cuento, que, en el caso de ser verdadero, tan sólo podrían haber consistido en la locuacidad ó declaración del propio intoresado, y no puede concebirse que Colón hubiera dado publicidad á hechos que desconceptuarían sus méritos y desvanecerían su gloria: semejante solución es inaceptable, aunque Mr. Vignaud suponga que el gran navegante era persona sumamente expansiva, calificativo que no corresponde al hombre que sólo habló una vez de su mujer, nebulosamente por cierto, y que reservó con tenacidad los antecodentes de su vida, de sus padres y su familia y de su origen. Semejante novela es, en resumen, análoga á la de la Cava ó Florindadel rey godo don Rodrigo (1): el Silence y Pedro del Corral dieron vida y nombre á sus personajes, exactamente lo mismo que Garcilaso do la Vega hizo con respecto a la del piloto náufrago. Y gracias á que el descendiente de los Incas encontró la historieta en el. Perú, y á qne «no lo prestó gran atención por ser mozo cuando la oyó a su padre», pues, en otro caso, nos hubiera dicho la edad del naufrago, si era rubio ó moreno, y hasta los nombres do sus abuelos. Lástima es qne Mr. Vignaud, quo penetra en las más recónditas intenciones y analiza minuciosamente las causas posibles de los hechos, no haya fijado su atención en un detalle muy adecuado para que aplicase sus profundos conocimientos científicos: el de si pudieron reinar en el Atlántico, con la fuerza y la constancia indispensables, la borrasca y los vientos necesarios para quo el fantástico piloto arribase, contra su voluntad, á las islas ó tierras del nuevo continente, hecho muy dudoso, por no decir inverisímil.

III.

Muy aventurada es la aseveración de que el inmortal descubridor, cuando se embarcó en Palos, no poseía ninguna teoría cientílica. Para evidenciar su inexactitud noColón y Toscanelli 2 es preciso examinar menudamente los raciocinios de Mr. Vignaud. Bastará consignar que el distinguido crítico prescinde en absoluto de las memorables conferencias de Salamanca, en las cuales Colón discutió con teólogos, matemáticos y cosmógrafos, habiendo obtenido las simpatías y el apoyo de algunos de ellos: pero no so trata de las fantásticas sesiones de que habla con la mayor arbitrariedad, lo mismo quo de otros pormenores de la historia del descubrimiento, Mr. Rosselly de Lorgues, quien confundiendo y amalgamando la junta du Cordoba, opuesta á los proyectos de Colón y presidida por el prior del Prado, Fr. Hernando de Talavera, con las conferencias de Salamanca, promovidas posteriormente por el P. Daza y favorables á dichos proyectos (confusión en que también incurrieron Hunboldt, Irving y varios escritores de cuenta”) , dio rienda suelta á su imaginación y á su pluma, refiriéndose á unas actas qae no existieron ni existen en ninguna parte, á unos colegios salmantinos que no habia, pues fueron creados en el siglo XVI, al nombramiento de un vicepresidente para la junta, y á la presencia en las discusiones de damas eruditas que á, la sazón residían on diversos lugares del reino. Basta, repito, la mención de dichas conferencias para destruir la afirmación do Mr. Vignaud, aunque se pudiera añadir otras pruebas de que Colón al embarcarse para su empresa no era un lego. Por ejemplo: en el preámbulo de su diario de navegación del primer viaje, dice que se dirige al pais del oro y de las especias, á Zipango y al Catay, que. es la enunciación clara de la teoría científica de llegar á las tierras del Oriente por el camino del Occidente; y aquí es oportuno consignar la observación de que Colón copia al pie de la letra, en el mismo preámbulo, unas lineas de la carta de Toscanelli al portugués Martins, donde se oxpliea el signiiicado de la frase «Gran Kan, que quiere decir en nuestro romance Rey de los Reyes».

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