Celso García de la Riega

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Conferencia de Celso García de la Riega en la Real Sociedad Geográfica Año 1898, Cristóbal Colón ¿Español? II

Celso García de la Riega

Celso García de la Riega

Vióse obligado Colón, por conveniencia propia y por consecuencia de carácter, á sostener la calidad de genovés que ostentaba ante la corte de España; y al entrar en el estudio de tan interesante punto, se me ocurre la siguiente pregunta: ¿era italiano?

Muchos y, por cierto, muy graves, doctos y respetables, son los críticos que han negado al insigne Almirante la nacionalidad italiana, ya suponiéndole griego, ya haciéndole natural de Córcega, perteneciente entonces á la corona de Aragón. Hecho

muy digno de tenerse en cuenta es, en efecto, el de que ninguno de los documentos escritos de su mano que han llegado á nuestros tiempos, esté redactado en lengua italiana: memoriales, instrucciones, cartas y papeles íntimos, notas margina- les en sus libros de estudio, todos se hallan escritos en castellano ó en latín. Para explicar de alguna manera semejante singularidad, se dice que la educación de Colón en su infancia fué muy superficial, y además que abandonó á su patria en la niñez; explicación sobradamente deleznable, porque aparte de las altas cualidades de inteligencia y de aplicación que se le han reconocido, para los estudios elementales que verificó antes de los catorce años, en que empezó á navegar, debió emplear forzosamente la lengua italiana; y puesto que navegó veintitrés años, «sin estar fuera de la mar tiempo que se haya de contar» en barcos genoveses, ya en el comercio, ya al servicio de los Anjou; puesto que sostuvo continuas relaciones de amistad y trato frecuente con mercaderes y personajes italianos, no es posible admitir que hubiese olvidado la lengua italiana hasta el punto de no poder escribir en este idioma la carta que dirigió á la Señoría de Genova. ¿Quién, que se halle expatriado, aunque lleve residiendo largo tiempo en el extranjero, al dirigirse por escrito á las autoridades de su pueblo, no lo hace en el idioma patrio? ¿Quién llega á olvidar hasta ese grado el lenguaje que aprendió en el regazo materno? ¿Es posible, dadas las condiciones morales de Colón, que no hubiera sentido por la lengua italiana, si esta hubiera sido la suya, el instintivo afecto que todos los hombres, de todos los países y de todas las épocas, dedicamos al idioma nativo? No fué olvido, ciertamente, la causa de este hecho. ¿Lo habrá sido el desdén, la indiferencia? ¿Es que, en efecto, ese idioma no era el suyo?

En el preámbulo de su Diario de navegación, al exponer á los Reyes Católicos el objetivo de su empresa, el inmortal Descubridor dice que en el Catay domina un príncipe llamado el Gran Kan, que en nuestro romance significa rey de los reyes. Es, sin duda, sumamente violento creer que, á los ocho años de residir en país extranjero, haya quien llame lengua suya á la de ese país, sobre todo, cuando no existe precisión de estampar semejante expresiva frase, cuya inexactitud saltaría á la vista de Colón en el momento de escribirla, á no ser que se olvidase de que era genovés ó de que se hacía pasar por genovés. ¿Sucedió acaso que Colón, sin darse cuenta de ello, alzó en las tres palabras de en nuestro romance un extremo del velo con que se propuso ocultar patria y origen? No hay autor dramático, ni novelista, ni criminal, ni farsante, ni hombre cauteloso ó reservado, que no deje algún cabo suelto, que no des- cuide algún detalle por donde flaquee la fábula ó se sospeche y descubra lo que se quiso ocultar. ¿Obedeció Colón á esta imperfección humana al llamar suya á la lengua española?

Cuando el Descubridor, perdida toda esperanza y desahuciado en sus pretensiones, volvió á la Rábida, pensando en que se vería obligado á dirigirse al Gobierno de otra nación, los ruegos de Fr. Juan Pérez le decidieron á intentar nuevas gestiones ante los Reyes Católicos. Accedió á ellos, porque su mayor deseo era que «España lograse la empresa que proponía, teniéndose por natural de estos reinos»; así lo dice su hijo don Fernando. Acaso en la vehemencia de sus lamentaciones, deslizó alguna frase que entonces debió interpretarse en un sentido figurado, pero que expresaba una verdad instintivamente manifestada. ¿Qué fuerza íntima le impulsaba á tales demostraciones de afecto hacia España?.

En 1474, Colón se decide á someter su proyecto al sabio italiano Pablo Toscanelli y á solicitar sus consejos; pues bien, Toscanelli, en una de sus cartas, le considera portugués, hecho notable que merece particular examen. Para el estable- cimiento de relaciones entre uno y otro medió Lorenzo Giraldo, italiano, residente en Lisboa. ¿Omitió Giraldo, al dirigirse al célebre cosmógrafo, la circunstancia de haber nacido Colón en Italia, á pesar de lo natural y de lo oportuno de esta noticia? Pues así lo hizo, debe presumirse que desconocía la nacionalidad del recomendado, y si la conocía, era lógico que no la mencionara ni la ostentase como título á la consideración que tal calidad pudiera inspirar, puesto que para nada interesaría á Toscanelli que Colón fuese griego, portugués ó español. Pero admitiendo que Giraldo no hubiese querido participarle que Colón era italiano, ó se hubiese olvidado de ello ¿puede aceptarse que el propio interesado hubiese incurrido en igual omisión y que, en los momentos en que buscaba con el mayor afán la aprobación del eminente sabio para sus grandiosos planes de surcar el temido mar de Occidente, no procurase, en primer término, captarse sus simpatías haciéndosele agradable bajo el título de compatriota?

Es evidente, por lo tanto, que sólo con posterioridad á dicha fecha, Colón conoció la conveniencia de utilizar el díctalo de genovés. Aún no se había apercibido entonces de las graves dificultades que se opondrían á la realización de sus planes y no se le ocurrió fingir ó exhibir semejante calidad, de verdadera importancia en aquella época, en que genoveses y venecianos, por una parte eran auxiliares poderosos en las guerras

marítimas y, por otra, monopolizaban el comercio del Asia y del Mediterráneo, haciendo tributaria de él á toda Europa. Sabéis que los genoveses gozaban en España, desde siglos antes, gran nombradía en los asuntos navales y mucho acogimiento y benevolencia cerca de los reyes de Castilla. ¿Se pro- puso Colón aprovechar esta circunstancia para el buen éxito de sus gestiones y para ocultar á la vez su modesto origen, de cuya manera evitaría dos escollos amenazadores? En este caso, los hechos tendrían plausible explicación.

Desde que se presentó en la Rábida á los generosos frailes franciscanos, el dictado de genovés empezó á circular en noticias, cartas, recomendaciones y gestiones de toda clase. La corte, la nobleza, el clero, los funcionarios y el pueblo en general, fueron recibiendo, aceptando y propagando sin reparo alguno, pues no había razón para ello, aquel dictado; celebróse la memorable estipulación de Santa Fe sin que á los Reyes ni á sus secretarios se les ocurriera exigir de Colón, antes de con- cederle elevadísimos títulos y cargos, demostración alguna de las condiciones personales y de familia que la administración de aquella época requería para el desempeño de empleos in- significantes: ni siquiera se le reclamó la naturalización en España que se impuso á Amérigo Vespucci como requisito preparatorio para obtener, juntamente con Vicente Yañez Pinzón, el mando de una flota de descubrimientos y después el cargo de piloto mayor. Quedó, pues, sencillamente establecido el dictado de genovés, sin otro fundamento que la aseveración del primer Almirante de Indias, á la que no podía menos de concederse completo crédito.

Ninguno de los escritores de la época nos suministra luz alguna acerca de la vida de Colón anterior á su presentación en España; ninguno de ellos le conoció en su infancia ni en su juventud; todos se vieron obligados á consignar lo que afirmaba la opinión general con respecto á su nacionalidad, y os ruego me perdonéis la molestia que voy á ocasionaros recordando la calidad y condiciones de dichos escritores.

Pedro Mártir de Anglería, italiano, que escribió sus epístolas á raíz de los sucesos del descubrimiento, amigo íntimo de Colón desde antes de la toma de Granada, conocedor de todo lo que pasaba en la corte, maestro de los pajes, en gran- des relaciones con la nobleza, con el clero y con los funcionarios, no pasa de llamar á Colón vir ligur, el de la Liguria. No puede atribuirse á Pedro Mártir sobriedad de estilo, porque en sus escritos consigna numerosos detalles relativos, tanto á sucesos de importancia como á verdaderas menudencias, demostrando gran espíritu de observación, de perseverancia y de curiosidad; en nuestros tiempos hubiera sido un periodista noticiero de primera fuerza. Tratándose de un compatriota, es singular que no haya apuntado dato alguno acerca del nacimiento, de la vida y de la familia del Descubridor del Nuevo Mundo.

El bachiller Andrés Bernáldez, cura de los Palacios, amigo también de Colón, que fué depositario de sus papeles y huésped suyo en 1496, se limita á decir que era mercader de estampas: esta es toda la noticia que nos da acerca de la vida anterior del Almirante. Se le tiene y cita como testimonio favorable á Genova, con evidente error, por cierto, porque si bien en el primero de los capítulos que en su Crónica de los Reyes Católicos dedica á Colón, le llama «hombre de Genova», al dar cuenta de su fallecimiento en Valladolid, afirma que era de la provincia de Milán.

Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial de Indias, que conoció y trató á Colón y á casi todos los que intervinieron en los acontecimientos, por él también presenciados, que desempeñó altos cargos en la administración de Ultramar, sólo pudo enterarse de que «unos dicen que Colón nació en Nervi, otros en Saona, y otros en Cugureo, lo que más cierto se tiene.-» Esta frase demuestra que Oviedo realizó indagaciones y consultó diversos pareceres, sin resultado positivo, y sin obtener dato alguno en cuanto á Genova, puesto que no la nombra.

El P. Las Casas nada más nos dice que haber sido el Almirante de nacionalidad genovesa, cualquiera que fuese el pueblo perteneciente á la señoría donde vio la luz primera. La ignorancia ó la reserva del P. Las Casas acerca de este punto es muy expresiva, puesto que, aparte de su intimidad con el Almirante, él mismo afirma haber tenido en sus manos más papeles de Colón que otro alguno.

Citados quedan los cuatro escritores contemporáneos y amigos del Almirante que, juntamente con su hijo D. Fernando, sirven de fundamento para su historia. Singulares que hayan coincidido en no puntualizar el pueblo que fué cuna del Descubridor, pues no debe admitirse que ninguno de ellos dejara de interrogarle acerca del lugar de su nacimiento y acerca de otros particulares, como familia, vida anterior, viajes, estudios, etc. Esta. curiosidad hubiera sido tan legítima, que no creo necesario enumerar las diversas razones que la hubieran justificado. ¿A qué ha obedecido, pues, ese tan unánime silencio? En mi concepto, nada más que á la reserva guardada por Colón y por sus hermanos.

Galíndez de Carvajal, que nos ha dejado noticias precisas sobre la estancia ó residencia de los Reyes Católicos en dis- tintas localidades, demostrando así el cuidado con que reunió los datos correspondientes, afirma que Colón era de Saona.

Medina Nuncibay, del cual se encontró una crónica en la colección Vargas Ponce, escritor que examinó los papeles de Colón depositados en la Cartuja de Sevilla, dice que el Almirante era natural de los confines del Genovesado y Lombardía, en los estados de Milán, y añade que se escribieron algunos tratadillos «dando prisa á llamarle genovés.»

En el Archivo de Indias vio Navarrete dos documentos oficiales escritos á principios del siglo xvi; en uno de ellos se dice que Colón nació en Cugureo; en el otro que en Gugureo ó en Nervi.

De manera que ninguna de las referencias que podemos llamar coetáneas designa la ciudad de Genova como patria del Descubridor; circunstancia que resulta más notable al analizar la información realizada ante el Tribunal de las Órdenes militares con respecto á D. Diego Colón, nieto de aquél, agraciado con el hábito de Santiago.

Imprudente sería desconocer la importancia histórica de dicho documento, sacado á la luz pública por el respetable y erudito ministro del mencionado Tribunal, Sr. Rodríguez de Ghágón, académico de la Historia.

No demuestra que Colón nació en Saona; pero, á mi juicio, desvanece toda inclinación favorable á Genova. Tres son los datos interesantes que contiene acerca de la cuestión: 1.° En la genealogía que figura á la cabeza de la información, que los pretendientes al noble hábito presentaban in voce y juraban, se hace constar á D. Cristóbal Colón como nacido en Saona. 2.° En ninguna de las diligencias se menciona la declaración del Almirante, incluida en la escritura del mayorazgo, de haber nacido en Genova. Y 3. Pedro de Arana, de Córdoba, hermano de Doña Beatriz Enríquez, ignoraba cuál era la patria de Colón.

Los dos primeros datos demuestran que la familia legítima del Almirante creía que éste no había nacido en Genova, y, además, contradecía la afirmación contenida en dicha escritura por considerarla inexacta, pues de lo contrario nada le hubiera sido tan fácil y tan natural com® señalar en dicha genealogía á Genova por patria de Colón, confirmándolo con la escritura del vínculo y con los testigos correspondientes. Ni cabe alegar que tales informaciones se verificaban por mera fórmula, pues debiendo prestarse un juramento por familia de tan elevada posición en la sociedad y ante respetable Tribunal, las mismas circunstancias del hecho reclamarían que, fórmula por fórmula, dicha familia escogiera la que tenía á su favor la aseveración del fundador del mayorazgo. El juramento exigía la expresión de la verdad ó de lo que se creía verdad, y por eso la familia legítima de Colón exhibió la declaración relativa á Saona, acompañada de un testimonio de calidad, cual era el de Diego Méndez, á quien no cabe recusar justificadamente. Méndez no fué tan sólo un servidor fiel del Almirante, sino también un amigo íntimo, invariable y afectuoso. Entre los diversos servicios que le prestó en el épico cuarto viaje, descuella el de haber pasado treinta leguas de un piélago proceloso, embarcado en débil canoa, desde la Jamaica á la Española, bajo un cielo abrasador, en demanda de socorro. Acompañóle un protegido de Colón, el genovés Fiesco; en las últimas cartas á su heredero, el ya anciano y doliente Descubridor, menciona varias veces al buen Diego Méndez, ya para pedir que le escriba muy largo, ya para afirmar que « tanto valdrá su diligencia y verdad, como las mentiras de los rebeldes Porras.» Este calificado testigo declara en la información que el Almirante «era de la Saona;» y si bien es cierto, como dice un erudito crítico, que el testimonio de Méndez carece de la condición esencial de exponer que lo aducía con referencia al propio Colón, más cierto é indudable es todavía que jamás había oído á los dos hermanos, D. Cristóbal y D. Bartolomé, ni al genovés Fiesco, ni al segundo Almirante D. Diego, afirmar que el grande hombre había nacido en Genova, porque en este caso Méndez no hubiera abrigado una opinión tan resuelta acerca de Saona, ni la hubiera expresado tan categóricamente; es lo más probable que hubiese oído á los dos primeros hablar con afecto y frecuentemente de Saona, ya por haber transcurrido parte de la vida de ambos en este pueblo, ya por haber residido y fallecido en él sus padres. De manera que esta circunstancia viene también á demostrar la inexactitud de la escritura del vínculo en cuanto á la cuna de Colón.

El tercer dato no es menos elocuente. De Pedro de Arana, hermano de Doña Beatriz Enríquez, dice el P. Las Casas que lo conoció muy bien y que era hombre muy honrado y cuerdo.

Sirvió al Almirante con energía y lealtad, especialmente con motivo de la sedición de Roldan en la isla Española. D. Diego Colón, el segundo Almirante, ordenó en su testamento el pago á Pedro de Arana de cien castellanos que en las Indias había prestado á su padre D. Cristóbal; deuda que patentiza la intimidad que había existido entre el Descubridor y Arana.

Este testigo, no menos calificado, declara en la expresada información que «oyó decir que Colón era genovés, pero que él no sabe de dónde es natural.» No cabe duda de que las palabras «oyó decir que era genovés» se refieren á la voz pública, á la opinión general, así como las de «pero no sabe de dónde es natural» expresan un convencimiento existente en la familia, pues si Doña Beatriz supiera cuales eran el pueblo y el país de su amante, lo sabrían también su hermano Pedro de Arana y su hijo D. Fernando Colón, el historiador: no es posible desconocer la evidencia de este raciocinio.

El hecho de que sus amigos y ambas familias, la legítima y la de Doña Beatriz, coincidan en no estimar, mejor dicho, en desdeñar la afirmación de Colón de haber nacido en Genova, hecha en solemnísimo documento, reviste decisiva importancia. ¿De qué otras causas puede derivarse, sino de la seguridad que aquellos abrigaban, contraria á dicha afirmación, y de la reserva sin duda observada tenazmente por el Almirante sobre éste y otros interesantes puntos de su vida? ¿Puede concebirse que un hombre como él no hubiera hablado con frecuencia de su patria y de sus parientes, ya en las conversaciones, ya en sus escritos, á no alimentar el decidido propósito de ocultar patria y origen? Y ¿cómo ha de merecer fe cumplida, en los tiempos actuales y ante la crítica moderna, el que no la alcanzó de su propia familia, el que ocasionó, en efecto, por su proceder en esta materia, todas las dudas?

¿Cómo extrañar, pues, que el mismo D. Fernando Colón, historiador de su padre, participara de igual incertidumbre? D. Fernando, en el capítulo primero de su libro, reconocido como piedra fundamental de la Historia del Nuevo Mundo, dice textualmente: «de modo que cuanto fué su persona á propósito y adornada de todo aquello que convenía para tan gran hecho, tanto menos conocido y cierto quiso que fuese su origen y patria; y así, algunos que de cierta manera quieren obscurecer su fama, dicen que fué de Nervi, otros de Cugureo, otros de Bugiasco; otros que quieren exaltarle más, dicen era de Saona y oíros genovés, y algunos también, saltando más sobre el viento, le hacen natural de Placencia.»

En primer término se ve en este párrafo que D. Fernando se excluye del número de aquellos otros que tenían á su padre por nacido en Genova; y es verdaderamente imposible que, designado segundo heredero, desconociera la escritura de fundación del mayorazgo. ¿Acaso sabía de labios del propio Almirante que su afirmación en dicha escritura constituía un simple adorno de la fundación del vínculo? ¿Es que D. Fernando era devotísimo amigo de la verdad histórica? Cualquiera de estas dos razones, ya que no ambas á la vez ¿fué causa de que no apreciase la afirmación de su padre? Es de advertir, además, que al empezar el capítulo primero de su libro manifiesta que una de las principales cosas que pertenecen á la historia de todo hombre sabio, es que se sepa su patria y origen; sin embargo, no pudo cumplir este precepto y el propio D. Fernando, contestando á Giustiniani, califica repetidamente de «caso oculto» á tan interesante detalle.

Se ha acudido á ciertos expedientes para descartar las frases de D. Fernando, sin desautorizar su libro. Unos dicen que quiso echar tupido velo sobre el humilde origen de su padre; otros, que D. Luís Colón, duque de Veragua, antes de entregar en Venecia el manuscrito de dicho libro al impresor Alfonso Ulloa, introdujo una alteración en el texto á que me refiero, á fin de que pudiera figurar dignamente unido el linaje de los Toledo con el de Colón.

Desde luego se advierte verdadera inconsistencia en ambas interpretaciones, porque si D. Fernando se hubiera propuesto ocultar el humilde origen de su padre, habría empleado conceptos adecuados ó se hubiera limitado á repetir la afirmación incluida en la escritura del mayorazgo. Y si D. Luís Colón, dado que dispusiera, como de cosa propia, de un manuscrito perteneciente á la Biblioteca colombina, hubiera atendido á la consideración relativa á los linajes para realizar una adulteración en el texto, la habría hecho en términos conducentes á sugerir el convencimiento de que el Descubridor procedía de noble estirpe, no dejando la cuestión en una forma que acusa ese mismo humilde origen, objeto de la supuesta modificación.

En su postrera disposición testamentaria, el insigne Almirante confiesa la existencia de un cargo «que pesa mucho para su ánima» con relación á Doña Beatriz Enríquez, añadiendo que (da razón dello non es lícito decilla.» Claro es que semejante pesadumbre de conciencia se refiere á su conducta personal y no á la de Doña Beatriz: si en esta confesión alude al hecho de no haberse casado con la bella dama cordobesa, es indudable que la razón, que no le era lícito decir, radicaba en él. ¿Por qué no realizó este matrimonio? ¿Por qué no descargó oportunamente su conciencia de aquel peso á fin de que la muerte no le sorprendiese en tal situación? Muchos motivos vulgares, sin conexión con los hechos culminantes de la vida de Colón, pudieron ser causa de que no celebrara dicho matrimonio; pero en el terreno de las hipótesis admisibles y calculando que el Almirante, por la universal notoriedad que había adquirido y por la altivez de su carácter, hubiese juzgado que, ni aun en el trance de la muerte, debía casarse en secreto ni en condiciones que pudieran menoscabar su fama ó desconceptuarle, ¿cabe presumir que la poderosa dificultad que le impidió aliviar la conciencia fué la necesidad de ocultar sus antecedentes? ¿Acaso su hermano D. Bartolomé se vio en situación análoga, pues también falleció sin casarse y dejando un hijo natural? Me permito exponer este raciocinio tan sólo en el concepto de suposición y como materia para discutir.

Continuará

Casto Sampedro y su Anti Colón Gallego V

Febrero de 1912

 

Amigo D. Celso:

Casto a Celso 1Ahí va el número de la “Correspondencia gallega” en el que no llegó usted a fijarse, según me dice. La especie de que usted es el único que posee documentos relativos a Colón, la he oido muchas veces a personas afectas a usted; y, además, se publicó más de una vez en los periódicos locales.

Ahí va también la copia del documento relativo a la prisión libertad provisional de un Juan de Colón, que pudiera ser el del foro de Andurique; Utilícelo como quiera y luego sírvase devolvérmelo.

Anteayer le entregué a Celso las cuartillas del prólogo que tuvo usted la bondad de mandarme, y ello me anima hablarle con franqueza, en vista de que los intermediarios y los amigos no suelen expresarse con la debida exactitud.

Recuerdo perfectamente haberme fijado y parado la atención en la noticia del primer documento de Colón, inmediatamente que se publicó el libro de su tío D. Luis, pues vengo leyendo con singular interés y anotando desde hace muchos años, cuánto importa o puede importar a las cosas de la tierra.

Carta Casto a Celso 2También recuerdo, que al registrar los archivos de Hacienda, Notarial, Judicial, Municipal. Etc. He hallado varios apellidos de Colón, Como el del maestro Colón Y Maestro Xpoval, que supongo será el mismo, Es de Juan de Colón, El preso, Es el de Alonso de Colón, maestre de navío; El de Domingo de Colón y Benjamín Fonterosa, es de Colón de Portugal y el de Vargas de Colón, estos dos últimos del siglo XVII.

Recuerdo sí mismo haberle indicado a usted el hecho de estos hallazgos, uniéndolos al de D. Luis aunque no dándole, por el momento más que un valor relativo para los efectos de los verdaderos orígenes del gran navegante.

Recuerdo también, la existencia en Tuy de un condiscípulo mío llamado Fonterosa, indicándole a usted que don Sabino Besada, como hijo de Tuy y personas de edad, podría darle a usted noticias de dicho apellido, Y en efecto, lo interrumpo usted en el camino, según me dijo al día siguiente.

Cuando Usted publicó la conferencia leída en la Sociedad Geográfica de Madrid, me enteré con algún disgusto que los antecedentes de su notable labor no estaban expuestos con la que yo creía y sigo creyendo total exactitud; a pesar de que en una carta que conservo me hacía usted entender otra cosa. Acaso en ello habrá tenido única parte ya la confusión y fácil olvido de recuerdos e imprecisiones.

Carta Casto a Celso 3Sin embargo, No di a esto mayor importancia, como usted habría observado en nuestras diarias conversaciones en esta y en otras materias análogas, y sobre todo porque seguir facilitando a usted como facilito a todo el mundo, cuánto me caí a la mano Y pueda ser útil a los que cultivan el estudio de estar cosas.

También he notado, que coincidiendo con la repetición de la especie de que era usted el único poseedor de documentos colonianos, cuando recibía usted visitas de personas que a la vez que a saludarle, venían a enterarse de los documentos originales en que usted se fundaba, y a obtener fotografías de los mismos, nunca vino persona alguna a enterarse y a fotografiar los que esta sociedad posee y que tengo yo como principales, fuera de alguno que le pertenece a usted, Y esto lo extrañaba yo, tanto más, cuanto que encamine hacia usted a quienes no se proponían verle, Y algunos les acompañe yo mismo.

Además de estos resquemores, tenía yo la queja (por más que le haya tenido en silencio hasta ahora) de que ciertos documentos que usted utilizó en su trabajo, proceden al parecer de Joaquín Núñez, quien me los había a mi ofrecido convocación de estar yo dedicado a revisar los muchos protocolos hallados en la casa en que falleció el viejo notario don Vicente Vázquez, de cuyos documentos; a reclamarlos yo, por su tardanza de facilitarme los, me dijo que se lo sabía usted pedido y que al contestarle a ustedes quedan para mí, le dijo usted que era lo mismo que usted me los entregaría. Ya estás la hora en que no me habló usted una palabra respecto a los que tuviese, a su procedencia, a su contenido ni a su entrega más o menos tardía. Y aún recuerdo que la noticia de tales documentos se la di yo a usted en mi despacho. Desde luego no estimé en ello otra cosa que el afán de usted en contribuir al estudio a que yo me vengo también dedicando, y a la pereza y al olvido de usted en entregarme dichos documentos después de utilizados.

En obtener partido de los documentos citados formulando deducciones y afirmaciones interesantes, si, que yo no he tenido parte alguna, todo lo hizo usted y así lo vengo predicando y repitiendo a todos los que me hablan de la cuestión

[….]

Carta Casto a Celso 4Dígame usted pues, amigo D. Celso, si desde el principio hasta el fin, no he obrado con prudencia y hasta con resignación; verdad haces, que ya no pude sufrir lo de ser usted el único que tiene documentos, Y venirme los a pedir. Tal prudencia y silencio en mi evitaron cuestiones y polémicas desagradables, y que tanto gusto dan a las galerías, sin que los puntos a discutir cobren más verdad y solidez.

En resumen, creo que esta sociedad (a la cual más bien que a mi pudiera usted referirse) tiene más parte en el hallazgo de antecedentes relacionados con el origen de Colón, y en la indicación de un valor relativo, de la que usted se ha servido asignarle en la conferencia de Madrid y en el prólogo, cuyas primeras cuartillas tuvo la bondad de enviarme, y dicha parte se concreta en que yo fui quien primeramente entero a usted del hallazgo de varios documentos con el apellido Colón, relacionándolos con el publicado por don Luis; y aunque sin mayor alcance por entonces para los orígenes de Colón, se señalaba ya con interés suficiente para estar a armar el brazo y tener cuenta de todo lo que fuese apareciendo de nuevo.

Por mi estado de salud un tanto atropellado, que sólo me permite bajar al despacho de 11 a 1, así como otras ocupaciones, no pude contestar a ustedes antes, ruégole no lo tome A desconsideración.

Siempre un devoto y admirador hasta que vaya una tarde a verla a verle y charlemos un rato.

 

Aclaración:

El señor Sampedro dice hablando de los documentos: “nunca vino persona alguna a enterarse y a fotografiar los que esta sociedad posee y que tengo yo como principales, fuera de alguno que le pertenece a usted” este fuera de alguno que le pertenece a usted se refiera al de Cirstobo de Colón que era de D. Celso y que se quedó Sampedro con él junto con el de María Fonterosa que también era de D. Celso.

En cuanto a lo de Joaquín Núñez, si habría que echarle algo en cara sería al propio Joaquín Núñez no a D. Celso

Comentario:

En esta carta se deducen muchas cosas:

1º Casto Sampedro y De la Riega eran amigos, al menos hasta 1912.

2º Tenían amigos que se dedicaban a enredar a los dos

3º Siendo amigos, no se entiende la actitud de Casto Sampedro a partir de la muerte de D. Celso, 1914.

4º Muy importante, Casto Sampedro dice que descubrió el documento de Domingo de Colón y Benjamín Fonterosa, este documento fue declarado por su amigo Oviedo Arce y por la Real Academia de la Historia como manipulado, raspado, y falsificado en los nombres, la pregunta es ¿ Cuándo fue raspado y falsificado? Desde luego hasta 1912 estaba correcto e impoluto según Casto Sampedro y además lo descubrió él, ¿Cómo pudo admitir que Oviedo dijera en el informe que era falso?

5º Siempre se creyó que los dos documentos mencionados por D. Casto: Maestro Colón y Xpobal, fueron descubierto después de muerto García de la Riega y que Casto Sampedro se los entregó a Prudencio Otero como nuevos, según la carta no fue así, pero lo más intrigante entonces es porque D. Celso no los mencionó en el libro de Colón español.

6º Importante, fíjense en esto:

Casto Sampedro en la carta dice:

Además de estos resquemores, tenía yo la queja (por más que le haya tenido en silencio hasta ahora) de que ciertos documentos que usted utilizó en su trabajo, proceden al parecer de Joaquín Núñez, quien me los había a mi ofrecido convocación de estar yo dedicado a revisar los muchos protocolos hallados en la casa en que falleció el viejo notario don Vicente Vázquez, de cuyos documentos; a reclamarlos yo, por su tardanza de facilitarme los, me dijo que se lo sabía usted pedido Y que al contestarle a ustedes quedan para mí, le dijo usted que era lo mismo que usted me los entregaría”

En un artículo en el progreso de 1917, https://celsogarciadelariega.wordpress.com/2013/02/22/la-patria-de-colon-v/#more-541, Casto Sampedro dice:

2º No es exacto que el señor García de la Riega haya encontrado la materia de sus investigaciones documentales en un Minutario que yo lo hubiese facilitado; era un Libro del Concejo en el que creo poder asegurar, no figuraban las alteraciones que más tarde apreciaron en su texto, llamándome entre todas la atención una mancha caída precisamente sobre lo más importante del libro, para el caso, se refiere al documento de Domingo de Colón y Benjamín Fonterosa, y que hasta ahora no he podido explicar por más que lo intente. De los documentos del señor Núñez nada supe, aunque debería saberlo, hasta hace pocos meses.

Es decir, hasta 1912 no había ninguna alteración en dicho documento y además D. Casto lo da por descubierto por él y por auténtico, ¿ A qué jugo D. Casto? ¿ Por qué se implicó tanto en desprestigiar a D. Celso, su amigo?

7º En esta carta se comprueba que D. Casto se sentía despechado y ninguneado por D. Celso, ¿Podría haber sido esta la causa de su comportamiento con Oviedo y los informes? Parece que D. Casto concedía más importancia a la indicación inicial que al desarrollo de la teoría y habría que comprobar a quien creer ya que D. Celso si le dio su importancia a Casto Sampedro y a la Sociedad Arqueológica de Pontevedra, tanto en la Conferencia como en el libro Colón español como en algún artículo publicado por D. Celso sobre el origen de Colón.

Donde se contradice Casto Sampedro, con respecto a Joaquín Núñez, en la carta o en el artículo del Progreso, probablemente en el artículo haya mentido para darle más fuerza a su argumentación frente a Gerardo Álvarez Limeses.

Después de esta carta hay más luz sobre el comportamiento de Casto Sampedro.

Creo que con esta carta doy por terminada esta serie sobre Casto Sampedro y su Anti Colón Gallego, aunque tengo alguna más es más de lo mismo

Reunión de Ayer, “Colón español” Orzan 10 de Abril 1926

                 Colón, español

Orzan Ayunt gallegos al primer ministro 10:04:1926Convocadas por el alcalde se reunieron ayer en el Ayuntamiento las representa­ciones de los centros locales de cultura y de los periódicos diarios, con objeto de cambiar impresiones acerca de la conve­niencia de secundar la campaña iniciada hace pocos días en nuestro colega madri­leño “ABC” para que el Gobierno inter­venga oficialmente en el esclarecimiento de la tesis sustentada ya por diversos escritoras nacionales y extranjeros de qué Cristóbal Colón no nació en Génova sino en Pontevedra.

Expuso el Sr Casás, Alacalde Coruña, el estado de este asunto, recordando la intervención que hace algunos años tuvo en él, por consecuencia de la labor de D. Celso García de la Riega el secretario del Centro Geográfico español Sr. Beltrán y Rózpide, a re­querimientos del cual la Academia de la Historia hubo de designar a dos de sus miembros más significados para que se trasladasen a Pontevedra con el fin de examinar los documentos y compulsar cuantos detalles existen en aquella ciudad sustentadores de la tesis de que el descu­bridor de América había nacido allí.

Por causas que se ignoran, los acadé­micos comisionados no llegaron a cumplir el encargo que so les había confiado y la teoría de que Colón era gallego no pasó de la categoría de una cosa regional aunque comentada y sostenida per diversos escritores gallegos en América.

Expuso los principales fundamentos en que se basa esta tesis v sin entrar en el fondo de la misma, pues ello correspon­de a los doctos en la materia, opinó que se estaba en el caso de aprovechar el am­biente creado por “A B C” y solicitar del Gobierno que dé carácter oficial a las in­vestigaciones que procede llevar a cabo para averiguar la verdadera patria de Colón.

Hablaron varios de los señores congrega, dos indicando sú opinión respecto a! me­dio de orientar las gestiones en determi­nado sentido y por unanimidad se acordó dirigirse a los Ayuntamientos de Lugo, Orense y Pontevedra, proponiéndolos que provoquen reuniones análogas a la de la Coruña, con el fin de que la. petición se formule por toda Galicia; ofrecer la di­rección de la campaña que en este sentido haya de realizarse a la Universidad de Santiago y, por de pronto, elevar al Go­bierno un mensaje inspirado en el de­seo de que se hagan las indagaciones técnicas necesarias para determinar si Cristóbal Colón nació en efecto en Ponte­vedra como ya parece indudable a cuan­tos han estudiado la cuestión.

Terminada la reunión el alcalde, diri­gió el siguiente telegrama:

“Presidente Consejo ministros. reunidos en asamblea magna, representaciones Ayuntamiento. Real Academia Ga­llega, Instituto Estudios Gallegos, Instituto Segunda Enseñanza, Escuela Profe­sional de Comercio, Escuela de Artes y Oficios, cronista Coruña, Casa América Galicia, prensa coruñesa y representacio­nes prensa gallega en América, profesora­do primera enseñanza, Escuela Normal de Maestras y otras entidades que tienen legítima significación en aspecto intelec­tual de Galicia, acordaron solicitar del Gobierno que V. E. dignamente preside, se de estado oficial al transcendental asunto relativo a la naturaleza y oriundez de Colón, apoyando la patriótica campaña iniciada en favor de la tesis Cristóbal Colón español, y propugnando cuanto en este sentido defienden no sólo distingui­dos escritores conterráneos, s¡no otros de muy alto prestigio en el extranjero y particularmente en América. Lamentóse la indiferencia con que hasta ahora han acogido tan interesante tema histórico las corporaciones oficiales de la capital de España y se reconoció que es de jus­ticia reclamar del Gobierno se interese de la Real Academia de la Historia, Real Sociedad Geográfica de Madrid y demás centros competentes autorizado informo acerca de los importantísimos testimonios alegados para aseverar que Colón era natural de la tierra gallega. Y en nombre las expresadas entidades, hónrome en elevar a V. E. este despacho anunciándole envío mensaje en tal sentido. Salúdale respetuosamente alcalde, Miguel Casás ”

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