Celso García de la Riega

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Conferencia de Celso García de la Riega en la Real Sociedad Geográfica Año 1898, Cristóbal Colón ¿Español? III

Portada del libreto editado en 1899 de la Conferencia de Celso García de la Riega

Portada del libreto editado en 1899 de la Conferencia de Celso García de la Riega

Pero si los escritores españoles de aquella época demuestran absoluta carencia de datos acerca del nacimiento y de la vida de Colón anterior á su presentación en Castilla, los italianos no lo patentizan menos; y así como los primeros se hicieron eco de la voz pública, los segundos no habrían de rechazar tan alta gloria para su país; la aceptaron, pues, y la propagaron, corroborando el derecho á esa gloria con la única y extraña noticia de que los hermanos Cristóbal y Bartolomé Colón habían sido cardadores de lana. Así lo dice Giustiniani, que con Gallo y Foglieta, fueron los historiadores ó cronistas italianos de aquella época. Ninguno de ellos, ni aun Allegretti, que en sus Anales de Siena del año 1493, da cuenta simple- mente de haber llegado á Genova las noticias del descubrimiento del Nuevo Mundo, aportan dato alguno sobre la vida de Colón. Las nuevas de ese maravilloso descubrimiento realizado por un genovés, debieron ocasionar en Genova justificado orgullo y vivísima curiosidad en las. autoridades, en los parientes de Colón, en el clero de la iglesia en que se bautizó, en los amigos, conocidos y vecinos de sus padres, así como en la mayor parte de los ciudadanos. En este caso, hubieran sido espontáneamente recordados los antecedentes del glorioso hijo de Genova, su infancia y juventud, su educación, sus estudios, sus prendas personales; y de todo este naturalísimo movimiento se hubieran hecho eco los escritores contemporáneos y hubieran pasado á la historia y llegado á nuestros tiempos datos diversos relativos á la vida y á la familia de Colón. No ha sucedido así y semejante indiferencia sólo puede explicarse, á mi juicio, por el hecho de que el inmortal navegante no era hijo de Genova ni tenía en ella parientes.

De la afirmación de Giustiniani relativa al oficio de cardador de lanas, se deriva indudablemente la leyenda de que los dos hermanos adquirieron, en la obscuridad del taller, los variados conocimientos que poseían y la de que Colón aprovechaba los ocios de su mecánica tarea para aprender en los libros y en las conversaciones con los amigos, dándose á entender con ello, sin duda, que estos amigos de un pobre tejedor eran sabios de la época y que nada más fácil para un obscuro obrero, á mediados del siglo xv, que disfrutar la lectura y el estudio de aquellos rarísimos y costosos libros. Y todavía se añade más; que en los intervalos de sus viajes, Colón volvía al trabajo del taller y desde luego volvía también á aquellas provechosas conversaciones y lecturas. ¿Hay quien, conocedor de las condiciones físicas y morales que la vida del mar imprime en el hombre, pueda admitir sencillamente que un marino de profesión se allane á tejer lana en los intervalos de sus viajes? Pues si á esta consideración se [añaden las prendas, el carácter y los conocimientos de Colón ¿es posible creer que se resignara á practicar oficio tan sedentario y tan impropio de su inteligencia en los espacios que todos los marinos dedican, sino al descanso, por lo menos á la preparación de los viajes sucesivos?

Documentos encontrados en los archivos dieron á Colón y á su padre el ascenso á tejedores, á pesar de que en la misma época de esos documentos Giustiniani les atribuye el de cardadores, y á pesar también de que el rigor con que se vigilaba en aquellos tiempos el cumplimiento de las ordenanzas gremiales, impedía que al firmar como testigos ó en cualquiera otro acto, los cardadores usurparan el título de tejedores. ¿A qué atenernos, pues? Por mi parte, y aunque sea verdadero atrevimiento decirlo, creo que Colón no fué cardador ni tejedor. Empezó á navegar á los 14 años de edad y la de 1-6 era la que señalaban aquellas ordenanzas para ingresar como aprendiz en el oficio. ¿Cuándo pudo aprenderlo y practicarlo? Es de sospechar, por lo tanto, que los escritores coetáneos italianos, no poseyendo dato alguno ó no habiendo podido obtenerlo acerca de los antecedentes de Colón, aceptaron, repito, la nacionalidad que éste se atribuyó, procurando confirmarla siquiera con un hecho tan insignificante como el de existencia en Genova de familias Golombo dedicadas á cardar lana y emparentando con ellas al inmortal Descubridor. Si más hubieran podido decir, más hubieran dicho.

En mi humilde juicio, ésta, y no otra alguna, ha sido la raíz de la leyenda admitida provisionalmente en la Historia, á causa de la autoridad que desde luego debió concederse á un personaje tan respetable como Giustiniani, pero cuyas equivocaciones evidenció D. Fernando Colón en La Vida del Almirante.

Utilizando otro orden de ideas, viene á obtenerse idéntico resultado; esto es, el de hallarse perfectamente justificadas las dudas existentes acerca de la afirmación de Colón, estampada en la escritura de fundación del vínculo, de haber nacido en. Genova. Guárdanse en la casa municipal de dicha ciudad ciertos documentos, con respecto á los cuales declara Harrisse, en cuatro libros diversos y con verdadero ensañamiento, que se hallan «al lado del violín de Paganini»: esta sarcástica frase del docto é inteligente escritor norteamericano, acaso inmerecida, resume aquellas dudas. En el número de los mencionados documentos figuran: una carta de Colón al magnífico Oficio de San Jorge, la minuta de contestación á esta carta, un dibujo de la apoteosis del inmortal navegante y el llamado codicilo militar, todos destinados á corroborar su nacimiento en la capital de Liguria.

El primero, la carta de Colón al Oficio genovés, ofrece, por cierto, muy raras condiciones. Empieza con la frase siguiente: «Bien que el cuerpo ande por acá, el corazón está allí de continuo.» Admitamos que el adverbio allí, cuyo significado es diversidad, no oposición de lugar, designe el de la ciudad de Genova.

Colón participa, seguidamente, á los señores del Oficio genovés que manda á su hijo D. Diego destine el diezmo de toda la renta de cada año á disminuir el impuesto que satisfacían las vituallas comederas á su entrada en aquella ciudad; es decir, al pago de los derechos que hoy denominamos de consumos, dádiva de verdadera importancia. La singularidad á que me refiero consiste en que esta curiosa carta no guarda conformidad con los hechos notoriamente ciertos, pues el Descubridor, antes de verificar su cuarto viaje, dejó á su primogénito un memorial de mandatos ó encargos que D. Diego incluyó religiosamente en su testamento: la autenticidad de este documento, descubierto hace muy pocos años, ha sido demostrada elocuentemente por el sabio académico de la Historia, Sr. Fernández Duro. Entre aquellos mandatos figura el relativo á un diezmo de la renta, es verdad; pero no lo destinó Colón al pago de los consumos de las vituallas comederas de Genova, ni á favor de ningún otro pueblo de Italia, sino al de los pobres; y parece sumamente extraño que siendo dicha instrucción espejo de los sentimientos del Almirante, en que se evidencia su amor á Dios, á la caridad, á los Reyes, á Doña Beatriz, y has- ta al orden doméstico, y en que insinúa el recelo que, sin duda,

* abrigaba, de no regresar con vida de aquel cuarto viaje, no dedicara en. memorial tan expresivo y minucioso una sola pa- labra á la ciudad de Genova.

A juzgar por la carta que en 4 de Abril de 1502 dirigió á Fray Gaspar Gorricio, Colón escribió el memorial en aquellos días y no se comprende que con fecha 2 del mismo mes y año haya anunciado á la Señoría genovesa la concesión de una dádiva que no incluyó en el repetido memorial, ni en ningún otro documento, ni en su última disposición testamentaria. Semejante contradicción es verdaderamente notable, como lo es también la circunstancia de no constar de alguna manera que las autoridades de la favorecida ciudad se hayan preocupado poco ni mucho de tan generosa concesión… Lo cierto es que ninguna de las dádivas ni disposiciones de Colón relativas á Genova, llegaron jamás al terreno de la realidad; las primeras son evidentemente supuestas, y las segundas no pasaron de meros adornos de una ficción.

Otra frase de dicha carta es la de que «los reyes me quieren honrar más que nunca». La consignó precisamente en los momentos en que se le negaban los títulos de Virrey y Gobernador y el ejercicio de estos cargos; en que se le imponía la bochornosa condición de no desembarcar en la isla Española. Semejante frase puede explicarse atribuyendo á Colón un acto de abnegación y de generosidad propio de su magnánimo co- razón; pero se hace lógico desconfiar de ello, dado que en la misma carta encomienda sentidamente su hijo D. Diego á la Señoría, humilde recomendación que no cuadra con la mencionada frase, ni con la altiva enumeración de sus elevados títulos antes de las siglas de su firma.

Es el segundo documento la minuta de la contestación dada por el Oficio genovés á la carta de Colón que acabo de examinar. Merece desconfianza el hecho de que hayan padecido extravío los diversos papeles que con respecto al glorioso Descubridor debió poseer el gobierno ligúreo, y que se haya salvado

de dicho extravío el que precisamente consigna á roso y belloso la palabra patria; pero más extraño es todavía que ese mismo gobierno, que en la mencionada minuta llama «clarissime amantissime que concivis» á Colón, pocos años después haya dado á la comarca de Saona la denominación de «Jurisdizione di Colombo», indicio evidente de que á la sazón, y á pesar de dichos documentos, no le consideraba hijo de Genova.

El tercer papel es un dibujo representando la apoteosis de Colón, atribuido á la propia mano del Almirante, opinión completamente equivocada, ya por la mezcla de vocablos castellanos, franceses é italianos que explican las diversas figuras, ya porque seguramente Colón no hubiera prescindido de dar en él un puesto preferente á su protectora la Reina Isabel, ya por otras importantes razones que omito en gracia á la brevedad. El dibujo fué trazado por quien no podía sentir estas consideraciones; ¿por quien tuvo al hacerlo el pensamiento de glorificar al insigne navegante? No: el de estampar en lugar eminente, á la cabeza y en el centro del dibujo, esta palabra: Genova.

Por último, creo que os inferiría un agravio si me detuviera á examinar el llamado codicilo militar; sabéis que ha sido declarado autorizadamente documento apócrifo. Bastará recordaros el absurdo de que una de sus cláusulas disponga que en caso de extinguirse la línea masculina del Almirante, herede sus títulos, cargos y rentas… ¡la república de Genova!.

Los partidarios de Genova, comprendiendo que no bastaban todos estos antecedentes para establecer definitivamente, como verdad histórica, la de haber sido aquella ciudad cuna del Descubridor del Nuevo Mundo, han procurado reforzar la demostración con otra clase de documentos, queme permito denominar auxiliares, tan curiosos como ineficaces; lo primero, por sus extrañas condiciones; lo segundo, porque no predisponen el ánimo siquiera á esa benevolencia vecina á la persuasión.

Examinaré los principales con la mayor brevedad, á fin de no molestaros.

En el archivo del Monasterio de San Esteban de la Vía Mulcento, de Genova, se han encontrado varios papeles con los nombres de Dominico Colombo y de Susana Fontarossa ó Fontanarossa, y de los hijos de estos, Cristóbal, Bartolomé y Diego, en el período comprendido entre los años 1456 y 1459. ¿No es, por cierto, singularísimo que aparezca consignado el nombre de Diego en fecha anterior á la de su nacimiento, que debió acaecer entre 1463 y 1464?.

Continuará

Conferencia de Celso García de la Riega en la Real Sociedad Geográfica Año 1898, Cristóbal Colón ¿Español? II

Celso García de la Riega

Celso García de la Riega

Vióse obligado Colón, por conveniencia propia y por consecuencia de carácter, á sostener la calidad de genovés que ostentaba ante la corte de España; y al entrar en el estudio de tan interesante punto, se me ocurre la siguiente pregunta: ¿era italiano?

Muchos y, por cierto, muy graves, doctos y respetables, son los críticos que han negado al insigne Almirante la nacionalidad italiana, ya suponiéndole griego, ya haciéndole natural de Córcega, perteneciente entonces á la corona de Aragón. Hecho

muy digno de tenerse en cuenta es, en efecto, el de que ninguno de los documentos escritos de su mano que han llegado á nuestros tiempos, esté redactado en lengua italiana: memoriales, instrucciones, cartas y papeles íntimos, notas margina- les en sus libros de estudio, todos se hallan escritos en castellano ó en latín. Para explicar de alguna manera semejante singularidad, se dice que la educación de Colón en su infancia fué muy superficial, y además que abandonó á su patria en la niñez; explicación sobradamente deleznable, porque aparte de las altas cualidades de inteligencia y de aplicación que se le han reconocido, para los estudios elementales que verificó antes de los catorce años, en que empezó á navegar, debió emplear forzosamente la lengua italiana; y puesto que navegó veintitrés años, «sin estar fuera de la mar tiempo que se haya de contar» en barcos genoveses, ya en el comercio, ya al servicio de los Anjou; puesto que sostuvo continuas relaciones de amistad y trato frecuente con mercaderes y personajes italianos, no es posible admitir que hubiese olvidado la lengua italiana hasta el punto de no poder escribir en este idioma la carta que dirigió á la Señoría de Genova. ¿Quién, que se halle expatriado, aunque lleve residiendo largo tiempo en el extranjero, al dirigirse por escrito á las autoridades de su pueblo, no lo hace en el idioma patrio? ¿Quién llega á olvidar hasta ese grado el lenguaje que aprendió en el regazo materno? ¿Es posible, dadas las condiciones morales de Colón, que no hubiera sentido por la lengua italiana, si esta hubiera sido la suya, el instintivo afecto que todos los hombres, de todos los países y de todas las épocas, dedicamos al idioma nativo? No fué olvido, ciertamente, la causa de este hecho. ¿Lo habrá sido el desdén, la indiferencia? ¿Es que, en efecto, ese idioma no era el suyo?

En el preámbulo de su Diario de navegación, al exponer á los Reyes Católicos el objetivo de su empresa, el inmortal Descubridor dice que en el Catay domina un príncipe llamado el Gran Kan, que en nuestro romance significa rey de los reyes. Es, sin duda, sumamente violento creer que, á los ocho años de residir en país extranjero, haya quien llame lengua suya á la de ese país, sobre todo, cuando no existe precisión de estampar semejante expresiva frase, cuya inexactitud saltaría á la vista de Colón en el momento de escribirla, á no ser que se olvidase de que era genovés ó de que se hacía pasar por genovés. ¿Sucedió acaso que Colón, sin darse cuenta de ello, alzó en las tres palabras de en nuestro romance un extremo del velo con que se propuso ocultar patria y origen? No hay autor dramático, ni novelista, ni criminal, ni farsante, ni hombre cauteloso ó reservado, que no deje algún cabo suelto, que no des- cuide algún detalle por donde flaquee la fábula ó se sospeche y descubra lo que se quiso ocultar. ¿Obedeció Colón á esta imperfección humana al llamar suya á la lengua española?

Cuando el Descubridor, perdida toda esperanza y desahuciado en sus pretensiones, volvió á la Rábida, pensando en que se vería obligado á dirigirse al Gobierno de otra nación, los ruegos de Fr. Juan Pérez le decidieron á intentar nuevas gestiones ante los Reyes Católicos. Accedió á ellos, porque su mayor deseo era que «España lograse la empresa que proponía, teniéndose por natural de estos reinos»; así lo dice su hijo don Fernando. Acaso en la vehemencia de sus lamentaciones, deslizó alguna frase que entonces debió interpretarse en un sentido figurado, pero que expresaba una verdad instintivamente manifestada. ¿Qué fuerza íntima le impulsaba á tales demostraciones de afecto hacia España?.

En 1474, Colón se decide á someter su proyecto al sabio italiano Pablo Toscanelli y á solicitar sus consejos; pues bien, Toscanelli, en una de sus cartas, le considera portugués, hecho notable que merece particular examen. Para el estable- cimiento de relaciones entre uno y otro medió Lorenzo Giraldo, italiano, residente en Lisboa. ¿Omitió Giraldo, al dirigirse al célebre cosmógrafo, la circunstancia de haber nacido Colón en Italia, á pesar de lo natural y de lo oportuno de esta noticia? Pues así lo hizo, debe presumirse que desconocía la nacionalidad del recomendado, y si la conocía, era lógico que no la mencionara ni la ostentase como título á la consideración que tal calidad pudiera inspirar, puesto que para nada interesaría á Toscanelli que Colón fuese griego, portugués ó español. Pero admitiendo que Giraldo no hubiese querido participarle que Colón era italiano, ó se hubiese olvidado de ello ¿puede aceptarse que el propio interesado hubiese incurrido en igual omisión y que, en los momentos en que buscaba con el mayor afán la aprobación del eminente sabio para sus grandiosos planes de surcar el temido mar de Occidente, no procurase, en primer término, captarse sus simpatías haciéndosele agradable bajo el título de compatriota?

Es evidente, por lo tanto, que sólo con posterioridad á dicha fecha, Colón conoció la conveniencia de utilizar el díctalo de genovés. Aún no se había apercibido entonces de las graves dificultades que se opondrían á la realización de sus planes y no se le ocurrió fingir ó exhibir semejante calidad, de verdadera importancia en aquella época, en que genoveses y venecianos, por una parte eran auxiliares poderosos en las guerras

marítimas y, por otra, monopolizaban el comercio del Asia y del Mediterráneo, haciendo tributaria de él á toda Europa. Sabéis que los genoveses gozaban en España, desde siglos antes, gran nombradía en los asuntos navales y mucho acogimiento y benevolencia cerca de los reyes de Castilla. ¿Se pro- puso Colón aprovechar esta circunstancia para el buen éxito de sus gestiones y para ocultar á la vez su modesto origen, de cuya manera evitaría dos escollos amenazadores? En este caso, los hechos tendrían plausible explicación.

Desde que se presentó en la Rábida á los generosos frailes franciscanos, el dictado de genovés empezó á circular en noticias, cartas, recomendaciones y gestiones de toda clase. La corte, la nobleza, el clero, los funcionarios y el pueblo en general, fueron recibiendo, aceptando y propagando sin reparo alguno, pues no había razón para ello, aquel dictado; celebróse la memorable estipulación de Santa Fe sin que á los Reyes ni á sus secretarios se les ocurriera exigir de Colón, antes de con- cederle elevadísimos títulos y cargos, demostración alguna de las condiciones personales y de familia que la administración de aquella época requería para el desempeño de empleos in- significantes: ni siquiera se le reclamó la naturalización en España que se impuso á Amérigo Vespucci como requisito preparatorio para obtener, juntamente con Vicente Yañez Pinzón, el mando de una flota de descubrimientos y después el cargo de piloto mayor. Quedó, pues, sencillamente establecido el dictado de genovés, sin otro fundamento que la aseveración del primer Almirante de Indias, á la que no podía menos de concederse completo crédito.

Ninguno de los escritores de la época nos suministra luz alguna acerca de la vida de Colón anterior á su presentación en España; ninguno de ellos le conoció en su infancia ni en su juventud; todos se vieron obligados á consignar lo que afirmaba la opinión general con respecto á su nacionalidad, y os ruego me perdonéis la molestia que voy á ocasionaros recordando la calidad y condiciones de dichos escritores.

Pedro Mártir de Anglería, italiano, que escribió sus epístolas á raíz de los sucesos del descubrimiento, amigo íntimo de Colón desde antes de la toma de Granada, conocedor de todo lo que pasaba en la corte, maestro de los pajes, en gran- des relaciones con la nobleza, con el clero y con los funcionarios, no pasa de llamar á Colón vir ligur, el de la Liguria. No puede atribuirse á Pedro Mártir sobriedad de estilo, porque en sus escritos consigna numerosos detalles relativos, tanto á sucesos de importancia como á verdaderas menudencias, demostrando gran espíritu de observación, de perseverancia y de curiosidad; en nuestros tiempos hubiera sido un periodista noticiero de primera fuerza. Tratándose de un compatriota, es singular que no haya apuntado dato alguno acerca del nacimiento, de la vida y de la familia del Descubridor del Nuevo Mundo.

El bachiller Andrés Bernáldez, cura de los Palacios, amigo también de Colón, que fué depositario de sus papeles y huésped suyo en 1496, se limita á decir que era mercader de estampas: esta es toda la noticia que nos da acerca de la vida anterior del Almirante. Se le tiene y cita como testimonio favorable á Genova, con evidente error, por cierto, porque si bien en el primero de los capítulos que en su Crónica de los Reyes Católicos dedica á Colón, le llama «hombre de Genova», al dar cuenta de su fallecimiento en Valladolid, afirma que era de la provincia de Milán.

Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial de Indias, que conoció y trató á Colón y á casi todos los que intervinieron en los acontecimientos, por él también presenciados, que desempeñó altos cargos en la administración de Ultramar, sólo pudo enterarse de que «unos dicen que Colón nació en Nervi, otros en Saona, y otros en Cugureo, lo que más cierto se tiene.-» Esta frase demuestra que Oviedo realizó indagaciones y consultó diversos pareceres, sin resultado positivo, y sin obtener dato alguno en cuanto á Genova, puesto que no la nombra.

El P. Las Casas nada más nos dice que haber sido el Almirante de nacionalidad genovesa, cualquiera que fuese el pueblo perteneciente á la señoría donde vio la luz primera. La ignorancia ó la reserva del P. Las Casas acerca de este punto es muy expresiva, puesto que, aparte de su intimidad con el Almirante, él mismo afirma haber tenido en sus manos más papeles de Colón que otro alguno.

Citados quedan los cuatro escritores contemporáneos y amigos del Almirante que, juntamente con su hijo D. Fernando, sirven de fundamento para su historia. Singulares que hayan coincidido en no puntualizar el pueblo que fué cuna del Descubridor, pues no debe admitirse que ninguno de ellos dejara de interrogarle acerca del lugar de su nacimiento y acerca de otros particulares, como familia, vida anterior, viajes, estudios, etc. Esta. curiosidad hubiera sido tan legítima, que no creo necesario enumerar las diversas razones que la hubieran justificado. ¿A qué ha obedecido, pues, ese tan unánime silencio? En mi concepto, nada más que á la reserva guardada por Colón y por sus hermanos.

Galíndez de Carvajal, que nos ha dejado noticias precisas sobre la estancia ó residencia de los Reyes Católicos en dis- tintas localidades, demostrando así el cuidado con que reunió los datos correspondientes, afirma que Colón era de Saona.

Medina Nuncibay, del cual se encontró una crónica en la colección Vargas Ponce, escritor que examinó los papeles de Colón depositados en la Cartuja de Sevilla, dice que el Almirante era natural de los confines del Genovesado y Lombardía, en los estados de Milán, y añade que se escribieron algunos tratadillos «dando prisa á llamarle genovés.»

En el Archivo de Indias vio Navarrete dos documentos oficiales escritos á principios del siglo xvi; en uno de ellos se dice que Colón nació en Cugureo; en el otro que en Gugureo ó en Nervi.

De manera que ninguna de las referencias que podemos llamar coetáneas designa la ciudad de Genova como patria del Descubridor; circunstancia que resulta más notable al analizar la información realizada ante el Tribunal de las Órdenes militares con respecto á D. Diego Colón, nieto de aquél, agraciado con el hábito de Santiago.

Imprudente sería desconocer la importancia histórica de dicho documento, sacado á la luz pública por el respetable y erudito ministro del mencionado Tribunal, Sr. Rodríguez de Ghágón, académico de la Historia.

No demuestra que Colón nació en Saona; pero, á mi juicio, desvanece toda inclinación favorable á Genova. Tres son los datos interesantes que contiene acerca de la cuestión: 1.° En la genealogía que figura á la cabeza de la información, que los pretendientes al noble hábito presentaban in voce y juraban, se hace constar á D. Cristóbal Colón como nacido en Saona. 2.° En ninguna de las diligencias se menciona la declaración del Almirante, incluida en la escritura del mayorazgo, de haber nacido en Genova. Y 3. Pedro de Arana, de Córdoba, hermano de Doña Beatriz Enríquez, ignoraba cuál era la patria de Colón.

Los dos primeros datos demuestran que la familia legítima del Almirante creía que éste no había nacido en Genova, y, además, contradecía la afirmación contenida en dicha escritura por considerarla inexacta, pues de lo contrario nada le hubiera sido tan fácil y tan natural com® señalar en dicha genealogía á Genova por patria de Colón, confirmándolo con la escritura del vínculo y con los testigos correspondientes. Ni cabe alegar que tales informaciones se verificaban por mera fórmula, pues debiendo prestarse un juramento por familia de tan elevada posición en la sociedad y ante respetable Tribunal, las mismas circunstancias del hecho reclamarían que, fórmula por fórmula, dicha familia escogiera la que tenía á su favor la aseveración del fundador del mayorazgo. El juramento exigía la expresión de la verdad ó de lo que se creía verdad, y por eso la familia legítima de Colón exhibió la declaración relativa á Saona, acompañada de un testimonio de calidad, cual era el de Diego Méndez, á quien no cabe recusar justificadamente. Méndez no fué tan sólo un servidor fiel del Almirante, sino también un amigo íntimo, invariable y afectuoso. Entre los diversos servicios que le prestó en el épico cuarto viaje, descuella el de haber pasado treinta leguas de un piélago proceloso, embarcado en débil canoa, desde la Jamaica á la Española, bajo un cielo abrasador, en demanda de socorro. Acompañóle un protegido de Colón, el genovés Fiesco; en las últimas cartas á su heredero, el ya anciano y doliente Descubridor, menciona varias veces al buen Diego Méndez, ya para pedir que le escriba muy largo, ya para afirmar que « tanto valdrá su diligencia y verdad, como las mentiras de los rebeldes Porras.» Este calificado testigo declara en la información que el Almirante «era de la Saona;» y si bien es cierto, como dice un erudito crítico, que el testimonio de Méndez carece de la condición esencial de exponer que lo aducía con referencia al propio Colón, más cierto é indudable es todavía que jamás había oído á los dos hermanos, D. Cristóbal y D. Bartolomé, ni al genovés Fiesco, ni al segundo Almirante D. Diego, afirmar que el grande hombre había nacido en Genova, porque en este caso Méndez no hubiera abrigado una opinión tan resuelta acerca de Saona, ni la hubiera expresado tan categóricamente; es lo más probable que hubiese oído á los dos primeros hablar con afecto y frecuentemente de Saona, ya por haber transcurrido parte de la vida de ambos en este pueblo, ya por haber residido y fallecido en él sus padres. De manera que esta circunstancia viene también á demostrar la inexactitud de la escritura del vínculo en cuanto á la cuna de Colón.

El tercer dato no es menos elocuente. De Pedro de Arana, hermano de Doña Beatriz Enríquez, dice el P. Las Casas que lo conoció muy bien y que era hombre muy honrado y cuerdo.

Sirvió al Almirante con energía y lealtad, especialmente con motivo de la sedición de Roldan en la isla Española. D. Diego Colón, el segundo Almirante, ordenó en su testamento el pago á Pedro de Arana de cien castellanos que en las Indias había prestado á su padre D. Cristóbal; deuda que patentiza la intimidad que había existido entre el Descubridor y Arana.

Este testigo, no menos calificado, declara en la expresada información que «oyó decir que Colón era genovés, pero que él no sabe de dónde es natural.» No cabe duda de que las palabras «oyó decir que era genovés» se refieren á la voz pública, á la opinión general, así como las de «pero no sabe de dónde es natural» expresan un convencimiento existente en la familia, pues si Doña Beatriz supiera cuales eran el pueblo y el país de su amante, lo sabrían también su hermano Pedro de Arana y su hijo D. Fernando Colón, el historiador: no es posible desconocer la evidencia de este raciocinio.

El hecho de que sus amigos y ambas familias, la legítima y la de Doña Beatriz, coincidan en no estimar, mejor dicho, en desdeñar la afirmación de Colón de haber nacido en Genova, hecha en solemnísimo documento, reviste decisiva importancia. ¿De qué otras causas puede derivarse, sino de la seguridad que aquellos abrigaban, contraria á dicha afirmación, y de la reserva sin duda observada tenazmente por el Almirante sobre éste y otros interesantes puntos de su vida? ¿Puede concebirse que un hombre como él no hubiera hablado con frecuencia de su patria y de sus parientes, ya en las conversaciones, ya en sus escritos, á no alimentar el decidido propósito de ocultar patria y origen? Y ¿cómo ha de merecer fe cumplida, en los tiempos actuales y ante la crítica moderna, el que no la alcanzó de su propia familia, el que ocasionó, en efecto, por su proceder en esta materia, todas las dudas?

¿Cómo extrañar, pues, que el mismo D. Fernando Colón, historiador de su padre, participara de igual incertidumbre? D. Fernando, en el capítulo primero de su libro, reconocido como piedra fundamental de la Historia del Nuevo Mundo, dice textualmente: «de modo que cuanto fué su persona á propósito y adornada de todo aquello que convenía para tan gran hecho, tanto menos conocido y cierto quiso que fuese su origen y patria; y así, algunos que de cierta manera quieren obscurecer su fama, dicen que fué de Nervi, otros de Cugureo, otros de Bugiasco; otros que quieren exaltarle más, dicen era de Saona y oíros genovés, y algunos también, saltando más sobre el viento, le hacen natural de Placencia.»

En primer término se ve en este párrafo que D. Fernando se excluye del número de aquellos otros que tenían á su padre por nacido en Genova; y es verdaderamente imposible que, designado segundo heredero, desconociera la escritura de fundación del mayorazgo. ¿Acaso sabía de labios del propio Almirante que su afirmación en dicha escritura constituía un simple adorno de la fundación del vínculo? ¿Es que D. Fernando era devotísimo amigo de la verdad histórica? Cualquiera de estas dos razones, ya que no ambas á la vez ¿fué causa de que no apreciase la afirmación de su padre? Es de advertir, además, que al empezar el capítulo primero de su libro manifiesta que una de las principales cosas que pertenecen á la historia de todo hombre sabio, es que se sepa su patria y origen; sin embargo, no pudo cumplir este precepto y el propio D. Fernando, contestando á Giustiniani, califica repetidamente de «caso oculto» á tan interesante detalle.

Se ha acudido á ciertos expedientes para descartar las frases de D. Fernando, sin desautorizar su libro. Unos dicen que quiso echar tupido velo sobre el humilde origen de su padre; otros, que D. Luís Colón, duque de Veragua, antes de entregar en Venecia el manuscrito de dicho libro al impresor Alfonso Ulloa, introdujo una alteración en el texto á que me refiero, á fin de que pudiera figurar dignamente unido el linaje de los Toledo con el de Colón.

Desde luego se advierte verdadera inconsistencia en ambas interpretaciones, porque si D. Fernando se hubiera propuesto ocultar el humilde origen de su padre, habría empleado conceptos adecuados ó se hubiera limitado á repetir la afirmación incluida en la escritura del mayorazgo. Y si D. Luís Colón, dado que dispusiera, como de cosa propia, de un manuscrito perteneciente á la Biblioteca colombina, hubiera atendido á la consideración relativa á los linajes para realizar una adulteración en el texto, la habría hecho en términos conducentes á sugerir el convencimiento de que el Descubridor procedía de noble estirpe, no dejando la cuestión en una forma que acusa ese mismo humilde origen, objeto de la supuesta modificación.

En su postrera disposición testamentaria, el insigne Almirante confiesa la existencia de un cargo «que pesa mucho para su ánima» con relación á Doña Beatriz Enríquez, añadiendo que (da razón dello non es lícito decilla.» Claro es que semejante pesadumbre de conciencia se refiere á su conducta personal y no á la de Doña Beatriz: si en esta confesión alude al hecho de no haberse casado con la bella dama cordobesa, es indudable que la razón, que no le era lícito decir, radicaba en él. ¿Por qué no realizó este matrimonio? ¿Por qué no descargó oportunamente su conciencia de aquel peso á fin de que la muerte no le sorprendiese en tal situación? Muchos motivos vulgares, sin conexión con los hechos culminantes de la vida de Colón, pudieron ser causa de que no celebrara dicho matrimonio; pero en el terreno de las hipótesis admisibles y calculando que el Almirante, por la universal notoriedad que había adquirido y por la altivez de su carácter, hubiese juzgado que, ni aun en el trance de la muerte, debía casarse en secreto ni en condiciones que pudieran menoscabar su fama ó desconceptuarle, ¿cabe presumir que la poderosa dificultad que le impidió aliviar la conciencia fué la necesidad de ocultar sus antecedentes? ¿Acaso su hermano D. Bartolomé se vio en situación análoga, pues también falleció sin casarse y dejando un hijo natural? Me permito exponer este raciocinio tan sólo en el concepto de suposición y como materia para discutir.

Continuará

Conferencia de Celso García de la Riega en la Real Sociedad Geográfica Año 1898, Cristóbal Colón ¿Español? I

Celso García de la Riega

Celso García de la Riega

Dada la poca actividad del verano he decidido subir la conferencia que Celso García de la Riega dio el 20 Diciembre 1898 en al Sociedad Geográfica en Madrid, invitado por su Secretario Beltrán y Rózpide. Creo que es una conferencia interesante pues fue el principio de su teoría sobre el origen español-gallego- de Colón. La conferencia fue publicada en el Boletín de la Sociedad, pero también se publicaron algunos ejemplares pagados por Celso García de la Riega, dichos ejemplares fueron publicados por el Establecimiento Tipográfico de Fortanet en 1899 siendo por tanto el primer libreto publicado sobre un posible origen gallego de Colón algo que ha creado confusión pues hay quien dice, por desconocimiento, que el primer libreto publicado fue el de: Constantino Hora y Pardo. en 1911 publica en Nueva York “ La verdadera cuna de Cristóbal Colón”.

La conferencia la he dividido en varias partes y aparece con las normas gramaticales que regia en la época, por tanto no se sorprendan si aparecen vocales monosilábicas acentuadas, el fue con acento y otras más que actualmente no rigen

CONFERENCIA

Honrosa é inapreciable distinción ha sido, señores, para mí que la ilustre Sociedad Geográfica, á propuesta de su digno individuo el docto historiador y geógrafo D. Ricardo Beltrán y Rózpide, me haya invitado á presentaros en pública sesión el modesto trabajo de que voy á daros cuenta. Reclama de mi pecho este favor una gratitud tanto más profunda y duradera, cuanto menos proporcionadas son mis facultades á la sabiduría de la Corporación y á la importancia de sus tareas; pero también requiere de vuestra parte otra señalada merced, sin la cual quedaría incompleta la primera; y consiste en otorgarme, desde ahora, una benevolencia todavía superior ala que siempre concedéis en estos actos. Mi estudio versa sobre la patria y origen de Cristóbal Colón; y hablar de tan eminente figura histórica en circunstancias como las que ahora sufrimos, es difícil empresa. En los momentos en que, á impulsos de ilimitada codicia y de violencia sin diques, sus veneradas cenizas regresan del mundo que descubrió, de ese mundo en que imaginó gozar perdurable reposo y entusiasta adoración ; cuando la gloriosa bandera que tremoló al descubrirle, no vencida, no obligada por las armas del valor y de la lealtad, abandona aquella ingratísima tierra; cuando á la inmóvil faz de las naciones que han establecido la actual civilización, se despoja de su territorio y de sus caudales á la que supo , con inimitable perseverancia y preclaras virtudes, recobrar su existencia en épica lucha de siete siglos y fecundar luego, con la sangre de tantas generaciones de héroes, casi todas las regiones de ese nuevo continente en que fué siempre madre cristiana y generosa, nunca madrastra egoísta y exterminadora; cuando tamaña iniquidad se ejecuta al finalizar el maravilloso siglo del vapor y de la electricidad, sarcástica ofrenda que el pueblo fundado por el integérrimo Washington rinde ante la colosal estatua de la Libertad iluminando al mundo; cuando esta enorme conculcación de la moral obedece á los apetitos del mercantilismo, que quiere ajustar á su grosero paladar la vida y las aspiraciones de los hombres y de las sociedades, parece que todo ideal, temeroso del ridículo ó del desdén con que le amenazan la frivolidad y el positivismo, debe desmayar, humillarse y desaparecer: intentar, en fin, cuando tan inmerecidas desgracias nos agobian, reivindicar para España la gloria íntegra del inmortal navegante, es, en efecto, temeraria aventura.

Alentado, no obstante, por el acendrado culto que os inspiran esos ideales, según habéis demostrado en anteriores sesiones al glorificar la memoria de los insignes Goello y Jiménez de la Espada, y según lo demostráis siempre dedicando constantes esfuerzos al bien de la patria y á los nobles fines de la ciencia, no he dudado en someter á vuestro ilustradísimo examen y á vuestro recto juicio un trabajo cuya importancia estriba en el objeto en que se ocupa, no, por cierto, en otra condición alguna. Escudándome, pues, en vuestro saber y en vuestra indulgencia, permitidme que pase desde luego á comunicaros el resultado de las investigaciones impuestas por la existencia en España y en la primera mitad del siglo xv, de los apellidos paterno y materno del descubridor del Nuevo Mundo. Los documentos en que se ha. revelado y las mencionadas investigaciones serán materia de un libro al que justificarán las ilustraciones y facsímiles correspondientes ; hoy me limitaré, deseoso de no fatigar vuestra atención, á exponer en extracto varios puntos esenciales de mi estudio.

Considero conveniente hacer, en primer lugar, rápido examen del carácter y condiciones que presentan los antecedentes más culminantes que existen acerca de la patria y del origen de Cristóbal Colón. Sabéis que no ha terminado todavía, ni tiene trazas de terminar, la discusión relativa á esta materia, á pesar de que el primer Almirante de Indias declaró en solemne documento haber nacido en la ciudad de Genova.

¿A qué se debe, pues, la existencia de la controversia? ¿Por qué no ha alcanzado cumplida fe el que mejor podía resolver todas las dudas?

No es razonable atribuir únicamente semejante situación de cosas al afán inmoderado, aunque disculpable, de los diversos pueblos que se disputan la apetecida gloria de ser cuna del Almirante. Muy poco valdrían sus pretensiones si la vida de Colón anterior á su aparición en España no estuviera rodeada del misterio, si todos los datos históricos que se utilizan pre- sentaran el carácter de congruencia y de unidad que exige la

demostración informativa cuando faltan pruebas positivas á favor de una proposición determinada.

Colón, en la escritura de fundación del mayorazgo, afirmó haber nacido en Genova; y no se vacilaría en establecer como definitiva esta afirmación, si se pudiera abrigar un concepto adecuado acerca de su personalidad, esto es, si se supiera cabalmente que fué ajeno á todos los defectos y á todas las debilidades del hombre, si se demostrara que jamás faltó, ni quiso faltar, ni era posible que faltase á la verdad. Alarmados injustificadamente, notabilísimos escritores y críticos, exclaclaman: ¡Cómo! ¡Llamar á Colón falsario y embustero!

Sin embargo, nadie ha pretendido atribuirle tan odiosos defectos. Lo primero se dice del que comete delito de falsedad en grave menoscabo de la honra ó de la hacienda ajenas; lo segundo, del que miente con frecuencia por cálculo, por hábito ó por carácter. El respeto que os debo me impide hacer ahora disquisiciones sobre la moralidad ó la inmoralidad de la mentira; pero es preciso confesar que los hombres más escrupulosos la usan ó la disculpan cuando lo exige un fin moral, útil ó conveniente y cuando, á la vez, no perjudica á nadie.

Qué tendría de bochornoso, ni de vituperable, que Colón se decidiera á emplear una mentira que pudo juzgar lícita, puesto que no perjudicaba la fama ni los intereses ajenos y, por el contrario, favorecía los propios en la medida que imperiosamente le exigían las preocupaciones de la época? Si su origen era humilde, humildísimo, ó su familia tenía alguna condición que fuese obstáculo ó, por lo menos, entorpecimiento para la realización de su grandioso proyecto, ó que le rebajase ante la altiva nobleza española ¿por qué habremos de censurar que ocultase tales condiciones y usase para ello inexactitud tan excusable, señalando cuna distinta y aun opuesta á la verdadera, á fin de hacer infructuosas las indagaciones de la curiosidad? Y, por ventura, el hecho de aceptar y de sostener esta interpretación ¿es razón para atribuir á los que la defienden el mal pensamiento de conceptuar falsario y embustero al insigne nauta?

En mi opinión, el Almirante pudo tener, además del expresado fundamento, otros dos muy eficaces para decidirse á señalar por cuna la poderosa ciudad de Genova: primero, el pensamiento de que todos los elementos de la fundación del vínculo guardasen la debida proporción con la magnitud del suceso que le había elevado á la cumbre de la sociedad; segundo , la absoluta precisión de ser consecuente en sostener la calidad de genovés con que se había presentado en España.

El éxito que Colón obtuvo por el descubrimiento de las tierras que salieron á su encuentro en el imaginado camino occidental de la India, así como la adquisición de altos títulos y de provechos positivos, justificaba la adopción de las precauciones legales con que á la sazón se procuraba perpetuar la familia noble; á más de esto, su persona habría de ser tronco de una estirpe esclarecida. La fundación de un vínculo como «raíz y pié de su linaje y memoria de sus servicios», fué en la mente del Almirante idea lógica y necesaria; y tan justamente elevado era el concepto que había formado de sí mismo, de su hazaña y de la fundación del mayorazgo, que en la escritura notarial, aparte del estilo grandilocuente que se esforzó en emplear, encomienda nada menos que al Santo Padre, á los Reyes, al príncipe D. Juan y á sus sucesores, no á la eficacia y al amparo de las leyes, vigilancia especial sobre el cumplimiento de las cláusulas del vínculo. Pensó que en tan solemne é importante documento no era proporcionado al objeto que le guiaba el hecho de que constase como raíz y pié de su ilustre descendencia un pueblecillo cualquiera; ya que se había presentado en Castilla como genovés, escogió por cuna la más famosa población del territorio ligúreo: Genova. Que esta preocupación dominaba en aquellos tiempos, lo demuestra don Fernando Colón al decir, en la Vida del Almirante, que «suelen ser más estimados los hombres sabios que proceden de grandes ciudades», y al añadir poco después que «algunos que de cierta manera quisieron obscurecer la fama de su padre, afirman que nació en lugares insignificantes de la ribera genovesa; otros, que se propusieron exaltarle más, que en Saona, Genova ó Placencia». De modo que el nacimiento en pueblo de menor ó mayor importancia, era entonces causa suficiente para obscurecer ó exaltar la fama de una persona.

En dicha escritura, Colón añadió, con respecto á Genova, estas palabras: «de ella salí y en ella nací» , frase que, salvo más autorizado juicio, parece acusar cierta vacilación, porque espontáneamente, esto es, de primera intención, el Descubridor empleó el verbo salir, y sin duda rectificó á seguida tal espontaneidad con el de nacer. La idea que le impulsó en este caso, ¿fué quizás la de haber salido de Genova á la vida de la inteligencia, á la vida del navegante, es decir, á una vida de eterna fama, y no á la material?

Preocupado por la idea de que la fundación tuviera grandiosa base, Colón citó á Genova en el lugar menos adecuado de la escritura del mayorazgo. Designa en ella, como herederos, correlativamente, primero á sus hijos D. Diego y D. Fernando, después á sus hermanos D. Bartolomé y D. Diego. En 1498, fecha del documento, aquellos eran todavía muy jóvenes-, D. Bartolomé ya alcanzaba respetable edad, y el segundo de los hermanos del Almirante, D. Diego, quería pertenecer á la Iglesia, según declara Colón en la misma escritura del vínculo. De manera que, no teniendo á la vista nietos ni sobrinos, el fundador debió temer indudables peligros para la existencia futura del mayorazgo, y, previéndolos, llama á la sucesión, para el caso de morir sin herederos sus hijos y sus dos hermanos citados, ¿á quién, señores? Al pariente más cercano que estuviera en cualquiera parte del mundo. Trabajo les daba al Santo Padre, á los Reyes y á los Tribunales, no designando, como era indispensable y lo es en ¡toda institución de sucesiones, una ó dos líneas de parientes paternos ó maternos, etique hubiera de hallarse, en su oportunidad, ese pariente más cercano; tal, y no otra, era la ocasión de mencionar la patria, los padres, los parientes. Y ahora bien; ¿no se apercibe una verdadera y deliberada nebulosidad en la cláusula que acabo de examinar? Ochenta años después de la fecha de esta escritura queda extinguida la línea masculina del Almirante, y acuden al pleito, con aventurera temeridad, dos Golombo italianos, uno de Cuccaro, otro de Cugureo; ninguno de ellos demostró siquiera el parentesco, ¿se hubieran lanzado á semejante empresa si temieran la concurrencia á la sucesión por los Colombo genoveses, á quienes sin duda conocían? ¿Y no es, por ventura, significativa la indiferencia de éstos ante una herencia tan pingüe? ¿Como explicar, pues, la disposición del Almirante llamando á obtener el mayorazgo al pariente más cercano que estuviera en cualquiera parte del mundo, y no señalando, desde luego, la línea de sucesión, que era lo más elemental para evitar pleitos y para asegurar la realización de los fines que inspiraban la fundación del vínculo?

La cláusula relativa á que su hijo D. Diego, joven entonces de veintidós años, ponga en Genova persona de su linaje, fué indudablemente para Colón mera exhortación del vínculo, puesto que en primer lugar nada le impedía que él mismo, con cabal conocimiento, designara esa persona, y además porque nunca volvió á hablar de ello, ni siquiera ¡en ¡el expresivo memorial que dejó á su heredero cuando verificó el cuarto viaje, ni aun en el codicilo que firmó el día anterior al de su fallecimiento.

El Almirante huyó, pues, de mencionar pariente alguno paterno ó materno, no sólo en la escritura del mayorazgo, sino también en los demás documentos; hecho verdaderamente significativo y que, unido á otros no menos singulares y elocuentes, como el de que durante el apogeo de Colón no se haya revelado en Italia la existencia de parientes suyos, corrobora la afirmación de D. Fernando, el historiador, de que su padre quiso hacer desconocidos é inciertos su origen y patria.

Continuará

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