Celso García de la Riega

Biografía, Obras, Pinturas, Teorías y Artículos

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Guillermo García de la Riega: ´Esta exposición busca mostrar que De la Riega es mucho más que el Colón gallego´

Una exposición en el Archivo Provincial homenajea al intelectual en el centenario de su muerte

Expo IIIReconocer y reivindicar la figura del historiador, político e intelectual pontevedrés Celso García de la Riega, autor de la tesis del Colón gallego, es el objetivo de la exposición inaugurada ayer por la Diputación en el Archivo Provincial, en la que se exhiben dibujos y pinturas, obra literaria, interpelaciones parlamentarias o artículos periodísticos. El encargado de comisariar la muestra ha sido el bisnieto y biógrafo, que explica que “por primera vez se podrán ver, por ejemplo, dos planos de la Pontevedra amurallada a tamaño natural. La idea, como con la biografía, es invitar a leer los escritos de mi bisabuelo, que se lo conozca a través de sus escritos para conocer como una persona que trabajó desde los 15 años llegó a hablar idiomas como el griego, el francés o el alemán y a tener su gran cultura”.

-¿Qué destaca de esta exposición?

-Lo que más destaco es que permite ver la extensa obra de Celso García de la Riega, que busco dar a conocer en toda su extensión y que la gente se olvide un poco de la teoría del Colón español, esta exposición busca mostrar que Celso García de la Riega es mucho más que el Colón gallego. Aunque esa parte de su trabajo le marcó mucho y le encumbró, antes ya tenía mucho trabajo y en esta exposición se muestran, por ejemplo, reproducciones de los cuadros que hay en el Museo porque los originales no podían trasladarse por cuestiones climáticas; también están todos sus libros y las actas, porque creo que muchas personas no conocen estas actas de la Sociedad Geográfica en la que lo nombran socio emérito, las actas de la Real Academia en la que nombran su obra Galicia Antigua como de mérito relevante, las del ayuntamiento donde lo reconocen como un gran personaje etc.

-Precisamente la muerte de su bisabuelo, el pleno municipal tomó una serie de acuerdos sobre la figura de De la Riega ¿se cumplieron?

-Los acuerdos municipales sobre la figura de mi bisabuelo no se cumplieron, quedaron en colocarle una placa en su casa, iban a darle su nombre a la calle que entonces se estaba acabando entre el Ayuntamiento y paseo de Colón y otra serie de cosas, por ejemplo tener un cuadro suyo en el salón de plenos, y, bueno, en estas cosas también se ve la importancia que tuvo este personaje hasta que tuvo la desgracia de que surgió la polémica por los documentos.

-La teoría de Colón gallego no fue la única polémica que protagonizó De la Riega. También está su obra Galicia Antigua, sobre el origen de los pueblos del noroeste…

-También fue muy polémica, sobre todo con los celtistas con Murguía a la cabeza, porque es un libro en donde él, por la toponimia y otra serie de cosas, trata de reflejar que nosotros fuimos colonizados por los griegos antes que por los celtas, de hecho algo importante debía de haber porque una revista de la época como era Estudios Deusto le decía que la obra era notable o la Real Academia de Historia la calificó como de mérito relevante, un calificativo que le pregunté a la Academia qué significaba decir con eso de mérito relevante y me explicaron que trataba de significar el carácter sobresaliente de la obra. No he investigado, porque sería mucho, si sabían si alguna obra había sido nombrada eso por aquellos años y después y parecía en principio que no, aunque no lo sabemos con exactitud.

-¿Cuándo fue publicada la conferencia que impartió en Madrid y que supuso el debut de la teoría del Colón gallego?

-Hay muchos colonianos que no saben que efectivamente la conferencia que dio él fue publicada en 1898 en la Sociedad Geográfica, pero él por su cuenta publicó unos cuantos números, en 1899, un mes después de la conferencia, en libreto, un libreto impreso por la imprenta de la Real Académica, de modo que el primer libreto que se hizo sobre el origen gallego de Cristóbal Colón fue de la Academia en 1899.

-¿Este centenario ha servido para recuperar y resarcir la memoria de su bisabuelo?

-Si, creo que se está recuperando y rehabilitando, mucha responsabilidad de ello tiene la Asociación Cristóbal Colón Galego, que con su presidente a la cabeza se ocupó de darle a Celso García de la Riega la relevancia que merecía y, sobre todo, fue crucial el reconocimiento de que los documentos no habían sido falsificados, a pesar de que ya se había dicho en 1967 la famosa tesina de Emilia Rodríguez Solano, con solo esa tesina ya no haría falta el estudio del Instituto del Patrimonio Cultural, la tesis sola ya hubiese bastado, su director era una eminencia, catedrático de Paleografía y Diplomacia Documental, ningún director de tesis deja poner a su alumno algo con lo que no esté de acuerdo, máxime alguien que tenía una categoría internacional, pero además las cartas de la época permiten ver claramente como se hizo ese informe de que había manipulado, son cartas que se pueden ver en la web, de un total de 18 he colgado 12 o 13 y en ellas se ven cosas como que Eladio Oviedo Arce escribe que le cuesta mucho demostrar la falsedad de los documentos de Bartolomé Colón y el de Blanca Colón, es decir ya no se centra en la objetividad y el carácter científico, no, ya iba a tiro fijo a demostrar la falsedad. Esas cartas son del mismo año en que se hizo el informe, si se hubiesen descubierto en su momento hubiesen servido para probar que ese informe no era nada objetivo, científico ni nada.

Enlace al Faro de Vigo

Etimologías Gallegas Comunicado “Respuesta de Celso García de la Riega a V. García de Diego”

Comunicado

Diario de Pontevedra 28 Febrero 1905

 Sr. D. Andrés Landin.

Mi querido amigo: ruego a V, que ordene la publicación del adjunto comunicado en su ilustrado periódico, puesto que no me queda otro medio de contestar al inverosímil ataque del Sr Diego, en !a inteligencia de que se trata de un comunicado de pago esperando que haga la inserción lo más pronto posible.

 Es favor que le estimará de todas veras su antiguo amigo.—G. de la Riega.

24 Febrero 1905.

 Sr Director de El Diario de Pontevedra:

Diario Pontevdra contestación a V. Diego 28:02:1905 Mi distinguido amigo: de cuantas sorpresas pudiera yo tener en la vida, ninguna tan extraordinaria como la que me ocasionó el artículo de ese catedrático de latín, inserto en el número de hoy, que acabo de leer. Convencido estoy ya de que es imposible toda discusión normal y correcta con ese señor En la polémica que sólo por las razones ya expuestas, he sostenido acerca do las reminiscencias griegas en el lenguaje y en la toponimia de Galicia, he contestado puntualmente y en su lugar respectivo a todos los reparos aducidos por el Sr, Diego. Este caballero, viéndose sin salida, acorralado y descalabrado en su argumentación científica, ha acudido en su último trabajo filológico a extremar el sistema que habla iniciado: el de las omisiones, de las tergiversaciones, de las inexactitudes, en fin, del barullo, todo ello presentado en un lenguaje que nadie envidiará. Los lectores de El Diario habrán advertido ya el desahogo con que el Sr. Diego ha sacado de quicio las cosas, trabucando intencionadamente mis raciocinios y pruebas, trasladando todo aquello, que sólo tiene encaje y efecto en su lugar, a otros en que aparezca desatinado y resulte sin valor atribuyéndome conceptos que no he emitido o falseando, con habilidad que reconozco; aquellos que yo he acompañado de los respectivos antecedentes y consiguientes; acudiendo, en resumen, a subterfugios que tienen adecuado calificativo en el diccionario de la lengua. Crea V., pues, amigo mío, que aunque V. no, lo hubiera hecho, yo habría dado en este punto por terminada la polémica, principalmente en vista de mis observaciones sobre procedimientos de trato social, que he consignado en mis últimos artículos, largos y latosos, es verdad, a causa de que la defensa requería una extensión que los ataques maliciosos y embarullados pueden salvar fácilmente.

No habré de ocuparme ya, en el presente comunicado, de las menudencias filológicas mencionadas; de la polémica haré muy pronto un folleto con las correspondientes notas, aclaraciones y justificaciones y, por lo tanto, la cuestión habrá de ser juzgada en su día por quienes no estarán influidos de prejuicios y pasioncillas de bajo vuelo.

Pero el último artículo, o lo que sea, del Sr. Diego, tiene cosas que no pueden quedar sin contestación, y por eso acudo a esta forma de comunicado, bien convencido de que cumplo una obligación ineludible Ese señor, que ha tenido la amabilidad de llamar jonios a mis tatarabuelos (licencia muy descortés) no se ha hecho cargo de que yo, en ¡as entrañas de esos remotos antepasados, ya tenía matemáticas y había aprendido a no emplear nunca medios incorrectos y a no usar en ninguna ocasión literaturas dé plazuela o de chiquillo emberrenchinado; si me he permitido , algunas frases irónicas, ha sido tan solo en contestación a otras injustas, inconsideradas o intempestivas. He sido atacado inopinadamente y nadie creerá que he cometido un crimen al defenderme, dentro siempre del compás y del son que me había señalado el ofuscado agresor.

Poco es lo que voy a decir y conviene descartar desde luego un pequeño detalle, aunque tiene importancia por el fin benéfico que encerraba; El Sr, Diego había afirmado que eso del espíritu fuerte o áspero, desvanecido en los dialectos griegos, restablecido por Aristófanes y lamado digamma eólico, era «una atrocidad que no se estila en los libros moderno», sobre esta afirmación le he propuesto una pequeña apuesta. Ha eludido la aceptación noble y franca; ha tratado de escurrirse (muito olio c´os cartiños!) según costumbre, con una habilidad que precisamente viene a darme la razón, puesto que las palabras que cita del Sr. Cejador, patentizan la existencia del mencionado digamma o sea espíritu áspero o fuerte; luego, en los libros modernos se usa tal atrocidad y no la del estupendo jo, ja, base primitiva de la cuestión. Sobre este asunto hay además lo que he expuesto, copiándolo literalmente y sin tergiversación ni omitida, de la extensa y profunda Gramática griega del Sr. Lozano y Blasco, catedrático que fue de griego en la Universidad central, capítulo XIV, párrafos 2 y 3, páginas 34 y 35. Es, por consiguiente, indudable que ol Sr. Diego ha eludido la apuesta y tratándose do un objeto caritativo, debemos lamentar que no la haya aceptado, puesto que tenía tanta seguridad en que yo seria el pagano.

Y vamos a lo principal, que, sin embargo, sólo tiene valor aparente; a lo que me ha causado la sorpresa que menciono al principio de esta carta; a unas increíbles palabras del Sr. Unamuno. El Sr. Diego continúa tocando a rebato-.. lo mismo que el sacristán y el escribiente consabidos. Le compadezco.

Muy flojos y muy desprovistos de conocimientos y de razones se hallan el Sr Diego y su ayudante de campo, hacendista desocupado, cuando se han visto en la necesidad de acudir a aquel catedrático: bien cierto es el refrán de que el que quiera saber, que vaya A Salamanca. No puedo calcular bajo que clase de elementos de sugestión o de referencias e insinuaciones ha podido el Sr. Unamuno leer algo, no todo, de mi libro y estampar dichas palabras. En uno de mis artículos he indicado la idea de que si nos colocamos en un punto de vista opuesto a las noticias históricas y a la colonización griega de Galicia, mi criterio resulta desatinado y que tanto valdría buscar orígenes griegos en la Australia. Esta consideración no ha sido apreciada en su justo valor por el Sr. Diego, que no sabe apreciar cosas tan sencillas, ni probablemente por el señor Unamuno, que no ha podido fijarse en ella o a quien seguramente le ha sido ocultada. El Sr, Unamuno tan sólo leyó algo de mi libro; en la página 527 declaro lealmente que mis conocimientos, sobro estas y otras materias, son muy superficiales, hecho que bastaría para que todo espíritu sereno y justiciero prescindiera de escribir frases tan excesivas, desatentas o injustas, aunque considerase erróneo mi criterio. Mi ciencia filológica está reducida en mi libro a consignar que tanto ciertos elementos como muchas palabras gallegas del lenguaje y de la toponimia quieran o no quieran el Sr Diego y su ayudante tristísimo, concuerdan en forma y en acepción con otras griegas, hecho incontestable que, unido a las noticias históricas y a los juicios formulados por Plinio, Strabon, San Isidoro, el Gerundense, el P. Florez, los señores Fernandez Guerra y P. Fita, etc., etc., corroboran mi criterio. Si el señor Unamuno no aprecia las noticias históricas y la toponimia gallega, está en su lugar al considerar absurda mi creencia y al figurarse que salgo de un manicomio; pero no al escribir frases tan inconsideradas, sin presumir, segura y positivamente, que habrían de ser utilizadas en una forma y en una ocasión que no ha podido imaginar ¿Cree el Sr Diego que las cosas no han de aclararse? Vaya si se aclararán, y aínda mais. Ni de mi libro, ni de la polémica en que he aducido hechos y argumentos incontestados, aunque sí desfigurados y tergiversados (pues lo he probado así en los lugares oportunos), se puede deducir que alardeo de helenista o de filólogo, ni que me hincho o me esponjo, bañado en presunción satánica, ridícula, insana y ruin: de ello estoy bien seguro y todos los que me tratan y conocen, lo suben del mismo modo.

Lástima es que el Sr Diego, que se considera un Kuroki de la filología, no haya consultado también al Sr. Unamuno las definiciones de su famosa gramática latina sobre el sustantivo, el adjetivó, el verbo, la métrica, etc. Estoy persuadido de que si el Sr. Unamuno leyera aquello de que «la Métrica es el estudio gramatical de los versos latinos», pondría en solfa a un catedrático que enseña a sus alumnos semejante dislate y que, por tanto, carece de toda autoridad científica; también estoy convencido de que si el mismo señor se enterara de las asombrosas habilidades y afirmaciones de! Sr. Diego en la polémica de que se trata, le condenaría a la contemplación eterna de su ayudante de campo.

Pero ¿es que las frases del Sr. Unamuno escritas en tales circunstancias, constituyen un mandamiento de la ley de Dios? Soy enemigo de la exhibición personal; mas el estado, a que el Sr. Diego, totalmente aturdido y sin base propia, ha llevado el asunto, me obliga a presentar opiniones valiosas que, no sólo hace lo que vulgarmente se llama «pata y en paz» con respecto al decreto del Sr. Unamuno, sino lo que se dice <<quince y raya>>.

Un doctísimo filólogo, sin duda el mas eminente de España, me ha trasmitido el juicio que le ha merecido mi modesto libro y trata particularmente los puntos de filología, sin hacer la más leve insinuación de censura sobre las reminiscencias griegas, esas reminiscencias que el Sr. Diego ha creído que destruían su cátedra de latín y el despacho de su Gramática latina y de los programitas de curso, Y para que se vean la sinceridad y lealtad con que dicho sabio emite su opinión, copiaré algunas frases. Después de decir que mi obra está llena de erudición y de buen juicio crítico y que sin duda habrá de llamar la atención de los doctos, añade lo siguiente: «Lástima que V. no sistematice un poco más el punto del anticeltismo y otros lástima que usted no haya abandonado para escribir su obra resabios de doctrinas no viables que asoman a veces; me refiero a las alusiones que hace a una comunicación iberolatina, (téngase en cuenta que en mi libro llamo eminentemente latino a nuestro dialecto) a la maternidad del sánscrito en orden a las lenguas dichas indoeuropeas, etc., y a suponer verdadero el origen asiático de los aryos, cuando en realidad, y en cuanto cabe admitir tales aryos, deben decirse europeos. Esto no quita lo substancial del libro, pero yo, que estimo sinceramente la doctrina de su obra, etc.. expresión sincera de mis impresiones y de la estima de su obra meritísima, etc.»

Ahora copiará un párrafo de la carta de un académico, aunque en ello haga un esfuerzo, «He leído el libro y lo tengo sobre la mesa para releerlo y estudiarlo; mi impresión es que se trata de una obra magistral y que ha de promover polémica. Por lo visto ya hemos empezado con ese búrgales, que me parece se ha metido EN LO QUE NO ENTIENDE, Precisamente, días pasados estuve hablando de cosas griegas de Galicia con N, . N.,. (un catedrático de la Universidad central) y me citó innumerables nombres griegos de ese país, etc. «En el trabajo para el Boletín pueden y deben venir las voces griegas con sus propios caracteres de letra.», etc. No estoy autorizado para publicarlos nombres del filólogo, del Académico y del profesor mencionados.

Las cartas de referencia están a disposición de los lectores do El Diario, no de ese Sr, Diego, que podría sufrir un berrenchín. Algunas personas las conocen ya. Concluyo repitiendo que mi enorme delito ha sido ensalzar la historia antigua de mi patria, enlazando, justificadamente las repetidas o incontestables noticias históricas con muchos nombres do lugares y con un ciento, o cosa así, de palabras del lenguaje galaico que concuerdan en forma y en significado con voces griegas, Este horrendo crimen le puso los pelos de punta al Sr. Diego, imbuido en vulgarísimo criterio castellano en cuanto toca a Galicia y a los gallegos; ni él, ni el señor Unamuno han visto que, aún aceptando las peregrinas afirmaciones filológicas del primero y las transformaciones galaicas de las palabras latinas, resulta una antigua fonética gallega derivada de la griega. El Sr, Diego ha intentado cubrir su averiada mercancía con el pabellón del Sr Unamuno, Pobriño!

Cuanto a otros puntos del último y desdichado artículo del catedrático de la Métrica y del verbo de lo inicial.. peor es meneallo.

Y dando a V.; amigo mio y querido paisano, las más expresivas y sinceras gracias, se repite suyo afmo. s.s.

q.s.m.b

Celso García de la Riega

Nota: Falta la publicación de la cartas de V. García de Diego a Unamuno y la carta que le remitió Celso García de la Riega a Unamuno

Vuelvo a repetir lo mismo que en otra ocasión V. García de Diego y su ayudante de cámara debieron quedarse tontos cuando la Real Academia de la Historia denominaron a Galicia Antigua Obra de Relevante Mérito

La Tarde del Domingo

Galicia

La Tarde Del Domingo

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl malogrado Murguía ha sabido presentar fielmente, en su notable y artístico dibujo, una de las más antiguas costumbres de la población rural de Galicia. No se trata de pintoresca romería, ni siquiera de alegre fiesta menor, sino de un recreo habitual de los perseverantes, sobrios y resignados trabajadores de campo, que en las tardes de los días destinados al descanso se reúnen en la robleda o castañal cercanos a la iglesia de la parroquia. Mientras las personas formales hablan de las labores agrícolas, del precio del ganado, de la plática del cura, de los repartimientos de las contribuciones, de las hazañas perpetradas por el secretario del Ayuntamiento ó del juzgado municipal, y, en fin, de todo cuanto interesa á las familias que constituyen el nervio de la nación, los jóvenes se entusiasman bailando al son de la gaita ó del desatinado violín de un mísero ciego, no faltando industrial que establezca, bajo la sombra de secular roble, su carro con media pipa de cristiano vino, para que oportunamente remojen la garganta los que charlan, ó aplaquen la sed los que saltan y se agitan en las variadas figuras de la muiñeira.

Las mozas bailan gravemente, guardando la más severa compostura, los ojos mirando al suelo, sin demostrar que reparan en los complicados y cada vez más difíciles punteados queOLYMPUS DIGITAL CAMERA sus galantes van ejecutando en torno de ellas, como si pretendieran conmoverlas y cautivar su corazón, al parecer insensible ó inexpugnable: se ventila, pues, una conquista que el hombre no puede realizar á las primeras de cambio, y que la mujer no debe otorgar desde luego; argumento característico del tradicional baile de Galicia, en la actualidad sustituido frecuentemente por el exótico y grosero agarradiño.

Estas reuniones domingueras ofrecen singular encanto al poeta y al artista. Tienen todo el atractivo de la ingenuidad y de la confianza como fondo, y la sin para belleza del campo gallego como marco; el amor, eterno móvil de la creación, de animación y colorido al cuadro. Los concurrentes olvidan allí, una vez á la semana, las angustias de la trabajosa vida, las exigencias del consabido caciquillo protegido del feudalismo político, y la proximidad del pago de la contribución, de la renta foral ó del interés usuario…

Al avanzar las primeras sombras de la noche, cada familia toma el camino de su respectivo lugarejo; cruzándose á diferencia las últimas maliciosas copias y los prolongados aturuxos, en tanto que alguna pobre huérfana, al recoger la hierba para el ganado de sus amos, canta con melancólico tono:

A´vaca é meus páis morreron,

Fois a Cuba meu hirman;

Xa non teño que me queira,

N´este mundo, máis quó can!

Celso García de la Riega

Nariz ó narices

Revista Gallega Abril 1901

Nariz ó narices(1)

Retrato Celso Revista Gallega 31:03:1901La muy ilustrada Redacción de la Revista Gallega, ha tenido la bondad de publicar mi retrato en el número correspondiente al 31 de Marzo último, y me apresuro á dar á su Director don Galo Salinas Rodríguez, las más expresivas gracias por la distinción con que me han favorecido, tanto más honrosa, cuanto que no poseo los méritos necesarios para ser objeto de ella.

Cumplido el agradable deber de manifestar mi reconocimiento, justo es que haga constar, para que lo sepan los numerosos lectores de la Revista, que yo no tengo la nariz (como decía el cura de Alcañiz) ó las narices (según el de Alcañices) que por una ligera desviación de su lápiz, adosó á mi cara el artista dibujante: yo no poseo semejante pabellón, á no ser que mientan el espejo y la fotografía.

Cuando fuí estudiante, jamás mis condiscípulos me pusieron mote alusivo á la nariz, dato histórico que demuestra eficazmente que la mía no era entonces desproporcionada; posteriormente no creció ni se hinchó, prueba de ello es que mis dos suegras nunca me han dicho una palabra acerca de un asunto tan interesante. Nada menos que ocho veces he hecho la travesía del Atlántico, sin que mi nariz hubiese dificultado en ningún momento la marcha de los buques; nadie se acercó á ella para que sirviera de paraguas ó de quitasol, ni recuerdo que haya sufrido grano, sabañón ó romadizo que le desnaturalizara en su tamaño, en su forma ó en su color; jamás he sentido peso en el lugar de mi rostro á donde está adherida, siempre he podido ver los objetos con desahogo y desde mi niñez he usado constantemente pañuelos de las dimensiones ordinarias.

Es muy probable que al contemplar la lámina de mi retrato y al enterarse, por los datos biográficos que la acompañan, de que yo hice unos cuantos versos en mi juventud, alguna persona haya exclamado en el acto: ¡buenos versos habrán salido de tal nariz!. En efecto perpetré delito de hacer muchísimos versos, pero mi nariz no fue cómplice del atentado; créanlo ustedes.

¿Quién no sabe que ha habido ó hay personajes, familias y razas que han tenido ó tienen en la nariz un signo característico?.. Acaso se sospeche que la redacción de la Revista, al llamarme “distinguido gallego” lo haya hecho por la cachiporra que mi retrato ostenta precisamente del sitio destinado a órgano exterior del olfato.. Pues mal sospechado, porque tan favorable frase proviene de la amabilidad de dicha redacción, no del abultado -miembro- de que se trata.

Y llamo miembro a la nariz porque el Parlamento inglés decretó que no es del cuerpo humano, de cuya manera censó la incertidumbre de los tribunales británicos en la aplicación de pelas, que eran mayores o menores, según se tratará del descalabro, en riña, de un miembro ó de una lesión de la epidermis.

Todo es efímero en esta vida, menos los retratos que pasan á las edades futuras como ejemplares de narices enormes.. Ah! no, por Dios! Si he de alcanzar notoriedad por un medio tan aparatosos, (por otros no lo lograré) renuncio a ella generosamente!

(1) Gustosísimos insertamos este artículo humorístico que nos ha remitido nuestro muy estimado y respetable amigo y erudito escritor D. Celso García de la Riega.

N, de la R.

Un Buque

Un Buque

Ilustración Cantábrica Tomo IV

Celso un buqueEntre los innumerables viajeros que cruzan los mares en todas direcciones,es seguro que muy pocos han hecho serias meditacio­nes acerca de los buques que les han trasportado y en que han permanecido más ó menos tiempo. Muchos de esos viajeros consideran el barco y sus pormenores con la curiosidad infantil y superficial con que se miran muchas cosas de este mundo, ó con el estupor que causa siempre aquello que, por falta de conocimien­tos en los observadores, se hace incomprensible para ellos por su magnitud ó por otras circunstancias; se ocupan, en primer lugar, de las comodidades que ofrece el buque, y luego, de la mejor manera de distraerse y de matar el tiempo, ya con la lectura y con el juego, ya con las bromas intentadas ó llevadas á cabo contra el más infeliz ó el más insoportable de los vecinos de á bordo; ora refiriendo proezas de amor, de riqueza ó de ingenio en la tie­rra de que les aparta el viento y el vapor; ora haciendo castillos en el aire y pregonando las grandezas que disfrutarán en el con­tinente ó país á que les acerca el buque.

La vida a bordo sería verdaderamente muy agradable, si no fueran hombres los que la hacen. Al entrar en un barco que va á emprender largo viaje de travesía, nos despojamos, al parecer, de nuestras pasiones. Levadas anclas, el sentimiento de la frater­nidad se despierta y se desarrolla entre los viajeros; perdida de vista la tierra, ya se miran unos á otros como antiguos conocidos. Ciertas etiquetas terrestres desaparecen; el general, el banquero, el propietario, el alto funcionario, se confunden y codean espontáneamente con el alférez, con el modesto viajante de comercio, con el empleado subalterno ó el cesante. ¿A qué obedece este edificante, pero momentáneo cambio? ¿A un sentimiento noble y sincero, á la necesidad de pasatiempos sociales, al egoísmo? El pensamiento de que todos los viajeros van á correr iguales peligros, ¿es el que obliga a deponer su orgullo a los unos, su humildad a los otros?

He calificado de momentáneo semejante cambio, y, en efecto, lo es… desgraciadamente, porque nada me parece tan bello y tan agradable como la fraternal amabilidad que reina á bordo durante los primeros días del viaje. Llega uno a creer que Adán y Eva no cometieron el pecado original, y que su descendencia no sufre el funesto castigo que Dios le impuso para purgar aquella falta.

Los viajeros guardan entre sí toda clase de espontáneas atenciones; se comunican con dulce franqueza sus impresiones acerca del mar, del tiempo, de la marcha del buque; se hacen mutuos ofre­cimientos, organizan inocentes diversiones y recreos. Hé aquí los hombres buenos y amables; no se hallan, sin embargo, en estado primitivo, ó por lo menos patriarcal. ¡Parece mentira! Son civiliza­dos, y trátanse, no obstante, como hermanos, exentos de ambicio­nes y de rencores. Este es el momento de bendecirles, de afirmar su moral superioridad en todos los seres de la creación, y de no molestarles con los preceptos de una Constitución política.

¡Linda ilusión! El autor del milagro es el inconsciente disimu­lo de nuestras flaquezas; entretanto, las pasiones se aprestan para el combate en el interior del pecho, estudiando los puntos vulne­rables del prójimo, midiendo las fuerzas respectivas y esperando, sin duda, á que desaparezca de entre los viajeros el sentimiento de fraternidad, que por cierto se desvanece tan pronto como ad­quieren alguna confianza y dan al olvido los pensamientos de te­mor originados por la fragilidad del barco, quizás juguete un dia de las terribles veleidades del inmenso mar. No recuerdo quién ha dicho que un buque es un mundo en pequeño: faltóle no más añadir que en aquel reducido escenario las pasiones estallan con mayor fuerza y son más temibles que en medio de la sociedad. Presto se cansan del forzado quietismo y sienten absoluta pre­cisión de demostrar que para algo existen en el pecho de los mortales.

El marido desconfiado no consigue ya ocultar los chispazos de su celoso instinto; los solteros ejercen su profesion de galantes y decidores, y extreman su amabilidad, sus atenciones y miradas con casadas y solteras, entre las cuales se forma divertidísimo enredo de chismes y de pequeñas envidias, manantial de escenas cómicas y serias; el charlatán político ó el arbitrista financiero logran un corro de oyentes y encuentran adversarios y polemis­tas. Empiezan luego las bromas y se aplican sobrenombres ó mo­tes: el inocente juego del tute, pasando por los de tresillo, trein­ta y una, siete y media, etc., se trasforma en el de banca frené­tica y subrepticia. Algún matrimonio ó individuo ven llegada la ocasión de darse tono ó aire de pertenecer al gran mundo ó alta sociedad, cosa que jamas han logrado en tierra. Sobran viajeros que censuran siempre las comidas de á bordo, para demostrar que se hallan acostumbrados á otras excelencias, por más que se ven frecuentemente en mil apuros para acometer ciertos platos, que, en conclusión, rechazan por no conocerlos.

Con todos estos elementos y detalles se originan variados incidentes, que muchas veces litigan á formar una atmósfera tempestuosa: menudean luego los relámpagos y estalla algún trueno. Es indudable que una larga permanencia á bordo concluye por atacar los nervios de la mayor parte de los viajeros; siéntense febriles impaciencias, sensibles y extremadas irascibilidades. Pare­ce que algún doctor Ox hace experimentos.

Mas… perdónenme los lectores de La Ilustración Cantabrica, y abandonaré esta clase de consideraciones, porque no me propuse escribir una disertación moral ó crítica sobre la vida de á bordo.

Al principiar este artículo, he indicado que son pocos los viajeros que meditan seriamente acerca del buque que les trasporta; y sin embargo, merece atentísima reflexión máquina tan extraor­dinaria, resultado de una complicación de penosos estudios, de re­petidos ensayos, de providenciales casualidades y de esfuerzos de todas clases.

Un buque se construye en poco tiempo: una fórmula trigonométrica es la base de los planos. Varias ciencias y artes tienen participación en la magnífica obra: por fin se bota el barco al agua, se mece gallardamente, presintiendo la importancia de su futuro destino; vienen luego o.tras ciencias y artes á apoderarse de él, á concluirle y á llevarle por los Océanos. Ya está en me­dio del mar, ya es ocasión de observarle.

Dentro de su casco hay una poderosa inteligencia, que arrancó á la naturaleza sorprendentes secretos: el hercúleo vapor vence al contrario viento; la misteriosa brújula señala, entre las tinieblas, certera derrota; la maravillosa electricidad ha galvanizado todo el hierro de la obra muerta, y le preserva de la destructora humedad; el ingenioso cronómetro mide el tiempo, y el sencillo timón domina toda aquella mole. En el interior de ésta apercibese un organismo completo en actividad, con cerebro, músculos, nervios y aparato respiratorio: palpita el movimiento, siéntense la circulación de la fuerza y las impotentes convulsiones de la resistencia. De cuando en cuando recorren el buque, desde un ex­tremo al otro, fuertes estremecimientos, como si se asombrara de lo portentoso de sus funciones; y allá, sobre el estrecho y alto puente, un átomo, el hombre, con una sola palabra, obliga al monstruo á orzar, á arribar, á virar, á caminar más á prisa ó á detenerse. La inmensidad sobre que se mueve es digno circo para semejante gladiador.

Para llegar á esta dominación, ¡cuánto ha tenido que trabajar el hombre! Desde el tronco de que el salvaje fabrica su canoa, hasta el Leviatan, ¡cuántas vigilias, cuántos estudios, cuántas exis­tencias, cuántos años se han empleado en completar la obra! ¿En completarla?… Aún falta mucho para ello: no obstante, el siglo actual debe enorgullecerse.

Si se examina detenidamente el buque, cámara por cámara, departamento por departamento, hay materia para varios volúme­nes dedicados á una sola tarea: la de ensalzar la inteligencia y la actividad humanas. Todas las industrias, todas las artes, tienen allí su representación. Desde el carbón arrancado á las entrañas de la tierra hasta la harina que nos prodiga su fecunda corteza; desde la extensa lona que hincha el viento, hasta el artístico cristal que adorna la primera cámara; desde el cabestrante que suspende las pesadas ancla, hasta el sextante que mide la altura del sol sobre el horizonte;desde el bauprés hasta le hélice; desde el tope de hasta el fondo de la sentina, todo lo que contiene el barco es lo que es, lo que alcanza, lo que puede la inteligencia del hombre, de la cual es fórmula adecuada un buque en medio del Océano.

Camina majestuosamente y sin balanceo por la sosegada llanura; la noche es serena y tranquila, las constelaciones retrátanse en el liquido cristal, turbados sólo sus reflejos por la blanca estela; ningún ruido viene del exterior, y el horizonte se confunde con el cielo. Parece entonces que el conjunto de infinitos mundos rinde, en su más arrobadora soledad, en su más imponente silen­cio, justo tributo y debido homenaje á la inteligencia de esta pe­queña tierra, que se cree figurar dignamente en medio de tantos y tan espléndidos astros.

Cúbrese el cielo con espesas nubes; desencadénase el viento en violentas ráfagas; agítase el mar, y las encrespadas olas caen con estruendo sobre los costados y la cubierta del buque; entábla­se el terrible combate, en el cual es vencido muchas veces, pero del que resulta casi siempre vencedor, y sigue su rumbo, dejan­do detrás la tempestad, que refunfuña avergonzada. El hombre es el héroe, y su cerebro ha hecho todo eso.

La contemplación de un buque de nuestros días llena el ánimo de legítimo orgullo. Sonreímos involuntariamente de lástima al acordarnos del famoso Argonauta y de su mísero viaje á la Cólquida, cantado en los antiguos poemas épicos; de las romanas triremes y de las galeras venecianas, que sólo se apartaron de las costas cuando se descubrió ó importó á Europa la brújula; admi­ramos luego el recuerdo de Colon, de Elcano, de Magallanes, de Cook y de La Perouse; aplaudimos en seguida á Fulton y nos extasiamos ante nuestros barcos. Pero faltan todavía más eslabones en esta magnífica cadena del progreso; divisamos un más allá, adivinamos un porvenir tan asombroso como incomprensi­ble hoy para nosotros, el dia en que la quietud perfecta reempla­ce á los molestos balances y en que la electricidad sustituya al vapor en buques como la Numancia, de nuestra marina de guer­ra, ó como el Alfonso XII, de la compañía trasatlántica. Des­pués… ¡Quién sabe!… ¿Llegará este progreso á un término?

Al través de treinta siglos, compadecemos hoy á ios tripulantes del Argonauta. ¿se reirán de las presentes generaciones los hombres del siglo XX? ¡Es muy probable!

                                   Celso García de la Riega

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