Celso García de la Riega

Biografía, Obras, Pinturas, Teorías y Artículos

E PUR SI MUOVE

E PUR SI MUOVE

Galicia Nueva 12 Octubre 1918

A PESAR DE TODO, COLON ERA GALLEGO

La tradición de Portosanto

 

Galicia Nueva 12-10-1918Este manoseado asunto del origen galaico de Colón, que tuvo el honor. como todo lo realmente popular, de llegar a hacerse cursi, no ha muerto todavía. Pudo temerse ha poco:

hace unos días. Pudo temerse cuando Eladio Oviedo Arce, llamado a informar sobre la validez de unos documentos, hizo más que el cisne, que cantó para morir: cantó después de muerto.

A las manos del arqueólogo gallego fueron a parar los documentos en que se apoyaba, paleográficamente, la teoría pontevedresa coloniana. Y Oviedo, en un escrito tan largo como lleno de pasión -en un escrito de enemigo- falló rotundamente. Esos documentos carecen de valor histórico. García de la Riega raspó, añadió, interpoló. Esos documentos están falsificados.

Pero he aquí, señores, que fresca la tinta aún en el número del Boletín de la Academia Gallega que contiene el alegato que hizo derrocador la saña del Ilustre Oviedo Arce, yo me persono con aquél frente al más fervoroso continuador de la obra de reivindicación gallega que inició García de la Riega. Y he aquí también, que después de mucho perorar con la amabilidad de D. Prudencio Otero, sale a relucir una tradición coloniana, sin mixtificación posible, que existe en Portosanto. Y que siento el afán de comprobarla. Y que cruzo el puente de la Barca. Y que alcanzo la otra margen de ese prodigioso Lérez pintoresco. Y que, antes de recorrer medio kilómetro, llego al caserío donde niño o púber, antes o después de ser hombre de mar -probablemente después de serlo él y los suyos, como el mismo Colón dijo al Rey Católico -vivió el náuta-enigma a quien debemos desde el brillo del oro de Potosí hasta las dulces cadencias, llenas de voluptuosidad, del tango mareante.

Es muy pequeño Portosanto: una docena de casas apiñadas en lo alto de un alcor. Unos maizales. Camino de la orilla, alguna cougostra penumbrosa, algunos pinos y algunos que otro roble seculares. Un gran silencio que apenas interrumpe la música bucólica: gritos de gaviotas, voces de gañanes y melancólicos mugidos. Un a-la-la, a lo lejos. Y, hacia las fuentes del río, la mirifica visión de Pontevedra.

—Oiga usted, buen hombre. ¿Dón¬ de dicen que estaba la casa de Colón?

—Din que e aquela. —¿Aquela, cuál?

—A que ten as paredes encintadas.

Aquella no es. Unas mujeres, que a la vera de ella comadrean, dicen que, seguramente, no es aquella.

«¡Onde vai ela!»

—Desfizérona. Estaba máis arriba.

Pero aquellas mujeres oyeron, siendo niñas, que de allí, de aquella aldea, salió, fai unha chea de anos, el Colón que descubreu as illas.

Esto lo han oído decir ustedes ahora, desde que andan con eso los señoritos de Pontevedra. Esa historia que ustedes saben tendrá veinticinco años a lo sumo.

– ¡Canté, señor! Eu teño cincoenta e seis e ouvin-o xa de nena.

Y la señora Antonia, que ahora está en los campos con sus bueyes y que tiene mucha más edad, se lo oí a su padre, que murió de cento e catro anos. Y de niño lo había oído también su padre, el centenario.

Nos alejamos. Nos sumimos en la geórgia de un camino sombroso. A par de él hay unos muros, un portalón, unas almenas, una moderna casa, una amabilidad urbana que nos sale al encuentro en ella. Y esta amabilidad, que pertenece a una señora que es la esposa del archivero y arqueólogo y hombre culto señor Zaratiegui, nos dice cómo cuando ellos, cinco lustros hace, se aposentaron allí, ya oían decir que Colón había salido de aquella aldea, y que precisamente dentro de aquella finca estaba la pobre casuca -hoy arrasada- donde los viejos del lugar aseguraban que Colón había vivido.

Existe, pues, en Portosanto una tradición ingenuamente coloniana. Antes de que los, sabios pontevedresés hubiesen enfocado su atención sobre los discutidos documentos, ya se decía en aquel aledaño pontevedrés que Colón era de allí. Esta prueba tradicional, que da robustez a la tremenda prueba indiciaría, no fue falsificada, persiste por encima de todo, tiene un valor histórico y si no sirve científicamente, si debe ser desechada, la ciencia debe decirnos por qué.

Ahora que yo empiezo a pensar si el señor García de la Riega -a quien no puede negársele el mérito de haber arrastrado los peligros de universalizar la nueva teoría coloniana -no habrá tenido también la virtud

de descubrir lo que, si hemos de creer a los labriegos de Portosanto, ya estaba descubierto.

 

Una falsificación incomprensible

 

El informe que el Sr. Oviedo Arce, académico gallego, elevó a la consideración de sus cofrades, es, sin atenuaciones, aplastante. Demasiado. Prueba mucho. Y quien prueba mucho…

Conste que no soy yo quien os lo dice. Estas son cosas de los hombres versados en Braquigrafía, Paleografía, y todas las disciplinas emparentadas con la Diplomática y el ejercicio de la crítica de las fuentes de la Historia. Y yo, de todo esto, nada sé. Pero, cuando pongo atención, tengo el tímpano sensible.

Y he oído…

Van a ver ustedes. Oviedo Arce hizo una meticulosa disección de los documentos aportados por García de la Riega; de los documentos «colonianos», esto, es, que contienen noticias relacionadas con la ascendencia de Colón. Y a este lo tachó y á esto otro también, no dejó ninguno sano. En unos, García de la Riega había raspado, substituyendo unos conceptos por los otros. En otros prolongó algunos rasgos, variando las palabras según su conveniencia. Y cuando encontró un espacio propicio, interpoló lo que podía entrar a cuña. Buen dibujante y químico aplicado, puso el arte y la ciencia a contribución para redondear su teoría coloniana. De todo esto Oviedo Arce deduce conclusiones despectivas. Y, ya os lo he dicho: trata a García de la Riega -que para capitidisminuirlo más hasta le abrevia el apellido- como a un vulgar falsificador. Hasta sostiene que no supo tener la precaución de enmendar con pluma de ave, notándose en sus adulteraciones la presencia del trazo metálico, impropio del siglo de que data la grafía primitiva; y que no recordó que las tintas de otros tiempos eran vegetales. Los microscopios coruñeses encontraron, precisamente en los parajes de los documentos donde está la materia coloniana, los cristalitos de las modernas tintas de anilina.

A primera vista parece que después de experimentar la sensación de estas revelaciones espantosas, debe desecharse para siempre el testimonio de los mentados documentos colonianos. Sin. embargo, yo estoy en desacuerdo. Parece indudable que el Sr. García de la Riega fue más allá de lo que la prudencia aconsejaba. Donde encontró un Colón documental que se desvanecía por la edad, le dio un reactivo que reprodujese en él al doctor Fausto. «Avivó» algunas palabras. Y una malidicencia que tiene algunos visos de verosimilitud, sostiene que, en algunos casos, no se contentó con resucitar los muertos sino que hizo salir a los vivos de la nada.

Todo esto, que puede ser exceso de celo, pasión de descubridor que teme que la incredulidad no se conforme con las medias tintas de los documentos desvanecidos ni con las medias sombras indiciarías, no destruye, aunque aminore, el valor de las pruebas aportadas por García de la Riega. Una mujer puede ser hermosa aunque se pinte las cejas. El historiador pontevedrés, en esta ocasión, abusó del lápiz del tocador, pero no en tal grado que haya derecho para creerle una familia Humbert de la ciencia de la Historia.

Y ahora voy a deciros lo más notorio. Y lo más grave.

 

Ya sabéis que Oviedo Arce -el sabio Oviedo Arce, hombre tan historiador como poeta, que un día me hizo decir que eran ibéricos los castros de Toralla y al cabo de un mes sostuvo que eran romanos nada más- bajó a la tumba hace aproximadamente mes y medio. Se dice que fue después de una labor abrumadora, agotado por el esfuerzo que tuvo que realizar para informar sobre los documentos colonianos. Tan grande debió ser ese trabajo que le desnutrió y le redujo a la impotencia. Destrozado se retiró a su pueblo. Ni siquiera pudo corregir las pruebas de su obra. Otro académico hubo de suplirlo en este menester: César Vaamonde, que a fuerza de talento y de paciencia pudo dar a la publicidad el largo informe del maestro.

Ya supondréis ahora cómo quedarían los documentos aportados por García de la Riega: examinados hasta los entresijos, inquiridos a todas las luces, enfocados desde todos los puntos de vistas. Y todo ello, de consuno, contribuyó a la afirmación de que estaban adulterados, por lo cual, científicamente, no sirven para nada.

Pero he aquí, señor, que se me dice que García de la Riega y sus continuadores aportaron muchos documentos que apenas si les fue permitido fotografiar en los archivos donde están. He aquí que García de la Riega no pudo actuar como químico ni como dibujante sobre ellos, porque nunca se los llevó a su casa, porque jamás los tuvo en su poder.

 

A ver, señores; ¿cómo pudieron ser falsificados?

Hablando con el Sr Otero

 

Don Prudencio Otero, pese a sus setenta -y no creo que tenga la coquetería de aumentárselos- ha tomado esta tarea de la reivindicación pontevedresa de Colón con plausibles ardores juveniles.

Leyó la alegación de Oviedo Arce. No le importa. El, que pudo aportar algunos documentos, no hizo todo el hincapié en esos manuscritos. Pero eso, para él, el dictamen del arqueólogo noyés no pasa de ser un incidente. El asunto queda en pié. Que un documento, que dos, que todos estuviesen falsificados nada diría en contra de las pruebas que no tienen filiación documental pontevedresa, o que se basan en documentos de otra clase.

Por ejemplo, el crucero que hay en Portosanto.

En Portosanto hay un crucero. Yo lo he visto. Al pié tiene una inscripción. Y en esta inscripción, según mis ojos, aparece el año 1490. Y, según los paleógrafos que la examinaron, el nombre Juan Colón. Este quiere decir que este apellido existía en Portosanto cuando se descubría América. Aquí no actuó la química ni mediaron las plumas metálicas de García de la Riega. Y es de creer que los canteros del siglo XV no habían de jugar una mala pasada, presintiéndola, a la incredulidad de Oviedo Arce.

Pero en lo que se fija más el Sr. Otero es en la propia literatura coloniana, en los testimonios que ningún historiador ha contradicho. Ahí está la institución del mayorazgo. ¿Porqué en ella Colón insiste tanto en hablar de su linaje verdadero? ¿Es que puede ocurrirsele hablar en esta forma a quien está seguro de que el linaje que se le asigna es el auténtico? ¿Es que puede surgir este concepto verdadero en un espíritu que no tenga en sus adentros la idea de que está representado una comedia? ¿No sería una inexplicable redundancia esto de linaje verdadero si no supusiese una confesión tacita de la falsedad del linaje genovés que el mismo quería atribuirse?.

Pero hay más que decir a este propósito de ¡o mucho que pudiera aportarse a un trabajo más extenso. Colón quiso que uno de sus descendientes tuviese casa en Genova, viviese en Genova, arraigase allí ¿A qué este empeño si Colón fuese genovés, si en Genova tuviesen las raíces, ya de antaño, los ascendientes de Colón?

No, no. Parece indudable que Colón pretendía pasar por genovés. Colón, hombre Astuto, presentía las dificultades que la Nobleza de Castilla había de oponer a las prerrogativas que para los suyos había conseguido. Y buscaba para su defensa el prestigio de la’ ciudad de Genova, tan poderosa por el mar.

Hay aún otro argumento más decisivo para el Sr. Otero: el apellido de Colón. Colón se llamó jamás Colombo. Y si es Colón y este apellido no existe en Italia, hay que buscar la genealogía del descubridor de América donde se halle, cronológicamente, el verdadero apellido del marino. Existe en Pontevedra, y en el tiempo preciso, y rodeado de una poderosa prueba indiciaría; luego… Todavía otro argumento. Colón escribió al Rey Católico que él y los suyos habían sido siempre «gente de mar». ¿Cómo esto, si, según la versión Italiana, el padre de Cristóbal Colón era un modesto cardador?

Don Prudencio Otero posee e hizo publicar un plano de la ría de Pontevedra. Y yo se lo pido y lo examino religiosamente, porque de toda la prueba indiciaría que existe es para mi la geográfica la que debe merecernos más alta estimación.

La ría de Pontevedra se parece como un huevo de gallina a otro huevo de gallina a la ensenada de Guanábana, en Cuba. Y Colón, que llega a ésta, se acuerda a su vista de las calmas aguas sobre las cuales su juventud había discurrido, al lado de los suyos. Y llama la Galera a un paraje igual de la isla Onceta, la menor del archipiélago. Y al Nord-Este -y precisa matemáticamente la dirección- observa un cabo y lo bautiza con el nombre de Punta Lanzada.

Y precisamente al Nord-Este, saliendo de la ría, pontevedresa, están las negras piedras y las blancas crestas y el furioso rumor marino que visten de abruptuosidad y llenan de música milenaria las faldas del santuario costero de la Virgen de la Lanzada, ante la cual yo sorprendí rezando a mi Anduriña.

¿Qué más? San Salvador. El San Salvador que descubrió Colón en América, la primera tierra bautizada, es la primera tierra amada: San Salvador de Poyo.

Y aún hay, entre mil indicios más, aquello del espeto del sol. Colón saltó en una ardiente playa donde el sol tenia espeto. Esto no lo entendió ninguno de sus intérpretes. Está claro; solo en Galicia, cuando el astro rey penetra en el cuerpo como si cada uno de sus rayos fuese un hierro enrojecido; solo en Galicia, para un gallego, puede tener espeto el sol.

Los sabios no están todavía de acuerdo. Pero tampoco fueron capaces de destruir nuestra tremenda prueba indiciaría. Y, aún después del dictamen de Oviedo Arce, que solo huele a pasión, yo sigo creyendo que Colón salió de pontevedra.

Parodiando a Galileo, quiero erguir mi cabeza entre las brasas en que el malogrado Oviedo Arce quiso convertir nuestras aspiraciones colonianas. Y que mis labios digan, como dijeron, trémulos por la exaltación de la fe, los de aquel sabio que, delante de la muerte, seguía creyendo que la tierra se movía:

E pur si muove.

Sí, señores; y, sin embargo, Colón era gallego.

El Duende de los Viajes.

Nota: No he logrado averiguar quien se esconde bajo el seudónimo de Duende de los viajes, he conocido quienes fueron todos los colaboradores de la revista nueva Galicia, pero no aprece identificado el seudónimo, al igual que otros que escribían en la misma revista

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