Celso García de la Riega

Biografía, Obras, Pinturas, Teorías y Artículos

Siempre Los Mismos

SIEMPRE LOS MISMOS

Galicia Mayo 1908

Siempre los Mismos1Está muy bien que los gallegos celebremos la conmemoración de la guerra de la Independencia en este año de 1908, puesto que se cumple exactamente un siglo desde que esa guerra fue provocada con los asesinatos cometidos en Madrid por Murat y sus tropas en Mayo de 1908; debemos, pues, unir nuestras patrióticas manifestaciones a las que toda España hace en estos momentos. Pero lo cierto es que en Galicia la lucha tuvo lugar durante la primera mitad del año 1809, en cuyo brevísimo tiempo. los gallegos, sin tropas regulares y adiestradas, sin artillería y puede decirse que sin directores, destruyeron las aguerridas legiones enviadas desde Astorga por Napoleón y mandadas nada menos que por un General del calibre de Ney; los restos de esas famosas legiones fueron arrojados de nuestro territorio a los cinco meses de haberlo ocupado. ¿Hay alguna otra región, de España que en tan corto plazo hubiese realizado un esfuerzo tan colosal y tan heroico?.

Los escritores franceses, guiados por la más necia de las presunciones, no escatiman altisonantes frases, trágicos dicterios y duros calificativos contra aquellos salvajes españoles que defendían por todos los medios sus hogares, su honra y su independencia, arteramente arrebatada, y que respondían, justamente irritados, a los crímenes que los soldados de Napoleón realizaban innecesariamente.

No se trata ahora de renovar rencores; pero nada más justo que recordar hechos que hoy no parecen vituperables, es verdad, pero que fueron consecuencia lógica de otros, indisculpables en quienes, poseían la fuerza y se apoderaban de un país completamente indefenso, maltratándolo sin piedad.

Porque esto, y no otra cosa, fué lo que sucedió cuando el ejército, de Napoleón penetró en la actual provincia de Pontevedra a principios de Febrero de 1809. El General Soult, a su paso para Portugal, imaginó sin duda que el sistema de aterrorizar a la población sería el más adecuado para dominarla.

Aquellos nuevos vándalos entraron verificando una verdadera devastación, robando ganados, frutos y forrajes á los campesinos, injuriando vilmente a las mujeres, apoderándose del dinero y alhajas.que encontraban en las casas, matando personas a la menor resistencia, e incendiando aldeas y pequeños pueblos, como Villagarcía y Carril. La consternación fue general; pero bien pronto se rehizo el ánimo de las gentes y en ellas se despertó aquel indomable valor que en todas épocas atestigua la historia.

En cinco o seis leguas alrededor de Pontevedra, surgieron partidas armadas hasta con azadas, hoces y. chuzos y fueron aniquilados cuantos destacamentos enemigos recorrían las aldeas o acampaban en ellas. No existía otra idea que la de matar franceses; hubo verdaderas vísperassicilianas y los invasores llegaron a sentir el mayor pavor ante nuestros aldeanos, que no les dejaban un solo momento de tranquilidad ni de reposo. Las tradiciones y cuentos de la población rural contienen, en estilo sarcástico o burlón, episodios interesantísimos, dignos de una epopeya.

Reconquistadas Vigo y Marín por dichas guerrillas, atacaron dos veces a Pontevedra, aunque infructuosamente, a causa de la superioridad militar del enemigo. Este, al retirarse aquéllas, salió del pueblo, asesinó a los míseros ancianos que en las cercanías recomponían las viñas, y mató a los enfermos y heridos .que encontró en la aldea de Campolongo, incendiando las casas de la misma. ¡Nobles hazañas, olvidadas por los sensibles escritores franceses!

Reunidas al fin las mencionadas partidas, mejor organizadas y con un Jefe caracterizado á su frente, se dispusieron á renovar la embestida á Pontevedra, pero los franceses la abandonaron temerosa y precipitadamente y no pararon hasta Santiago, que también tuvieron que desalojar. Reforzados luego con tropas de refresco y al mando del gran Ney, volvieron sobre sus pasos con el propósito de destruir nuestro improvisado ejército, cuyos Jefes optaron por la posición de Puente San Payo para hacer frente a las veteranas tropas francesas, que ascendían á diez mil hombres. de infantería, caballería y artillería.

Su estrategia y su ímpetu se estrellaron los días 7 y 8 de Junio de 1809, ante la previsión y la serenidad de nuestras gentes. El 9 Ney emprendió, veloz retirada con abandono de bagajes, municiones y equipajes repletos de objetos robados, y no se detuvo hasta Lugo, donde se reunió con Soult, quién, huyendo de Portugal, había pasado la frontera seca en 29 de Mayo. Y a seguida salieron definitivamente de Galicia.

Este fué el resultado de la gloriosa batalla de Puente San Payo, que coronó eficazmente las innumerables y heroicas proezas que sin interrupción se realizaron en todo el territorio gallego durante la permanencia en él de las tropas napoleónica.

No es por cierto una exageración afirmar que, proporcionalmente, fue una batalla de mayor mérito y éxito que la de Bailen, puesto que la victoria se obtuvo por fuerzas irregulares, apenasSiempre los Mismos2 organizadas, que no tenían más disciplina qne la mutua confianza y que rechazaron valerosamente los frenéticos ataques de tropas escogidas, habituadas a vencer y que disponían de los elementos necesarios para luchar. Seguramente, si un Wellington hubiera sido entonces Jefe de nuestros soldados, habría anticipado para ellos el calificativo de inimitables, que les aplicó posteriormente por !a batalla de San Marcial en aquella famosa orden del día que en Galicia debiéramos tener esculpida con letras de oro en nuestras escuelas y en nuestros cuarteles.

Rescatada Galicia por sí misma en Junio de 1809 y ajena a todo egoísmo, nutrió con sus hijos los ejércitos de la Península hasta la conclusión de la guerra, en que prodigaron su sangre y se batieron denodadamente. ¡Ah! Eran los mismos compañeros de Viriato; eran los mismos soldados preferidos por Aníbal y ensalzados por los escritores romanos; eran los mismos temibles guerreros que las crónicas árabes mencionan en preferente lugar; eran los mismos gallegos que Gonzalo Fernández de Córdoba pedía desde Nápoles al Rey Fernando el Católico; eran los mismos que en Flandes causaban el asombro de los demás tercios españoles; eran, en fin, los mismos á quienes en San Marcial cupo la gloria de vencer y de arrojar definitivamente de la Península a los Franceses.

              ¡Honroso y envidiable apelativo el de gallegos!

      Celso García de la Riega

Pontevedra, Mayo 1908

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