Celso García de la Riega

Biografía, Obras, Pinturas, Teorías y Artículos

Archivar para el mes “septiembre, 2013”

Siempre Los Mismos

SIEMPRE LOS MISMOS

Galicia Mayo 1908

Siempre los Mismos1Está muy bien que los gallegos celebremos la conmemoración de la guerra de la Independencia en este año de 1908, puesto que se cumple exactamente un siglo desde que esa guerra fue provocada con los asesinatos cometidos en Madrid por Murat y sus tropas en Mayo de 1908; debemos, pues, unir nuestras patrióticas manifestaciones a las que toda España hace en estos momentos. Pero lo cierto es que en Galicia la lucha tuvo lugar durante la primera mitad del año 1809, en cuyo brevísimo tiempo. los gallegos, sin tropas regulares y adiestradas, sin artillería y puede decirse que sin directores, destruyeron las aguerridas legiones enviadas desde Astorga por Napoleón y mandadas nada menos que por un General del calibre de Ney; los restos de esas famosas legiones fueron arrojados de nuestro territorio a los cinco meses de haberlo ocupado. ¿Hay alguna otra región, de España que en tan corto plazo hubiese realizado un esfuerzo tan colosal y tan heroico?.

Los escritores franceses, guiados por la más necia de las presunciones, no escatiman altisonantes frases, trágicos dicterios y duros calificativos contra aquellos salvajes españoles que defendían por todos los medios sus hogares, su honra y su independencia, arteramente arrebatada, y que respondían, justamente irritados, a los crímenes que los soldados de Napoleón realizaban innecesariamente.

No se trata ahora de renovar rencores; pero nada más justo que recordar hechos que hoy no parecen vituperables, es verdad, pero que fueron consecuencia lógica de otros, indisculpables en quienes, poseían la fuerza y se apoderaban de un país completamente indefenso, maltratándolo sin piedad.

Porque esto, y no otra cosa, fué lo que sucedió cuando el ejército, de Napoleón penetró en la actual provincia de Pontevedra a principios de Febrero de 1809. El General Soult, a su paso para Portugal, imaginó sin duda que el sistema de aterrorizar a la población sería el más adecuado para dominarla.

Aquellos nuevos vándalos entraron verificando una verdadera devastación, robando ganados, frutos y forrajes á los campesinos, injuriando vilmente a las mujeres, apoderándose del dinero y alhajas.que encontraban en las casas, matando personas a la menor resistencia, e incendiando aldeas y pequeños pueblos, como Villagarcía y Carril. La consternación fue general; pero bien pronto se rehizo el ánimo de las gentes y en ellas se despertó aquel indomable valor que en todas épocas atestigua la historia.

En cinco o seis leguas alrededor de Pontevedra, surgieron partidas armadas hasta con azadas, hoces y. chuzos y fueron aniquilados cuantos destacamentos enemigos recorrían las aldeas o acampaban en ellas. No existía otra idea que la de matar franceses; hubo verdaderas vísperassicilianas y los invasores llegaron a sentir el mayor pavor ante nuestros aldeanos, que no les dejaban un solo momento de tranquilidad ni de reposo. Las tradiciones y cuentos de la población rural contienen, en estilo sarcástico o burlón, episodios interesantísimos, dignos de una epopeya.

Reconquistadas Vigo y Marín por dichas guerrillas, atacaron dos veces a Pontevedra, aunque infructuosamente, a causa de la superioridad militar del enemigo. Este, al retirarse aquéllas, salió del pueblo, asesinó a los míseros ancianos que en las cercanías recomponían las viñas, y mató a los enfermos y heridos .que encontró en la aldea de Campolongo, incendiando las casas de la misma. ¡Nobles hazañas, olvidadas por los sensibles escritores franceses!

Reunidas al fin las mencionadas partidas, mejor organizadas y con un Jefe caracterizado á su frente, se dispusieron á renovar la embestida á Pontevedra, pero los franceses la abandonaron temerosa y precipitadamente y no pararon hasta Santiago, que también tuvieron que desalojar. Reforzados luego con tropas de refresco y al mando del gran Ney, volvieron sobre sus pasos con el propósito de destruir nuestro improvisado ejército, cuyos Jefes optaron por la posición de Puente San Payo para hacer frente a las veteranas tropas francesas, que ascendían á diez mil hombres. de infantería, caballería y artillería.

Su estrategia y su ímpetu se estrellaron los días 7 y 8 de Junio de 1809, ante la previsión y la serenidad de nuestras gentes. El 9 Ney emprendió, veloz retirada con abandono de bagajes, municiones y equipajes repletos de objetos robados, y no se detuvo hasta Lugo, donde se reunió con Soult, quién, huyendo de Portugal, había pasado la frontera seca en 29 de Mayo. Y a seguida salieron definitivamente de Galicia.

Este fué el resultado de la gloriosa batalla de Puente San Payo, que coronó eficazmente las innumerables y heroicas proezas que sin interrupción se realizaron en todo el territorio gallego durante la permanencia en él de las tropas napoleónica.

No es por cierto una exageración afirmar que, proporcionalmente, fue una batalla de mayor mérito y éxito que la de Bailen, puesto que la victoria se obtuvo por fuerzas irregulares, apenasSiempre los Mismos2 organizadas, que no tenían más disciplina qne la mutua confianza y que rechazaron valerosamente los frenéticos ataques de tropas escogidas, habituadas a vencer y que disponían de los elementos necesarios para luchar. Seguramente, si un Wellington hubiera sido entonces Jefe de nuestros soldados, habría anticipado para ellos el calificativo de inimitables, que les aplicó posteriormente por !a batalla de San Marcial en aquella famosa orden del día que en Galicia debiéramos tener esculpida con letras de oro en nuestras escuelas y en nuestros cuarteles.

Rescatada Galicia por sí misma en Junio de 1809 y ajena a todo egoísmo, nutrió con sus hijos los ejércitos de la Península hasta la conclusión de la guerra, en que prodigaron su sangre y se batieron denodadamente. ¡Ah! Eran los mismos compañeros de Viriato; eran los mismos soldados preferidos por Aníbal y ensalzados por los escritores romanos; eran los mismos temibles guerreros que las crónicas árabes mencionan en preferente lugar; eran los mismos gallegos que Gonzalo Fernández de Córdoba pedía desde Nápoles al Rey Fernando el Católico; eran los mismos que en Flandes causaban el asombro de los demás tercios españoles; eran, en fin, los mismos á quienes en San Marcial cupo la gloria de vencer y de arrojar definitivamente de la Península a los Franceses.

              ¡Honroso y envidiable apelativo el de gallegos!

      Celso García de la Riega

Pontevedra, Mayo 1908

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Agradecimiento de Celso García de la Riega

Carta del Sr. La Riega

Sr. D. Manuel Castro López, Director de El Eco de Galicia

Buenos Aires.

Diario Celso 15:12:1910Mi querido amigo y paisano: Con la mayor satisfacción he visto en el acredi­tado semanario que V, dirige, correspon­diente al 10 de Noviembre último, la patriótica y entusiasta carta del ilustre Dr Riguera Montero, iniciando con expléndido donativo la suscripción pública para erigir en Pontevedra un monumento al descubridor de América. Nada más plausible que tan bello y adecuado pensamiento; pero como quiera que en aque­lla notable carta se propone igual dis­tinción para mi, por haber hallado y reunido diversos datos y documentos que revelan inesperadamente la proba­ble naturaleza española del insigne navegante, y considerando que esta circunstancia más bien se debe a un azar de la suerte o de la casualidad y no basta de ningu­na manera para justificar aquél alto ho­nor, ni cosa que se le parezca, suplico aV. tanga a bien insertar la presente car­ta en El Eco de Galicia para manifestar a sus lectores que, si se lleva a cabo la expresada suscripción, su producto se destinará exclusivamente a enaltecer y perpetuar la memoria de Colón, ante cuya excelsa personalidad la mía se ha­lla a tan enorme distancia que no hay posibilidad de unirlas para solicitar la cooperación publica ni pura ningún otro objeto.

Excelente idea, repito, es la del monu­mento a Colón; pero me permito someter al Dr. Riguera Montero, y a los señores que secunden la suscripción, el siguiente proyecto: que en lugar de amortizarse una cantidad mayor o menor en levantar aquella obra, se invierta en instalar una escuela, ya de primera enseñanza, ya de marinería y pesca, que llevo el nombre de Escuela Coloniana, pues ya no debe decirse colombina.

Dando muy expresivas y sinceras gra­cias al generoso Dr. Riguera por su be­névola mención y a Vd. por su amabili­dad y por su valioso y constante apoyo a cuanto redunde en beneficio y honra de la patria, se repite suyo affmo. amigo y

s. q. s. m. b.,

Celso García de la Riega.

Pontevedra, Diciembre 12 de 1910.

Con gusto reproducimos la anterior patriótica carta; que el Sr. La Riega di­rige al director de El Eco de Galicia.

Justísimas nos parecen las alabanzas al gran gallego Dr. Riguera Montero, uno de los hombres que dentro y fuera de Galicia han laborado más por los prestigios de esta hermosa región.

Su rasgo, ofreciendo mil pesos para el monumento de Colón, retrata de cuer­po entero a este querido paisano nuestro que, sin disponer de una gran fortuna, dispone sin embargo de una parte de ella para que en Pontevedra tengamos un testimonio perenne y eterno que re­cuerde al glorioso descubridor del Nue­vo Mundo.

Riguera Montero cuenta desde hoy con el carillo, la admiración y gratitud de Pontevedra y de Espada entera por su acto de relevante patriotismo, que irá unido siempre a esta afortunada empre­sa, en que se hermanan el nombre de Colón y del pueblo español.

Etimologías Gallegas VIII

Galicia Antigua

Diario de Pontevedra 01 Febrero 1905

(Conclusión)

Diario Galicia Antigua CELSO 01:02:1905Declara V. que no sabe si en la toponi­mia gallega {habrá importantes recuerdos de la colonización griega. ¿Para qué ocu­parse en examinar los nombres locales históricos y los actuales? Para nada: aun­que en esa toponimia se encuentren oríge­nes claramente griegos, el hecho no me­rece apreciarse, según su teoría de usted, púes con la más tranquila comodidad, resuelve que esta es cuestión aparte. También sin duda es cuestión aparte el testimonio de los historiadores y geógra­fos griegos y romanos, así como ciertos datos de la epigrafía y el carácter de cier­tas costumbres populares. Amigo mío, me admira semejante manera de sacudir­se las moscas… y las abstrusas trabas de la Filosofía!

Así es como viene V. a corroborar, sin darse cuenta de ello, mi afirmación de que ciertos latinistas no conocen nada de Galicia y prescinden de aquellos an­tecedentes (que V. pone aparte) para de­cretar lo que les place acerca de la foné­tica galaica. Y siento en el alma quo V. desdeñe la comprobación que ofrece una parte no escasa de nuestra toponi­mia, olvidando la opinión general y científica de que en los nombres locales suele encontrarse interesantes datos etno­lógicos, históricos y lingüísticos, que no pudieron conservarse en los libros y en los monumentos, ni aún en las tradiciones y en las leyendas de los pueblos. Cerca de doscientas denominaciones locales presentes en mi libro……..

y conjeturo que el diptongo oi de las terminadas con él, procede del plural de la segunda declinación griega, dado que parece clarísimo, salvo lo que opi­nen V. y los latinistas, que los nombres Argibay, Bascoy, Fanoy, Libioy, Romay, Seboy, Godoy, significan Argibos (griegos), Vascos, Fenicios, Libios, Romanos, Suevos y Godos. Acaso, por no disponer de un comodín como el átono illo, ha op­tado V. por colocar a la toponimia en lu­gar aparte, claro! No ha podido, no puedo V. atribuir dicho diptongo ala fonética latina.

Y claro es también que esa toponimia demuestra que el lenguaje gallego de re­mota época estaba provisto de voces y elementos griegos, pues se debe suponer que la mayor parte de dichos nombres locales es imposición hecha por los pro­pios indígenas y no por los colonizadores, que introdujeron dichas voces y dichos elementos, por el matrimonio, por la creación de familias y el nacimiento de mestizos, por las relaciones comerciales é industriales, por las prácticas religio­sas Y claro es también que esos elementos persistieron dilatado tiempo, puesto que solo después de la invasión do los bárbaros (siglo V) pudieron brotar los nombres locales helenizados de Suevoi y Godoi, esto es, aldeas y lugares habitados por suevos y godos respectivamente.

Pero ¡ayl querido amigo, ¡cuan cierto es, repito, que par la boca muero el pez! En su cuarto artículo, confirma V. pala­dinamente mi atrevida teoría; después de tanta fatiga, concluye V. por darme la razón de la manera más rotunda. Deje­mes a un lado una porción de considera­ciones luminosas de V., muy bien hechas y muy conocidas, sobre desaparición o no desaparición de nuestro dialecto, sobre sus condiciones de existencia y sobre otras cosas por el estilo.

Dice V. que «si a esto se agregan otras diferencias, puede ya comprenderse el interés que para la Filología presentareste hermoso idioma.» En otro luego añade de V.: «el gallego ofrecerá, todo él campo inmenso a las investigaciones de la fonética, en cuanto presente el rico caudal desperdigado por las aldeas.» Y luego considera V. que <<si estuviera crecido el diccionario gallego, la Filología entraría en él un inagotable filón, por su ca­rácter arcaico.»

Estas afirmaciones de V. ofrece dos consecuencias evidentes, incontestables. 1.a Que los filólogos y los latinistas cas­tellanos aún no conocen el idioma gallego, y que, por lo tanto, no han podido dictar leyes acerca de su fonética.? Que no se puede juzgar acerca de lo que no es conocido y, por consiguiente, es una ventura de V., hija de la pasión queV su­pone dueña de mi ánimo, afirmar a priori, que eso, desconocido aún, es totalmen­te latino, porque a nadie hará V. creer que en cuatro días y medio que lleva V. de residencia en Galicia, ya se a en­terado profunda y cabalmente de las condiciones de cualquiera de los dilectos gallegos.

Por lo general, querido amigo, los hom­bres solemos alardear de las virtudes y buenas cualidades opuestas a nuestros vicios y defectos. En el número de las enseñanzas que ha recogido en los libros de Filología, dice V. que ha aprendido a huir de esa pasión de secta que ha arrastrado a tantas locuras a la menguada es­cuela etimológica del castellano. Y en efecto, en cuanto vio V. en mi modesto libro la acusación deque ciertos latinistas castellanos han decretado despótica­mente leyes sobre fonética del dialecto gallego, sin conocerlo y sin tener en cuen­ta losnecesariosantecedentes; en manto me permití creer que dicho dialecto presentaba algunas supervivencias helénicas justificadas y legítimas, ha creído usted también que el firmamento latino se des­quiciaba y, como vehemente sectario, sale armado en punta en blanco a corregir tan inaudita, tan audaz creencia. Si hubiera Inquisición (pues V. sería sin duda uno de sus oficiales) ya estaría yo en la hoguera! Sin embargo, sus armas de V. eran sumamente débiles o ineficaces, sin punta, puesto que, de trescientos y pico de vocablos por mi presentados en Galicia Antigua, sólo ha examinado, por – no se lee-

deja V. no solo en pié, sino también con­firmadas por oposición defectuosa é in­fundada.

Por último, no debo dejar desapercibida una asombrosa reflexión de V.: «El sa­car etimologías no es un trabajo de gi­gantes: basta conocer un poco de fonética y apreciar con sereno juicio la ilación del significado.» ¿Pero esto solo sirve para los latinistas? ¿Unicamente para encon­trar raíces latinas y para declarar latino al universo? ¿Es que tan sólo V. y los latinistas conocen un poco de fonética y posean sereno juicio? Pues apague V. y vámonos!

Concluiré esta larga carta dando las más expresivas gracias a El Diariopor la hospitalidad que benévolamente me ha concedido y haciendo una pequeña advertencia. Por error mío de copia, que­dó sin inserción una cuartilla en que hacía referencia a los diminutivos galle­gos iño y cho, a continuación de la indi­cación de porquiño, en el tercero de mis artículos. Al principio del mismo hay la errata de no en lugar de yo en la frase «que yo insisto en llamar latinos», a pro­pósito de lo grupos c’l´ y g’l´.

Y quedando sumamente reconocido el favor que V. me ha dispensado, confir­mando sin advertirlo y en juicio contra­dictorio, mi opinión de que en el habla gallega y en su fonética hay muchos orí­genes griegos, sostenidos por adaptación latina posterior, queda suyo afectísimo amigo y servidor

                                                                                                                                      Q. B. S. M.,

    Celso García de la Riega.

Una Obra Admirable

BIBLIOGRAFÍA

Norte Galicia 10 Febrero 1906

En no lejana fecha, nos ocupamos con toda la extensión merecida, en la notable obra recientemente publicada por el eminente filólogo D. Manuel Rodríguez y Rodríguez.

No obstante esto, insertamos hoy el si­guiente artículo de el Sr. García de la Riega, por la autoridad de la firma y porque deseamos contribuir a que la producción del. Sr. Rodríguez alcance toda la notoriedad merecida.

Una obra admirable

Norte Galicia Celso Garcia de la Riega 10:02:1906Lo es, sin duda alguna, la titulada Ori­gen filológico dd romance castellano,deque es autor ol insigne filológico galle­go Sr, D. Manuel Rodríguez y Rodrí­guez, residente en Santiago, que ya ha­bía demostrado su inmenso talento y su sabiduría en el Estudio clásico sobre el análisis de la Lengua española y en sus Apuntes gramaticales sobre el romance gallego de la Crónica Troyana.

La mencionada obra inspira la mayor admiración, tanto por los profundos co­nocimientos quo revela, como por ol cla­rísimo método con que el venerable autor desarrolla su ardua tarea y por la minuciosidad verdaderamente bonedictina con que clasifica, analiza, estudia y explica todas las condicionas gramatica­les y fonéticas de ¡as palabras que constan en los primitivos documentos de nuestra literatura patria y especialmen­te en el Fuero Juzgo; esfuerzo maravi­lloso, colosal, y que no podrá ser supe­rado por otro ninguno, a pesar de haber sido realizado por un ciego, doplorable condición quo desde hace varios años aflige al eximio orensano: al reflexionar sobre esta triste circunstancia, nuestro asombro llega á su grado extremo, por­que al sentido de la vista ha tenido que reemplazar en el Sr. Rodríguez una can­tidad de memoria y una solidez de ra­ciocinio que parecen imposibles en el cerebro humano.

No podamos entrar, aunque fuera bre­vemente, en el examen de tan portento­so libro, indispensable no sólo para los literatos y lingüistas españoles, sino tam­bién para todos los que ejerzen la abo­gacía y para los profesores de Gramáti­ca. Carecemos de los conocimientos ne­cesarios para hacerlo, y sería preciso, además, un espacio muy extenso, de que no se puede disponer en las columnas de un periódico diario:- únicamente nos li­mitaremos a encomiar, entro otros, los utilísimos servicios que el libro del se­ñor Rodríguez habrá de prestar para el estudio, esclarecimiento o interpretación de los vocablos que contienen los códi­gos redactados en el antiguó romance galaico castellano. Entro las aprobacio­nes y aplausos alcanzados por esta obra, mencionaremos los del sabio Sr. Méndez Pelayo.

Y conformes con el muy notable tra­bajo de crítica del mismo libro, hecho por el Sr. Riguera Montero e inserto en La Vos de Galicia, nos permitimos co­piar dos de sus párrafos, que dicen así:

«Principia por enumerar el ilustre ciego orensano, en la introducción de su obra, los diversos idiomas que progresi­vamente se han hablado en el suelo ibé­rico, y nos demuestra con autoridades y razonamientos de peso que mucho antes de la traducción en romance caste­llano del Liber Judicum (Libro de los Jueces) hecha on el siglo XIII, bajo el nombre bárbaro de Fuero Juzgo, debió existir, por lo menos, una en lengua gallega. Y, trazando en otro capítulo un bosquejo acerca de la edad del lenguaje galiciano, sobre cuya antigüedad tanto han divagado los autores, haciendo re­montar algunos más allá del siglo VI de la era cristiana, y colocándolo otros en el X ú XI, Rodríguez nos convence con muy cuerdas reflexiones que la época do su nacímiento debe fijarse en los siglos VII y VIII»

»Después de expresar la manera como los bárbaros que invadieron la Iberia en el siglo V, adulteraron la lengua del La­cio, que los españoles habían adoptado cuando los romanos los dominaron, y de examinar minuciosamente la alteración o cambio de la estructura de las pala­bras latinas, concluye con la consecuen­cia de que, habiendo sido el gallego el único Idioma romance quo prevaleció como lenguaje corriente hasta princi­pios del siglo XII, en que empezó a con­vertirse al lenguaje castellano, resulta manifiesta la transición natural del latín al romance gallego y de éste al caste­llano, consecuencia que se comprue­ba con los monumentos más antiguos de la lengua gallega y los primeros de la castellana.»

Concluiremos felicitándonos de que Galicia tenga la honra de contar entro sus más ilustres hijos a! Sr. Rodríguez, a quien damos sincerísima y entusiasta en­horabuena por su inestimable libro

Celso G. De La Riega.

a

Etimologías Gallegas VII

GALICIA ANTIGUA

Diario de Pontevedra 27 Enero 1905

(Continuación)

Pero ¿hay quién no se quede mudo de asombro, y hasta sin respiración, ante la etimología que V, hace del vocablo alme­ja? he vuelto a leerla y a releerla y cada vez, amigo mío, se me figura más inusita­da y más rara. Dice V. que salió del bajo latín mélola (qué?) y se modificó en mexa; en cuanto estuvo así arregladita, sale el castellano, vaDiario Galicia Antigua CELSO 27:01:1905 y ¿qué hace? Zas! A falta de otro articulo, le agregó… ¡el árabe al! Las gentes de las comarcas de Galicia donde abunda tan extraordinariamente el prolífico bivalvo, en cuanto el caste­llano hizo tal enjendro, bendijeron al Señor y cantaron un alalá! Siquiera, los arabistas, tan filólogos para España como los romanistas, presentan completo, cuan­to a la forma, la etimología de al-medjdja, con un verbo de significado asqueroso, verdaderamente inaceptable; pero -perdóneme V. la franqueza— no hay por donde coger la de V,, ni en la forma ni en el fondo. Métola, de métula, diminutivo de meta, no ofrece asidero en ninguna de sus acepciones para dar nombre á dicho marisco. En cambio, el griego almeeis, que significa salado, salobre, excitante, tiene el femenino almeessa, que hubo de aplicarse al mismo marisco, por ser uno de los más nutridos en las sales del mar, pronunciándose almeixa por los galaicos, convirtiéndose en almeja por los castella­nos. No es posible encontrar en esto vio­lencia de ninguna clase, ni ver en ello empleado un fórceps con como el latinista que V. maneja peligrosamente.

Sacho. He fundado mi etimología en el verbo psao, que significa no sólo podar, limpiar, sino también desmenuzar, des­moronar y cultivar (que V. omite sa­ludablemente). He atendido a las circunstancias elocuentísimas de que todavía son usuales en varias comarcas galle­gas los nombres de besar (bsar) y besadouro o besadoiro (arar y arado respecti­vamente) y a que bessa era azadón aún en la Edad Media; calculó que habiendo reemplazado el be al elemento p del psí griego de psao y siendo la h un diminutivo vasco-ibérico usado en Galicia en otras voces claramente helénicas (berbericho, bazuncho, tinicho, etc), hubo también de formarse besacho (bsacko, psachoj para la azada pequeña, reducido a sacho por el trascurso del tiempo. V. ha querido ocultar todos estos antecedentes a los ilustrados lectores de El Diario, limitándose escuetamente a decir que he inven­tado la palabra besacho y eso que V. sin explicación, inventa aquellas que le aco­moda, como usufructuario legal y ungido del dogma romanista. El cual le lleva a decretar para sacho el origen de sarculo y aquí es donde por fin de fiesta se resbala V. lastimosamente: allá va la prueba. Palabras de V.: «el verdadero intermedie fué sarkio, que el italiano conserva, sarchio (sarquio)». Alabado sea Dios! Sólo él es grande! Después de tantas vueltas y revueltas acerca de la regla Pidalina sobre los grupos gT y cT, precedidos de consonante (sarculo), presenta V. el dato elocuente de que esa consonante se conserva en el italiano sarquio, lo mismo que ei troncho, cincho, cercho, concha… y ci- cerch! Este último procede de ci-cércula que tiene el miembro sercula no es así Pues siendo cercula, productor de cercha en el castellano cicercha; si el italiano sarquio salió de sarculo, igual a sercula, si a la vez se ofrece el mismo hecho en cercho, derivado según V., de circuílo serclo, ¿como es posible sostener que sacho, que carece de la consonante característica de la silaba tónica de sárculo proviene de. esta voz latina?

Un hecho análogo tenemos en mancha que el Sr. Pidal, juntamente con la Academia, deriva de mácula. V., convencido que la n de aquella palabra castellana no nació espontáneamente, opta por mi insinuación y conviene en que procede máncula, lo cual quiere decir que concede V. importancia esencial a la presencia de la consonante precedente al grupo c´l´ y ¿es posible que no la conceda igualmente a su ausencia en el vocablo sacho, después de confesar que el verdadero intermedio fue sarkio? ¿Por ventura las ley de la Filología consienten semejantes veleidades de juicio a sus sacerdotes? Quedamos, pues, en que sacho es voz galaica derivado del griego, a lo menos, y hago esta reserva en consideración a V. mien­tas no aparece otra etimología más lógica y más aceptable que la de sárculo.

Pairado. Hágame V. el obsequio, querido amigo, de ver en la página 240 de mi libro, la prueba de que no he oculta­do que el P. Sarmiento concede a esta palabra un origen griego. Que peirado es lo mismo que construcción de piedra; no me parece exacto, porque entonces sería y habría sido en Galicia voz, general para las abundantísimas obras de fábrica con material de piedra. Que peirao procede de un derivado petranus; creo que no, porque todos o casi todos los documentos antiguos de Pontevedra traen peyrado. Que peiroa es aumentativo de peira; tam­poco, porque en Betanzos se da el nombre de peiroa a las escaleras de la ribera, no como aumentativo, (pues tales escaleras no son grandes construcciones), sino como residuo lingüístico del concepto de muelle puerto o dique.

Pai (no pay) y mai o nai. De paian, Apolo -dice V. perseveramente en el sistema de las omisiones; yo he propuesto el origen de paian y paion, o de paidogonos, engendrador de hijos, para pai; de naileira que usada hace treinta siglos por los griegos, parece peculiar, por todas sus condiciones, del actual dialecto gallego, para nai, porque significa la madre como señora de la casa, de la vivienda. Y sepa V. que en nuestra historia tenemos el dato interesante, que no tienen las de otras regiones españolas, de la preeminencia que en lo antiguo disfrutaban las mujeres, pues sin su consejo no se resol­vía ningún negocio importante, así como las madres, según lo revela la lápida re­lativa a las divinidades llamadas Madres galaicas. Pero V. exhibe a mi favor datos no menos preciosos.

Si V. se hiciera cargo de que la Proven­za es región que fue antes de su conquis­ta por Roma, una de las más importan­tes colonias griegas en el Mediterráneo y de que su población ha hecho siempre grandes alardes de sus orígenes helónicos, de que también blasonaban antigua­mente los Aquítanios (según S. Jerónimo), seguramente concedería V. la debida atención a las afinidades que frecuentemente se encuentran, y V. indica no pocas veces, entre voces gallegas y provenzales. ¿De donde proviene este hecho? ¿Qué otras causas, sino los fuertes sedimentos filológicos, procedentes de la colonización griega, pudieron originar aquellas afinidades, al formarse los dos idiomas? Si paire y maire provenzales son semejantes á pai y nai galaicos, como lo son por asimilación (sigo las indicaciones de V. en otras etimologías) los de fraire y frai. como son también idénticas, por ejemplo, noite, oito, peito, proveito, leito del lenguaje de Galicia, a las del de Provenza, noit, oit, peit, profieit, leit, (las catalanas correspondientes, nit, vyit, pit profit, llit, acusan otras influencias); si e quater y el allero latino por ejemplo, son en provenzal catre, autre, y en gallego catro, outro, semejanza que no hay en otras partos, ¿no es verdad que resulta contraproducente aducir formas provenzales para justificar una caprichosa opinión contraria al helenismo gallego? Y el hecho de que V. encuentre en países apartados de Galicia voces semejantes a algunas nuestras ¿puede probar acaso que no tiene origen griego?

Dice V. que las palabras paire y maire son muy antiguas y se conservan en el provenzal. ¡Tanto mejor! No se comprende que V. les conceda gran importancia y en cambio niegue valor a las de mai nai del gallego. ¿A V. le estorban? Se me figura que sí, porque mai puede proceerí de máia, que en griego es abuela, ama de leche y madre que amamanta a su hijo, tres entidades de suficiente importancia a mi juicio, para que en la población antigua de Galicia se hubiese arraigado aquella palabra.

Cuanto a la de frater, podemos conjeturar, sin ofensa para la escuela romanista que por asimilación en el vocabulario eclesiástico, se desenvolvió con las formas fraire y freire, repetidas por el pueblo! pero el de Galicia, bueno es que V. se entere, siempre llamó frades a los frailes: En la familia, o para referirse a ella en concepto de «hermano», no usa, como los de pai y mai o nai esa forma fraire, freire frai, que V. exhibe, ni hay noticia de que la haya usado y, por lo tanto, no es contraproducente que yo hubiese incluido a frater entre los vocablos no modificados por la voz popular con el diptongo ai de pai y mai ó nai. Por último, el hecho de que en la familia gallega no se usa el frai, fraire o freire para el concepto de herma­no, demuestra sin duda que no tiene en ella la antigüedad de pai, mai y nai, y, además, que éstos provienen de otro ma­nantial, del de paion o paidogonos, maia y naiteira, respectivamente.

Magoar. Me parece adecuada la acep­ción de maco-mai y no así las de macula­re, aunque lo diga el portugués Viterbo, a quién antes de ahora no daba V. autori­dad ni valor ninguno. Por razones expuestas en otros lugares, prefiero la eti­mología griega.

Cotra, cotre, mugre ó suciedad. V. decre­ta que es el crusta latino. Aparte de que el gallego, quo no es por cierto pobre en voces, tiene costra y crosta (como el pro­venzal) para ciertas cortezas (a otras lla­ma caropas), lo cual acusa diversidad de orígenes, desde luego es más directa la acepción del kutreas helénico, pues uno de los oficios en que más se ensucian los obreros es el de alfarero. Y en esta etimología ha deslizado V. la palabra crotte, que en francés significa lodo, acusando tam­bién un origen (probablemente el de aquel vocablo griego) distinto del de croûte, que es el que tiene para costra. So olvidó V. además del castellano cutre, tacaño, sin duda tomado de cotre gallego, por traslación de la idea de suciedad a un concepto moral; supongo que a dicho cutre no dará V. procedencia del crusta latino.

Celso García de la Riega.

(Continuará).

Etimologías Gallegas VI

GALICIA ANTIGUA

Diario de Pontevedra 26 Enero 1905

(Continuación)

Diario Galicia Antigua 26:01:1905Moucho: del verbo griego muxoo, mudsoo (sugo latino) chupar, porque esta ave noc­turna chupa la sangre de sus presas. A esta etimología opone V. ex-cathedra (como en todas) la extraordinaria, singular, sin du­da científica, de que procede de motelo (motlo) que significa mochón, descornado!!!. De manera que el mochuelo es una ave que carece de astas, o que está mondada, o que le falta algo en la cabeza y que cualquiera de tales conceptos es más ade­cuado que el de aquella condición de chu­par… Perdóneme V. que no lo crea.

Estróbo. ¿No le parece a V. que el latín strupus, salió del griego strobos? Y si el gallego conserva pura esta voz helénica ¿para que cavilar acerca de su etimología? Es V., amigo mío, el que ha debido aho­rrarse el trabajo de exponerla, y lo mismo digo con respecto a otras de igual condición; entre ellas la de

Cheirar, que saca V. del verbo latino flagrare. Es una etimología violentísima, porque este verbo no ofrece acepción al­guna que se acerque en el sentido figura­do ni con catalejos, a la de oler; si la tiene el francés flairer, buen provecho le haga, pues sin duda proviene de fleur, flor. Casi todas, las flores exhalan olor y de ahí pu­do salir flairer, oler. En cambio, y si V. no lo lleva á mal, me parece más oportuna la griega de xeros, xeiros jónico, cosa podrida, que huele mal, y esta última condición es la verdadera acepción gallega de cheiro y cheirar; pero aunque sólo tuviera la de despedir olor, que también se le da, no por eso perdería su cualidad ; de adecuada. ¿Acaso está reservado a V. el acudir al sentido figurado, cuando le acomoda, aplicarlo, y yo no he de poder apartarme del directo ni en un ápice? Pero si V. pretende que cheirar es el flairer francés (vengaa de donde viniere), creo que

es también mucho afirmar suponer que el lenguaje galaico estuvo sin verbo para aquél concepto hasta que lo formó el fran­cés, aparte de que es más preferible una etimología sencilla y ajustada directamente en forma y acepción, que otra complicada y premiosa, a mi juicio.

Foró. Aquí, al copiar mi etimología, escribe V.: do fora o foros, tributo; inexáctitud que me importa desvanecer, por­que es la madre del cordero y V. sin du­da lo ha entendido a i. En mi libro, he presentado como primera raíz la de fora, que significa pensión, renta, y se com­prende la omisión que V. hace, por que con ella ha creído que podría caminar desembarazadamente. No hay quien pien­se, quien pueda pensar, que la voz caste­llana fuero significa renta, pensión, y ha hecho V. muy bien, querido amigo mío; en no exhibir la raíz latina, que no apare­ce por ninguna parte, aunque V. quisiera acudir a las de fora y forus, que signifi­can respectivamente cubas de los lagares y tablero para los juegos de damas y de ajedrez, porque en cuanto a la de forum. ¡ay!, bien sabe V. que no ofrece asidero en relación con el foro, terrible microbio tuberculoso de la laboriosa población ga­llega.

Yo había examinado estos antecedentes y meditado mucho acerca de ellos casi estaba inclinado a no enunciar la etimología griega, a pesar del significado! del fora helénico y de los demás testimonios lingüísticos, históricos, geográficos ; toponímicos. Pero al enterarme de que los jurisconsultos eminentes, tan digno de atención por lo menos como los filólogos latinistas, afirman que el estudio de las inscripciones griegas ha sorprendido el origen de la tenencia enfitéulica en los tiempos clásicos do Grecia y que, en virtud de haberse adoptado las instituciones vigentes en algunas colonias griegas, esa tenencia se convirtió en la enfiteusis de los Códigos Teodosiano y de Justiniano entonces, amigo mío, se disiparon mis escrúpulos y me persuadí de que la palabra gallega foro, que debió correr unida la a enfiteusis, procede directamente del griego, sin que valga la definición, que desliza con una gran habilidad; digna de mejor suerte, de que foro es «derecho a censo sobre alguna propiedad». No, amigo mío, el foro no es ese derecho, sino carga que pesa sobre alguna propiedad.

Hiscar (no iscar). Aquí también se sirve V. modificar la acepción con que he asentado el verbo griego iscoo, suprimiendo la muy importante de prohibir, la frase gallega hisca d‘ahi es verdaderaénte prohibitiva, donde se justifica una etimología cabal, sin defecto, sin mácula.

V. acude al poema del Cid, en que figura la verbal yxio, que, por intermedio de ixa, decreta V. su conversión en isca; si se encontraran en nuestro dialecto algunas voces para fundamento de semejante solu­ción, nada habría que objetar. Pero decir que ixa, en vez de modificarse en ija, como fixa en fija (j gallega), o pasar a icha, isa, iza, se convirtió en isca, no está jusficado por V. ni por nadie. Además, en el poema del Cid (que no está escrito en galaico) se dice yxio y no ixo y, por cconsiguiente, V. debió inventar, lógica y gramaticalmente, la forma ixia en lugar de ixa. Que ixia no podía dar isca? Y qué hacerle? Las cosas son como son y no como se quiere que sean; créalo V. Y es lastima, amigo mío, que no nos haya pre­miado el residuo castellano de ese famoso yxio, que muy bien podía expresar derramar, brotar, para hacer la comparación con el gallego hiscar.

Salayo, suspiro, y saloucar, sollozar, a los cuáles doy la etimología del griego salais, que significa inquietud, agitación, perturbación del ánimo; pero V., hijo mío, escribe únicamente: agitación. ¿A que viene tal omisión, sabiendo que para el concepto que V. presenta aislado la lengua griega tiene diversas voces? ¿Como no ha visto V: que la idea de perturbación del ánimo, de salais, es precisamente a la que responde con exactitud meridiana el vocablo gallego salayo, gemido, suspiro, sollozo? Convenga V. en que pudo evitarse la molestia de su etimología sanglotista.

Quenlla. Así se llama en casi todas las comarcas de Galicia a la tolba del molino; en algunas, al vertedero de ésta, denominado picheiro. Entre las dos etimologías, griega y latina, prefiero la primera ¡Qué hemos de hacerle! Me impresiona mucho la circunstancia de que otras piezas del molino, tolba, touzo, lobato, soborella, tarabelo y trimiñado, responden directa y claramente a raíces y acepciones griegas.

Colo, regazo y no cuello. Pero aunque también tuviera el segundo significado, no merece preferencia para suponer que el latino collum originó el nombre gallego del regazo, cuando es más exacto el griego kola, vientre (que V. omite de mi etimo­logía), o los de coleos y coilos. Piense usted que el regazo, materno no es el cuello, ¡qué ha de ser!

Dioibo, no dioivo. Estaría muy bien la derivación de diluviun, por intermedio dilovio, si no lo impidiera un grave incon­veniente. Si el gallego hubiera hecho diovio, lo hubiera conservado sin duda ninguna, porque precisamente hay documen­tos que lo demuestran, Mela (siglo l) men­ciona los pueblos Grovios, de cuyo voca­blo quedan Grova, Grovas y el apellido Gorovio y acaso Borovio. En los siglos XI y XII constan Lobios y Solobios, que por cierto perduran, lo mismo que Avia, Rivadavia y también Navia (Siglo III itinerario de Antonio). Si V, hubiera conocido estos ejemplos, habría visto que aquí no cabe la tranposición de la i y que la fonética gallega no puede ser tiranizada por los latinistas que no la estudiaron. A mi etimología griega, tan ajustada en forma y acepción,de dioibo, le llama V inusitada y rara ¿Porqué razón?. No la expone y así se hacen definiciones absolutas!

    Celso García de la Riega

(continuará)

Etimologías Gallegas V

Galicia Antigua

Diario de Pontevedra 25 Enero 1905

(Continuación)

Diario Galicia Antigua 25:01:1905Antes de tratar la materia relativa a las etimologías, bueno será, querido amigo mío, aclarar algunos antecedentes. En su primer articulo protesta V. de que no in­tenta ejercer pedantesco magisterio, sino hacer leales advertencias, al realizar la tarea de examinar mis opiniones, para lo cual ha tenido que vencer no pocos escrú­pulos.

Desde luego separo el adjetivo pedan­tesco, porque ni el carácter de V. ni su finura, ni sus múltiples conocimientos, y por último, ni su voluntad o inteligencia pueden justificarlo de ningún modo. Pero en cuanto a lo de magisterio, ya es otra cosa, pues sin duda por los hábitos ad­quiridos y por la conciencia, que V. justa­mente tiene, de la seguridad, no diré in­falibilidad, de sus juicios, paréceme que se deja V. llevar de la idea instintiva de que, al estampar en el papel las solucio­nes que imagina, lo hace para sus discí­pulos de diez años, Vicente García de Diego era profesor de latín Instituto, que son los obligados a creerle, a aplaudirle y a guardar en la memoria las sentencias que pronuncia, sopena de quedar suspensos a fin de curso.

No de otra manera pueden interpretar­se el tono absoluto y las frases escuetas, preceptivas, tiránicas, que V. prodiga en sus raciocinios. Y así como no tiene usted reparo ni escrúpulo en decir, por ejemplo, que mis censuras á ciertos latinistas van contra toda la escuela romanista y contra toda la Filología, de igual modo, un sa­cristán a quien se pellizcase, pudiera to­car a rebato y gritar que en su persona se atacaba a los santos evangelios. Pues ¿cómo se puede decir que con ciertas menudas cuestiones acerca de un dialecto, no estudiado todavía en su fonética ni en sus orígenes, tiemblan los grandes prin­cipios y las leyes de la Filología? Ni el hecho de que yo, fundándome en datos que creo importantes, niegue la exactitud de esta o de la otra reglilla secundaria, dictadas sobre la fonología de un dialecto sin .preceder aquel estudio, ¿basta para calificar de destructora a mi tarea?

A pesar de esa crudeza involuntaria de magister dixit, confieso y declaro que tengo mucho, pero muchísimo, que agra­decer a V. No sé que pruebas aducirá Ven el resto de su luminosa tarea, por que en lo que se refiere al primer artículo y al segundo, que voy a contestar en las siguientes cuartillas, diré que me ha proporcionado una gran satisfacción, cual es la de haberme persuadido de que estoy en terreno firme al creer que en el habla galaica han intervenido sedimentos, que V. dice, de los idiomas helénicos.

Después de todo, los dos debemos con­siderar que procedemos desde distintos puntos de vista. V., encastillado en el latín y en la refulgente escuela romanista, no da valor alguno al hecho de una civi­lización, producida en Galicia por prolon­gada colonización helénica y anterior a la conquista romana; en su virtud, contem­pla inexactamente, en completo aislamien­to, cuantos indicios lingüísticos pueden atestiguar aquella civilización, y resuelve, ordena y decreta con la única base del latín, por activa y por pasiva. Yo, persua­dido da la importancia de dicha coloniza­ción y de la gran influencia que ejerció en los pueblos de esta región, aunque juzgo que la ejerció también en grado muy superior (por haber sido la última eficaz) la dominación romana, presto a esos indicios lingüísticos toda la atención y todo el cuidado que, en mi concepto, merecen al lado de los testimonios histó­ricos, geográficos y toponímicos.

Y llego á un punto tal de convencimien­to que se va V. a horrorizar de mi auda­cia: creo firmemente que antes de que las legiones romanas pusieran el pie en España, ya había en el lenguaje de todas sus zonas marítimas multitud de palabras que los latinistas afirman que proceden exclu­sivamente de la dominación de Roma.

Si es que no pudo ser de otra manera. Los griegos llevaron a todas partes, esto es, a las colonias, ilustración, industrias, artes, comercio; nada de guerras, de deso­lación, de expoliaciones, matanzas y ra­piñas. Por estas circunstancias, los libros antiguos de la historia apenas registran su pacífica colonización; pero ¿puede creerse que al casarse con las mujeres es­pañolas al crear familias, al establecer afectos y relaciones agradables, no pene­trasen sus idiomas, sus costumbres y sus creencias religiosas en el corazón de los países colonizados? Tenga V. por seguro, amigo mío, que los griegos hubieron de introducir en España, repito, muchos vo­cablos, como, por su ejemplo, los primor­diales y usuales de mater, pater, petra, ego, etc., etc.; en fin, la mayor parte de los que hablaban también los italianos de aquella época, habitantes de un país llamado Magna Grecia.

Colocado yo en este punto de vista, no debe V. ni puede escandalizarse de que en las etimologías gallegas, prefiera mu­chas veces las raíces helénicas a las la­tinas semejantes; porque si en ocho nom­bres de animales de mar he encontrado cuatro comunes a griegos y latinos y los restantes cuatro ofrecen clara raíz griega y no latina, lo más sencillo, lo más razonable, lo más lógico, es juzgar que los ocho fueron adquiridos por el lenguaje gallego en unos mismos tiem­pos, sobre todo en vista de que los grie­gos eran mucho más, pero mucho más marinos que los romanos. ¿Es que esos nombres de raíz griega, pura y evidente, vinieron a Galicia y perduran en su léxi­co vulgar, por arte de birli-birloque?

Y vamos a las etimologías. De ciento y pico de vocablos presentados en mi libro como de procedencia griega, V. examina tan sólo unos diez y ocho o veinte, de cuya manera pretende justificar su aten­tísima y fina arrogancia de que ni una sola de mis conjeturas etimológicas ha lo­grado convencerle. Claro! V. ha imagina­do que esas diez y ocho o veinte defini­ciones bastan para echar sobre el resto de mis ejemplos la nota de disparatados; esto es, una cosa parecida a los graciosos versos de Blasco en «Los Dioses del Olimpo»:

En cuanto alo de truán

me afirmo y me ratifico:

las demás no las explico,

porque bien claras están.

Más diré, por lo que valga,

y atendiendo á su decoro,

que les he soltado el toro

con la intención más hidalga.

Pues bien, a mi vez, me toca decirle quo esas veinte definiciones carecen de solidez, a pesar de que en e!las acude V. ya a ciertas tergiversaciones, ya a ingeniosas omisiones. Veámoslo

De cote. Me atribuye V. la procedencia del vocablo xote: no es así, porque el que yo expongo es Kote. Añade V. que signi­fica alguna vez, entretanto; no, amigo mío, significa también según autores, algunas y muchas veces. Pero aún expresando úni­camente lo que V. quiere, bien pudo el lenguaje vulgar, como ha sucedido en muchas voces, dar a la de cote mayor ex­tensión. Y aquí viene lo original: V. que me atribuye inexactamente el pecado de rechazar la ley filológica de conserva­ción de tónicas, pasa V. en este caso por encima de ella, suponiendo la derivación del romance cotidiu. cuya tónica traslada V. desde la sílaba ti a la co del adverbio gallegol Yo tuve muy presente la ley mencionada y por eso he preferido el origen del propio adverbio griego.

        Celso García de la Riega.

(Continuará)

Etimologías Gallegas IV “Respuesta Celso García de la Riega a V. García de Diego”

GALICIA ANTIGUA

Diario de Pontevedra 21 Enero 1905

Sr. D. Vicente García de Diego.

Diario Galicia Antigua CELSO 21:01:1905Mi muy querido amigo: nada pudiera ser­me tan satisfactorio como el ramillete de alabanzas que V. me dedica en sus nota­bilísimos artículos a propósito del modesto libro que he publicado con el título de Galicia Antigua. Creo desde luego que obedecen al impulso de la benevolencia y de la consideración, no al de la justicia; confieso que son inmerecidas y declaro que no me ofuscan hasta el punto de ol­vidar que en este mundo todo es transi­torio y deleznable. Pero debo darle á V. las gracias más expresivas y lo hago con cabal sinceridad y con la mayor efu­sión, protestando de que, si en mi res­puesta a sus citados artículos se deslizase algo que pudiera molestarle en cualquier sentido, seguramente será por expresión defectuosa de mis pensamientos, no por deliberado propósito de ocasionarle el menor enojo.

Y voy á empezar con un símil adecua­do á la amabilidad, innata en V. con quo ha querido favorecerme. Suele la elegan­te pantera, antes de devorar a su víctima, acariciarla y hasta lamerla con la mayor suavidad; y en remotos tiempos, se enga­lanaba con flores a los jóvenes a quienes se inmolaba en las aras de exigentes divi­nidades. Pero yo, aceptando reconocido las caricias y las flores de un maestro como V. no me dejaré devorar por argu­mentos que considero aparentes, ni inmolar ante la deidad del romanismo absolu­to que V. invoca y de que se conceptúa, con justos títulos representante fiel y le­gal.

Creo necesario, en primer término, des­cartar el punto relativo a la dureza y jun­tamente al desdén con que V. supone que trato a los romanistas, a cuya defensa sale, lanza en ristre, imaginando que pon­go en duda la belleza, la alteza y la divi­na naturaleza de esa Dulcinea románica. V. querido amigo, ha leído a prisa las correspondientes páginas de mi pobre libro; vuelva, vuelva a leerlas y vera que yo no me refiero a los romanistas sino a ciertos latinistas, quo es una cosamuy diferente. Pero aún así ¿qué, hay de ofensivo en ese título? ¿Es que he debido decir sabios, profesores, hablistas, filólogos, etc?. En tal caso no habría concretado el concepto y no me hubiera expresado conpropiedad: por otra parte, dos y únicas son las veces que digo ciertos latinistas, (páginas 255 y 261), de donde se deduce que V. ha obedecido a una extremada susceptibilidad, extendiendo a todos los romanistas pasados y presente las censuras, o lo que fuere, que hago de los mencionados ciertos latinistas. Ya en esté camino, sé desliza V. por él sin darse cuenta de ello e insensiblemente, atribuyéndome en algún momento lo que no he dicho de cerca ni de lejos. Afirma V. que yo rechazo leyes tan elementales como de conservación de tónicas y otras por estilo; esta es una equivocación teatral porque lo que yo rechazo es la aplicación defectuosa, intrincada y sectaria, aunque deslumbrante, de esa ley de tónicas, en que se refiere al origen del artículo galaico y nada más que esto. ¿Es que no hay, por ventura,verdadero contrasentido en decir que en la formación del artículo por castellanos y gallegos, la tónica estaba para los primeros en la sílaba il del vulgar latino illo, y en la o terminal para los segundos? ¿Es que esa misma ley no tenía igual imperativo fonético para estos en cuanto al pronombre illo y sin embargo apenas lo han modificado, pues decimos éle, eles, ella, elas? He presentado este raciocinio para demostrar la proposición de que el artículo galaico o tiene otro origen; en ningún caso he rechazado esa ley de tónicas y, por consiguiente, la afirmación absoluta y general de V. parece que peca un tanto, de inexactitud. Que el illo vulgar era átono: de este comodín hemos hablado particularmente V. y yo, pero en su lugar volveré sobre el asunto, si V., como presumo, insiste su intransigencia.Hay también en su primer artículo un punto importante, mejor dicho, esencial que V. trata con suavísima rapidez, como quien no quiere la cosa y como si consignara con la negación una verdad palmaría, que no requiere demostración ninguna.

De este modo, desliza V. cautamente una base que le sirve para desenvolver con libertad y desahogo su criterio opuesto a considerar helénicas las reminiscencias lingüísticas y las etimologías de varias que en mi libro califico de griegas. De admitir, por ejemplo, el testimonio de escritores antiguos griegos y románicos, resultaría una gran fuerza en apoyo ­de dichas etimologías y reminiscencias; reduciéndolas al aislamiento, ni helenismo en el lenguaje galaico resultará fantástico y tanto valdría calificar igualmente de griegas las voces y los modos fonéticos de los naturales de la Corea o !a Australia, que presentasen alguna semejanza con los dialectos de la Grecía antigua. Por consiguiente, lo más llano y cómodo para V. es dar como indudable la existencia de una leyenda helenista y exigir una comprobación firme y científica, esto es, actas notariales acerca que fueun hecho la colonización griega en Galicia. V. cree que soy victima de una grecomanía y a esto opone V. una grecofobia, para la cual no hay ningún Pasteur que valga.

V. habrá visto que juzgo el dialecto gallego de eminentemente latino, que opino también que está vaciado en los principales moldes del latín (confieso que esto me he deslizado un tanto); pero lo quiere todo, considera que la escuela romanista es de derecho divino y así que alguien, aunque sea de tan escaso valer como yo, sale proclamando al­guos, aunque elocuentes gérmenes helénicos en el habla de Galicia, como supervivencias de un pasado remoto, V. ha creido en peligro la base, unam, sanctam, catholicam, del latín, sin la cual no se puede construir un acorazado, ni penetrar en las entrañas de la tierra, ni resolver el problema de las subsistencias, ni dar definitivamente dirección segura a los globos! Y perdóneme V. esta leve ironía, que sólo tiene por objeto el de subrayar la desmedida importancia que V. ha dado a mis modestísimas opiniones, que pueden, según advierte lleno de alarma, alucinar a muchos y que dañan y estorban á la verdadera filología!.

Pero vamos a cuentas. V. se escandaliza de mi afirmación relativa a que ciertos latinistas castellanos desconocen los resortes fonéticos del dialecto gallego, «como si no hubiera que acudir a ellos (aquí se refiere V. a los romanistas) para aprender ¡cuanto se sabe de fonología gallega>>. Sin embargo, V. mismo dice en otro lugar que el ou gallego reserva no pocas sorpresas a fonética romanista, que vale tanto como decir que los romanistas aún no conocen bien la fonología gallega; claro es que si la canecieran, no les estarían reservadas esas sorpresas del ou,Y en efecto, amigo querido, V. demuestra también con otros de­talles la existencia de dicho desconoci­miento, que, a mi juicio, proviene de que los romanistas, de arriba y de abajo, no han tenido en cuenta para nada la historia de Galicia, ni la influencia que en su lenguaje pudieron ejercer los pueblos civilizados que la colonizaron antes de la con­quista romana, y porque esa influencia pudo llegar, debió llegar, y llegó seguramente hasta la época en que se formaron nuestros romances, originando las variadas modificaciones de las voces latinas, por manera diferente a las del castellano, que no había sufrido aquella, influencia. En mi libro he procurado demostrar que en esa fonética antigua había importantes elementos helénicos: este es mi horroroso pecado, no el de que haya tratado con mayor ó menor dureza a los romanistas, según V. supone. ¿Cómo es posible sufrir que en el idioma galaico haya supervivencias griegas? Vade retrol

Celso García de la Riega

(Continuara)

ETIMOLOGIAS GALLEGAS III

UN LIBRO INTERESANTE

Diario de Pontevedra 19 Enero 1905

ETIMOLOGIAS GALLEGAS

Etimologias gallegas 3Los que por halagar su vanidad se empeñan en mermar a todo trance el origen latino, ponderando hasta la exa­geración los elementos anteriores, ignoran sin duda que precisamente en esto estriba la mayor importancia de este idioma.

Las lenguas que sin una continuada y sólida tradición literaria viven bajo la amenaza de un idioma oficial, se van al fin y al cabo disolviendo y llegan á des­aparecer cuando el pueblo entero se com­penetra en una vida común.

Las tentativas eruditas del amor regio­nal por simpáticas que sean y por fructí­feras que resulten se agostan en el aisla­miento cuando el pueblo va olvidando su propio idioma: o a lo más viven en un círculo tan estrecho que no ejercen influ­jo en la lengua del pueblo.

Entonces, lo que era instrumento ma­noseado del populacho se convierte en venerable reliquia que se conserva intac­ta en el reverente estudio de los cultos.

El pueblo llorará por ella, pero !a Filo­logía impasible la conservará del mismo modo y como embalsamada la presentará al estudio y admiración de todos. El rena­cimiento conoció mejor el latín escrito que aquellos domines que lo hablaban tan mal en la edad media y la filología alemana sabe más latín, salvo en detalles de práctica, que los mismos romanos.

No está el gallego abocado a una inmediata desaparición y aún costará mu­chos años desalojarlo de sus montañas; pero lo cierto es, por duro que sea confe­sarlo, que su ruina se acerca. Aquel brillante manto que tan bien sentaba á los graciosos trovadores del siglo XIII viene ya muy corto a los cultos poetas de nues­tro siglo y por todas partes dejan ver un ropaje que no es el suyo. Si el portugués supo hacerse las demás prendas á su imi­tación nuestro idioma ha llegado tarde y ya no encuentra más que el castellano por todas partes.

Sinceramente admiro los destellos de la poesía gallega contemporánea, pero creo que lo verdaderamente útil es apresurarse a recoger el gallego de los campos antes que venga el lobo castellano, y estudiarlo con verdadero cariño; después que el destino cumpla en él su sentencia

Aquí quería llegar: a decir que la verdadera importancia del gallego es filológica y que ésta la tiene esencialmente por su proximidad latina.

Se dirá que entonces es bien pobre el papel que le corresponde desde el momentó que gramaticalmente hay que reducirlo casi todo él al portugués, como lo hacen cuantos filólogos estudian esta lenguas.

Pero creo que en nada aminora esto su importancia. Con ser cierto que el gallego tiene de común con el portugués la mayor parte de la fonética y una parte considerable del diccionario, no lo es menos que ofrece suficiente personalidad par tener importancia propia.

Por de pronto falta en él el elemento arábigo que el portugués ha absorbido en gran cantidad; su léxico no se ha hecho con el caudal erudito tan abundante en el portugués; en el sistema de composi­ción por preposiciones acusa una firme relación con el asturiano; su semántica está fuertemente vinculada con el anti­guo castellano; la fonética, con ser pareci­da a la del portugués presenta atendibles diferencias y él ha conservado un gran número de palabras desconocidas en este idioma.

Si a esto, que ya es mucho, se agregan otras diferencias importantes, puede ya comprenderse el interés que para la filo­logía presentará este hermoso idioma.

Inmóvil desde hace varios siglos por haber estado francamente entregado al pueblo, es de los romances más fonéti­cos; él se ha librado de la gárrula latini­zación que nos dejó casi sin castellano vulgar, y cuanto tiene no lo ha recibido rebuscándolo en los libros sino tomado por medio del oído.

Tan rico como el castellano popular, que nadie conoce bien ni aparece en los escritos, no tiene como él las trabas de ese latinismo; mientras el gallego puede recoger tranquilamente sus vocablos, el pobre castellano vulgar ve, en nuevo jui­cio de París, postergada su hermosura y avergonzado por las fieras soflamas acadé­micas huye de las ciudades y los campos. La filología, más democrática, dice que esas palabras de que nos reímos son para ella las predilectas.

La gramática histórica que solo da le­yes para la lengua popular, porque la no­ble como sucede siempre, no las cumple, al dar un plumazo en el castellano a todo el elemento erudito se queda casi sin ma­teria de estudio. El gallego todo él ofrece amplio campo á las investigaciones de la fonética y lo ofrecerá inmenso en cuanto presente el rico caudal que anda desper­digado por sus aldeas.

No voy a censurar a los que con plau­sible actividad han formado esos voca­bularios que del gallego poseemos, sino todo lo contrario; creo que tienen defectos, pero no es esto lo grave, sino el que no haya habido quienes imitándolos tuvie­ran a estas horas recogido el diccionario gallego. Doloroso es que la falta de una firme iniciativa nos haga contemplar su irreparable desaparición sin rendirle más tributo que el de una admiración plató­nica.

Muchas son las dificultades con que habría que luchar para llevar a cabo tal empresa; las variantes regionales, que sospecho no son tan accidentales como se dice, sino capitalísimas; las variantes na­turales de toda lengua no escrita, en las que habría que discernir cual o cuales tenían derecho á ser conservadas; la afini­dad con el castellano, que ha hecho a es­tos autores desechar del gallego centena­res de voces castizas sin mas delito que el de ser iguales a las de aquel idioma: y luego los peligros sin cuento de la transcripción documental .

El trabajo sería grande pero el fruto superaría con mucho á todos estos desve­los.

La Filología encontraría en el gallego inagotable filón por su carácter arcaico y tendríamos una gramática histórica más repleta y lozana que la del castellano.

Claro que esto de la uniformidad de la etimología no es sentencia cerrada hasta el punto de excluir algún elemento eru­dito y exótico; pero lo indica la simple apreciación del idioma y lo ratificamos con este juicio del Sr. Riega: «El Sr. Murguía, dice el autor de Galicia Antigua, ha hecho muy bien en no ampliar la lista de sus etimologías, porque si las aducidas constituyen la flor filológica de la multi­tud de nombres célticos de lugares galle­gos, debemos desconfiar de que sean efi­caces para la prueba las que ha reser­vado>>

Como por lo menos tan endebles como éstas (y eso que aquí se trata de palabras geográficas) son las que el Sr. Riega adu­ce en prueba de la influencia griega, bien se puede creer que las reservadas no re­forzarían mucho su atrevida teoría.

El gallego, latino casi en su totalidad, burlará los intentos de los que por uno u otro motivo se empeñen en desviar por extraños senderos la corriente romanista, y el supuesto caudal celta y griego irá á engrosar al fio, con muy pocas excepcio­nes, el acerbo latino.

Termino, pero advierto antes, por si alguien puede creer lo contrario, que no soy afiliado incondicional de ninguna es­cuela, y que si defiendo tan abiertamente el latinismo del gallego es porque lo en­cuentro por sus cuatro costados; si algo he aprendido en los libros de filología ha sido a huir de esa pasión de secta que ha arras­trado a tantas locuras a la menguada escuela etimológica del castellano.

V. García DE DIEGO.

ETIMOLOGIAS GALLEGAS II

UN LIBRO INTERESANTE

Diario de Pontevedra 18 Enero 1905

ETIMOLOGIAS GALLEGAS

Etimologias Gallegas 2Halladas con tan fácil trabajo las etimologías de un regular número de pala­bras, pensó el Sr. Riega que poco impor­tara forzar un poco el procedimiento para incluir en la misma derivación griega al­gunas de las demostrativas, y en efecto lo hizo del artículo, y de algunos pronom­bres y adjetivos.

En la cuenta de un centenar de pala­bras poco más ó menos no importaba mucho afirmar la procedencia griega de dos ó tres más, máxime adoptando un criterio tan cómodo y tranquilo.

Pero el autor no se ha dado cuenta al hacerlo, de lo que todo el mundo sabe, de que si ese par de palabras es de las llamadas demostrativas, su incorporación supone una verdadera invasión de léxico Como rumbosos príncipes, los demostrati­vos no se mueven en los idiomas sin el cortejo de millares de palabras; y a la ver­dad, el caudal encontrado después de tantos esfuerzos, es demasiado pobre para creer que los griegos nos dejaran elemen­tos tan importantes.Todo esto dando por supuesto, lo que es mucho, que sean au­ténticos, y que mis objeciones del ante­rior artículo y mis dudas sobre la etimo­logía dé todas !as demás palabras no sean fundadas.

El autor nada de esto tiene en cuenta, y tomando por opinión particular de los latinistas castellanos lo que es pan comi­do de todos los filólogos, se atreve á cali­ficar de recurso originalísimo la invención del artículo en el latín vulgar, para lo cual no se necesita más filología que echarse á la cara un documento latino de los tiempos medios.

Pero callando y aparentando ignorar lo que los tales latinistas advierten, la con­dición de átono del ille illo cuando era artículo y no cuando era pronombre, con­cluye que el vulgo latín confundía el pronombre con el artículo. No hay nada de eso. Los castellanos distinguen de sobra en la pronunciación, como los latinos, es­tás palabras, sin incurrir jamás en esa supuesta confusión.

Pero entonces, pregunta ¿cómo es que el gallego conserva los vocablos ele, éla, eles, para pronombres de tercera per­sona?

Pues por eso, precisamente, por no ser átonos, por esa ley fundamental de la conservación de las sílabas acentuadas.

La dureza del autor contra la escuela romanista es en este punto irritante, pero no es cosa de defenderla cuando se impone por sí misma. Por satisfecho me daria con que algún filólogo de los que la vilipendian sin conocerla más que de oidas, recogiera lo que contiene del galle­go, dándole forma y vida y entonces nos convenceríamos de que infinitamente mejor que nosotros conocen nuestra fonética los de fuera de nuestra patria.

Volviendo á lo del artículo es cosa averiguada y segura que el ille latino cuaudo ¡e usaba como tal, carecía del acento propio de cada palabra. Es sencillamente lo que ocurre en castellano con el artículo, con las preposiciones, con las conjunciones y con las formas contractas; loscámpos, delaMáncha, suadarga. Por esta pronun­ciación los latinos usando el articulo decían illamátre, illosérvo, y cuando era pronombre illa, mátre, íllo, sérvo.

La falta del acento en el artículo hizo que siendo una palabra tan trillada perdiera alguna sílaba, y efectivamente su­primió en unas lenguas la primera y en otras la segunda.

Del latín illofóco sacó el cast. élfuego, el antiguo leonés lofuogo, ital. ilfuoco, y ara­gonés lofuego y ofuego.

La alternativa de esta pérdida era tan natural que algún idioma como el italia­no se quedó con las dos sílabas separados ilpane, lospecchio; y el mismo castellano aunque para distinto género; elótro, lomismo.

El gallego, lo mismo que otras impor­tantes regiones de España, sin duda por haber prevalecido en él el acusativo del artículo, o, se quedó con la segunda síla­ba, lo, la convertidos después en o, a.

La pérdida de la l, por extraña que pa­rezca al autor, no puede razonablemente negarse desde el momento que la cumplen otras regiones cuyo artículo tiene in­dudable filiación latina. El o navarro al lado de lo no hay medio de aplicárselo a los griegos.

Aunque explicásemos con el autor por influencia castellana la vacilación entre loy o de los documentos, lo que no es siem­pre cierto, aún descubre el gallego la an­tigua l de sus artículos cuando este se suelda a otra enclítica, como ocurría en castellano antiguo y el leones; polo lo mismo que el leonés pollo y el asturiano pol.

La fonética, pues, reforzada por la infa­lible ley de la proporción, de los vocablos, demuestra hasta la evidencia que latino es el origen del o, a gallego,

Pero más fácilmente se comprueba esto por la pobreza de las razón es conque el autor sostiene su procedencia del griego. Este idioma tiene para el artículo las for­mas jo, je: esto es todo.

Pero había que buscar un soporte y lo encuentra ¿en qué dirán ustedes? en el pronombre relativo, que forma el nom. y acu. de duall ja.

En vista de tan flaco argumento, apar­te de mil observaciones que pudieran ha­cerse, se puede concluir qué hay razón so­brada para rechazar tal procedencia helé­nica.

Si a tal punto llegaron las simpatías del autor por la causa helénica de derivar nada menos que una forma del artículo gallego del dual de su pronombre relativo, nada tiene de extraño que hallán­dose con un ego griego, a él hubiera que echarle la paternidad de nuestro eu. Pero, caprichos do la suerte! Todas las formas del ego español, véase el yo=i ó castella­no, podrían referirse al egó=i-ó griego dentro de la fonética, si no hubiera en contrario otros criterios decisivos, menos el eu gallego, que tiene para el paladar menos delicado acentuado sabor latino.

El afán del autor por sacar adelante sus teorías, le hace amontonar dificulta­des, que él mismo se encarga de desvane­cer, contra la doctrina romanista. Y en efecto, después de indicar que la pronun­ciación de la g del pronombre era más fuerte que en griego para que pudiera perderse, y citar otras palabras análogas para ratificar esta imposibilidad, advierte tranquilamente que la g del pronom­bre se perdía en el latín vulgar, haciendo eo.Pues bien, de este eo vulgar salió el eugallego, como el antiguo ío castellano y el moderno ió=yó.

Todavía halla un supremo recurso en la suposición de que este eu gallego como el eo latino provinieran del egó=ió griego: pero es el caso que a nadie se le ocurre ya resucitar la vieja doctrina de que el latin procediera del griego, ni que sacara le él las formas de sus pronombres.

Por último, para no dejar un hueso sa­no á los romanistas, concluye que el meu, teu y seu no pudieron salir de meus, tuus y suus latinos, todo ello en nombre de la fonética. No se puede llevar más adelante la devoción griega.

El motivo por el que iuus y suus hicieron teu y seu fue la necesaria disimilación le la u, encauzada por la analogía de su. correlativo meu.

El sacar las etimologías de algunas palabras no es un trabajo de gigantes: baste conocer un poco de fonética y apreciar con sereno juicio la ilación de significado; con estos dos criterios, salvo contadas pa­labras que requieren más paciente estu­dio, puede descubrirse fácilmente la fuen­te de la mayor parte de ellas. Solo la pa­sión por un idioma, no hablemos de esas descabelladas escuelas nacidas de la igno­rancia, ha podido sembrar dudas en lo que es claro y decisivo. El autor con el entusiasmo propio de lo que se descubre tras penoso trabajo, concibe á priori la teoría filológica del griego y puesto á in­dagar con alguna benevolencia esta eti­mología, la encuentra en un crecido núme­ro de palabras.

Si la civilización griega de Galicia es un hecho indudable ó al menos una opi­nión razonablemente documentada, po­dríamos creer que algún elemento de su idioma habría podido quedar en el galle­go: en este terreno toda hipótesis merocerá el respeto de los filólogos sensatos. Pero extender esta influencia a palabras de tal importancia como las demostrativas y aun a otras objetivas indicadas por el autor, no es admisible en el gallego, tan latino por lo menos como los más latinos de los romances.

No sé si en la toponimia gallega habrá importantes recuerdos de la colonización griega; en los idiomas hay que hacer de esta clase de nombres cuestión aparte, pues no siguen en su transfusión la suerte de los demás vocablos; pero las palabras corrientes del gallego tienen tan marcado espíritu latino que dudo haya ninguno de los romances que presente tal uniformidad de procedencia, eso que la etimología de todas las lenguas neolatinas va de sorpre­sa en sorpresa aumentando este acerbo común desde que la fonología románica se ha popularizado y el latín vulgar ha ido surgiendo de los empolvados documentos.

Para los que solo tienen en cuenta en la romanización de España la consabida coletilla de la conquista, se les hace muy duro admitir la casi exclusiva influencia del latín en nuestro idioma; tienen razón en calcular que unos millones de legiona­rios no pudieron aniquilar las lenguas existentes: pero los que conozcan las épo­cas y los verdaderos medios de esta pro­pagación, verán sin asombro lo que la filología va pese á todos los empeños, con­firmando.

Dos palabras más enel próximo artí­culo y terminaremos estas líneas para no aburrir á los lectores con disquisiciones de filología menuda.

V. García DE DIEGO.

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