Celso García de la Riega

Biografía, Obras, Pinturas, Teorías y Artículos

El Vidrio Roto

La Correspondencia de España

Cuentos del Domingo

El vidrio roto

Correspondencia de España Vidrios rotos 28:08:1893 D.CelsoLa primera vez que vi al pasar por la calle de X (que disfruta categoría de segundo orden entre las de esta coronada villa) un vidrio roto en el tercer balcón de la derecha, cuarto principal, de la casa número 18, no me llamó la atención, por ser detalle vulgar y frecuente y muchos los pequeños motivos que ocasionan la rotura de materia tan frágil; pero cuando, trascurridos algunos días, observé que los trozos del vidrio permanecían aun en su vidriera, no pude menos de contemplarlos durante un momento, sin que las diversas conjeturas que en el acto acudieron á mi mente, me explicaran el descuido de los inquilinos ó el abandono de sus sirvientes, dada la buena facha de la casa.

No digo nada nuevo al afirmar que la curiosidad es poderoso acicate de nuestras acciones; lo tuve la de volver uno y otro día á ver si las cosas, es decir, los trozos del vidrio, continuaban en el mismo estado, adquiriendo insensiblemente el habito de transitar por la calle de X y mirar hacia el consabido balcón, y por consecuencia, el de pensar constantemente en el bueno del vidrio. ¿Quién no padece alguna vez en la vida obsesiones producidas por un objeto ó por un hecho insignificante?

Confieso que al llegar á este punto me acometen grandes tentaciones de hilvanar veinte ó treinta párrafos que pinten el génesis, elaboración,

desarrollo y establecimiento de las ideas que conducen directamente a una (chifladura perdónenme ustedes la palabra); pero renuncio con mayor generosidad a relatar menudencias que ni de cerca ni de lejos son necesarias para que se comprenda lo que quiero decir.

Pues bien: sufrí la obsesión del vidrio roto, A pesar de que empleé los posibles esfuerzos de voluntad para desechar la preocupación, verdaderamente ridícula, que me dominaba, concluyendo, repito, por ser esclavo de una manía tan disparatada que concretaba en la siguiente pregunta: ¿ Por que razón, tratándose de un piso principal de buen aspecto, no son reemplazados los trozos del vidrio roto?» Nada me importaban en verdad, el hecho y sus causas; pero otro de los principales defectos del hombre es pensar y meterse en le que no le importa.

Siguiendo los impulsos de mi extravagancia, me detenía siempre en la calle do X, frente al balcón, mirando embobado al que llamaba «mi vidrio roto», a riesgo de que las gentes de la vecindad me clasificasen, por lo menos, en la especie de los osos enamorados: da día, de noche, en todos los instantes mi pensamiento caía en el vidrio roto, como caen los cuerpos obedeciendo a la ley de la gravedad

¿Si habré perdido el juicio?—me decía.— Vamos, es cosa de terminar: sino, doy en Léganes, como dos y tres son cinco.

Una tarde pasé por la calle a la hora en que las familias acomodadas salen a paseo, y me encontré con que a la puerta de la susodicha casa so hallaba un lando con todas las señales da ser un servicio alquilado aa precio prudente. Los trajes del cochero y del lacayo denunciaban medidas mas amplias que las da sus cuerpos; los caballos, con las cabezas algo doblegadas, demostraban una existencia nada exenta de fatigas; el correaje, embetunado a brochagorda. patentizaba el afán poco espléndido de gastos; y el coche, en fin, que era lo menos malo del tren, exhibía en su charolado alguno que otro agrietamiento, a manera de los del asfalto de aceras recocido por el sol de verano.

Vi, pues, que el lacayo so adelantaba a abrir la portezue!a, a la vez que inclinaba ante una familia formada por un matrimonio, ó cosa por el estilo, y por dos jóvenes.

El primero que apareció en la puerta de la casa fue el papa, caballero de patillas blancas y de aspecto altivo, que miró a uno y otro lado do la calle, volviéndose luego tranquilamente para dejar paso a su costilla, curvas trazas indicaban una persona satisfecha y elegante, y las dos niñas, sonrientes y nada feas, aunque un tanto tiesecillas y afectadas, a las cuales yo conocía de vista por su asistencia constante a teatros, paseos y espectáculos de toda clase, incluso funciones de iglesia y exposiciones artísticas.

Esta distinguidísima familia se acomodo en el carruaje, que tomó seguidamente una dirección reveladora de que iba a alternar en la habitual concurrencia al paseo de Ángel caído

Volví mis miradas a la casa de vidrio roto, y repare que una mujer de edad madura, la portera indudablemente, hacia un ademán especial de despedida al ya lejano vehículo, ademán que coincidía con el fruncimiento de las cejas y con un movimiento de alzar y bajar la cabeza: pero en aquel instante yo no podía interpretar en sentido desfavorable para la familia del coche la mímica de la portera, porque, dále que dále con el vidrio roto, pensaba en la necesidad de resolver mi estado de preocupación, aprovechando la circunstancia de hallarse desalquilado un piso segundo de la misma casa.

Entre en el portal y pregunté a la portera, equivocándome de propósito, el precio y condiciones del cuarto principal.

No es el principal, señorito; es el segundo izquierda,

-me respondió la mujer.

-¡Vaya por Dios! Sin duda tengo telarañas en los ojos o me alucina el deseo de vivir en el principal de esta esquina, que por cierto me gusta mucho

-Ya lo sé- me dijo la portera con tono de sorna.

-¿Qué lo sabe usted?

-Si señor; y más vale que hable usted con franqueza; así no hay peligro de que nadie se engañe.

-Mi cara demostró sin duda gran asombro, porque la portera se apresuro a añadir sonriéndose:

– Como que le he visto a usted muchas veces mirar hacia el principal, en que viven esas señoritas… Pues, las del coche.

Pronunció esta última frase con gesto tan desdeñoso, que desde luego me figure que la portera rabiados por charlar y desahogas, como suele decirse vulgarmente.

Sospeché también que abrigada algún resentimiento contra la familia que habitaba el principal del vidrio roto; pero no acomodándome pasar por lo de oso enamorado juzgué conveniente tomar otro camino.

– Se equivoca usted. Miro muchas veces a esta casa, porque, en efecto, me agradaría vivir en ella. Siento que sea segundo, y no principal, el cuarto deshabitado, porque habría menos escaleras que subir para mi mujer, algo delicada de salud..

-¡Ah!

-Para mis dos suegras

-¡ Ave María! ¡Dos suegras!

– Y aun para mi mismo.

– Pues oiga usted, señorito; la escalera es muy descansada; la casa tiene hermoso patio con jardin, venga usted y mire.

– Seguí a la portera, entre en el patio y vi… lo menos una docena de vidrios rotos en la galería del piso principal.

– ¡Diantre, cuanto vidrio roto!

– ¡ Cosas de..la vida!- exclamó la portera- Después de todo- añadió- los vidrios son… para romperse.

– Bueno; pero se reemplazan. ¡ Para qué están los vidrieros?

– Eso es harina de otro costal, señorito-dijo maliciosamente.

Yo estaba ansioso, viendo que se me ofrecía ocasión, de descifrar lo del vidrio roto. Repentinamente se me ocurrió la idea de acudir un método de averiguación muy socorrido.

– ¡Bah! Ya sé que los inquilinos del principal son algo descuidados.

-¡Dios! ¿Descuidados dice usted? Pues no se descuidan para ir en coche y deber a medio Madrid.

– ¡ Hola!..-pensé; y añadí en alta voz:-¡Deber! ¿Y quien no debe aquí?

– Si señor; pero hay muchas maneras de deber, entre ellas la de hacerlo a fuerza de trampas para darse lujo y darse pisto..

– En fin, lo que me interesa y lo que deploro es que el cuarto principal no se halle desalquilado..

– Pues muy pronto lo estará, señorito; porque si antes de ocho días no pagan los cinco meses al casero, y los cinco duros, uno por mes y portería, que me deben a mi, se les pondrá la calle. Pero ¡quia! ¡que han de pagar! Deben al carnicero, al tendero de ultramarinos, al panadero, a la modista, al carbonero, ¡ a los demonios! Ya ve usted, ¡tanto perifollo y no llaman al vidriero!

– Adiós volveré dentro de ocho días.

Salí escapado a la calle porque me bastaba lo dicho por la locuaz portera, para que resultara justificada la permanencia de los trozos del vidrio en cuestión.

Y vean ustedes lo que son las cosas de la vida, como dijo la portera. Cesó instantáneamente mi preocupación y aquella noche no soñé con el vidrio roto.

El siguiente día, al cruzar la Puerta del Sol, me detuve para que no me atropellara un landó ocupado por la familia tramposa, que ostentaba todo el aspecto de completa satisfacción y de buen pagar de los que no deben un cuarto a nadie y viven cómodamente. Parodiando una conocida frase de Alfonso Kar, dije para mi coleto:

-¡Hipócritas! ¡Y siguen pareciéndome gente feliz!..

Punto final, porque temo que al llegar a esta conclusión, un lector cualquiera empiece a llamar a sus criadas o a recorrer las habitaciones exteriores de su casa, gritando azorado:

– ¡A ver! ¡No sea el diablo que haya en los balcones algún vidrio roto!

Celso García de la Riega

Anuncios

Navegación en la entrada única

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: