Celso García de la Riega

Biografía, Obras, Pinturas, Teorías y Artículos

Justicia y No Por Mi Casa

La Correspondencia de España 20 Enero 1892

Justicia y No Por Mi Casa

Correspondencia España Art CelsoYa no había motivo para apurarse. La cuestión entraba en vías de arreglo. La alegría se manifestaba en todos los rostros; La satisfacción rebosaba de todos los corazones. Liberales y conservadores, republicanos y carlistas, creyentes e incrédulos, optimistas o pesimistas se tendían espontáneamente y sinceramente la mano unos a otros: era, en fin, un día de inmenso júbilo para el país, porque se celebraba la primera sesión de los….

Imitando a ciertos novelistas, considero indispensable informar a los lectores acerca de los orígenes del suceso. Algún tiempo antes de la fecha a que me refiero, diversos síntomas sobrado significativos anunciaban la posibilidad de una catástrofe, si el pecho generoso de los ciudadanos impulsado por el enérgico aliento del gobierno no acudía con decisión y con urgencia al remedio de la difícil situación económica que sufríamos. Todo era entonces incertidumbre y confusión: unos pasos más, y el pánico, que empezaba apoderarse de las gentes, reduciría el desorden y el caos.

No sé quién ni en donde había asegurado que no existían verdaderos fundamentos para ese pánico; que sobraban recursos a la nación para dominar la crisis; que, en efecto, toda indisposición descuidada suele transformarse en grave enfermedad y sobrevenir la muerte, pero que aún nos hallábamos en estado de salvarnos, que para este objeto era necesario encontrar inmediatamente dinero, es decir, oro, por medio de un gran empréstito; que para asegurar el éxito de esta operación de crédito se hace indispensable entrar rápida y enérgicamente en el camino de las grandes economías, y que para todo ello se precisaban fortaleza, prestigio y valor en el gobierno.

Estas ideas habían llegado velozmente a todos los ámbitos del país e inculcado en los ánimos la pasión de las economías. En todas provincias habían celebrado reuniones públicas seguidas de imponentes manifestaciones: las corporaciones populares, las asociaciones y sociedades, los propietarios, los industriales y, en resumen, todas las gentes, en todas partes y por todos los medios, habían hecho pública ostentación del más acendrado patriotismo y de la mas sincera resolución de sacrificar los intereses de localidad y de clase al bien general.

Además, ¡ qué grandioso espectáculo! Se anhelaba dar al universo una prueba indudable, no solo de que los pueblos que quieren pueden, sino también que España es en el mundo la nación de mayores alientos.

Los habitantes en masa de las poblaciones capitales de provincia, universidad, de capitanía general, de diócesis y de audiencia, habían expresado su aubsoluta conformidad con las economías que todos los labios venían pregonando como salvadoras y solicitado que no se tuviese miramiento ni consideración alguna. ¡Economías, y caiga quien caiga! Salus populi etc…

La magistratura, con su seriedad característica, habías expuesto que sus miembros eran muy numerosos, que tocaba poco trabajo a cada uno y que existía en la nación un verdadero lujo de audiencias.

El ejército y la marina, con la mesura propia de corporaciones armadas, habían dicho que sobraban consejos, juntas consultivas, estado mayor general y otros gastos por el estilo.

El alto clero y los cabildos no quisieron quedarse atrás en tales demostraciones de patriotismo y manifestaron, hasta desde el púlpito (notable suceso fue), opiniones de índole parecida a las anteriormente apuntadas.

En una palabra; después de expresarse por separado y en igual sentido las diferentes clases del país, se convino en que estas diputasen representantes ad hoc, los cuales se reunieron y acordaron nombrar… ponencias unipersonales para concretar y proponer las reducciones que debieran llevarse al presupuesto de gastos, se fijo el día de la primera sesión en que los ponentes darían cuenta de su cometido, y ese día había llegado.

Sin protesta alguna y, por el contrario, con regocijo y por unanimidad, la reunión quedó conforme en pedir la supresión de embajadas, oficinas de presidencia del Consejo de ministros, Consejo de Estado y grande reducciones en todos los centros y en las clases pacidos.

Un sabio sacerdote, encargado de los asuntos de guerra, fue el primero de los ponentes que presentó el fruto de su trabajo, cuyo resumen era siguiente:

Supresión de direcciones o inspecciones generales, capitanías generales y gobiernos. Edad para retiros 65 años. Los servicios militares no se computarán para jubilaciones civiles. Estado Mayor Generalísimo: ministerio de la Guerra. Cinco cuerpos de ejército: Madrid, Zaragoza, Valladolid, Sevilla, Valencia…

En el acto, y sin permitir que el ponente concluyera la lectura de su papelito, los representantes de varias ciudades pidieron airados la palabra.

-Señores- dijo con profunda indignación y con simpático acento andaluz el primero que logro la atención de los concurrentes, muy lejos de mi animo y del de mis representados estaba la sospecha de que pudiera ser preferida, para capital de un cuerpo de ejercito, la hermosa población cuya entrega coronó la reconquista de siete siglos. No merece semejante desdén la corte de Boabdil, la ciudad de los Reyes Católicos…

-¡Ni la de los Berengueres!

-¡Ni la del Cid!

-¡Ni María Pita!

-¡Ni el baluarte de los Pirineos!

-¡Ni..ni..ni..ni..

Visto el vuelo que tomaba la discusión, se acordó suspender la de esta ponencia.

Siguió al sacerdote un general de brigada, encargado de proponer la división eclesiástica, el cual, mientras aquel informaba a la reunión, había modificado con brio en su papel algunos números y tachado con coraje varios nombres de pueblos. Giró por el salón una mirada de valentía y empezó a ver de esta manera:

– Cuatro arxobispados: Toledo, Santiago, Tarragona, Granada. (Murmullos)- Obispados de Toledo: Burgos, Salamanca, Ávila, Soria, Cuenca, Cáceres, Ciudad Real. (Aumentaron los murmullos)- Obispados de Santiago: Lugo, Astorga, Oviedo. (Voces, gritos, exclamaciones)- Obispados de Tarragona: Pamplona, Zaragoza, Gerona, Valencia, Mallorca. (Ternos repetidos)- Obispados de Granada: Sevilla, Jaen, Murcia, Canarias…

¡María Santísima! ¡ La que se armó! Sesenta voces clamaron atropelladamente la palabra: logró dominar la del representante de Tuy, y dijo:

La provincia helénica es la más poblada del mundo. La catedral tudense fue in illo témpore mansión de doña Urraca.. ¡ El Miño bajo no puede quedarse sin obispado!

-Pues que, interrumpió de Zamora, ¿es moco de pavo lo del obispo Acuña, caudillo de las comunidades?

-¿Y es grano de anis la campana de Huesca?

-¿Por ventura os atrevéis a dejar sin mitra la patria de Juan de la Cosa?

-¡Orden, orden! Se suspende esta discusión. El señor ponente de la división judicial tiene la palabra.

Era un marino que habló así:

– Resumen de mi tarea. Veinte tribunales regionales para lo civil y lo contencioso. Jurados con fiscales del estado, para los criminales. Reorganización de los juzgados de primera instancia y tribunales locales en sustitución de los juzgados municipales. Creación de la policía. Supresión de todas las Audiencias…

Varias voces: Pido que el señor marino lea la lista de los pueblos en que habrán de residir los veinte tribunales!

Otras: Eso es, que se lea. Quiero saber si mi pueblo, modesto, trabajador, con tantos títulos, con tantos méritos, en condiciones topográficas tan adecuadas…

¡Anda, anda! ¡Buena bronca se levantó por los representantes de varias poblaciones al saber que estas no figuraban en la lista! No concebian semejante injusticia: los ayes llegaban al cielo. En fin, se suspendió también la discusión de la ponencia de tribunales, y un respetable magistrado tomó la palabra.

– Señores, me habéis endosado la ponencia relativa a las cosas de la marina; pero soy un funcionario esclavo del método y del procedimiento, y me niego a dar cuenta de mi trabajo: no lo haré hasta que se acuerde sobre los dictámenes anteriores. Veo que todo lo vais dejando para otra ocasión, y no quiero, ni puedo, ni debo exponerme a que suceda lo mismo con mi propuesta. No toco ahora a la marina. He dicho.

Respiraron algunos representantes y en sus miradas brilló mal disimulada satisfacción. Nadie replicó al magnífico discurso del magistrado y, en su vista, el presidente de la asamblea, que era propietario, se levantó un tanto contrariado.

– Caballeros,- exclamó- el proyecto de división administrativa que me habéis encomendado se reduce a pocas palabras. veinticuatro gobernadores de provincia, jefes a la vez de hacienda; veinticuatro diputaciones provinciales, veinticuatro ingenieros jefes…

– Pedimos al caballero veinticuatro que nos diga los nombres de esas provincias.

-Señores, son las siguientes (Leyó).

Gritería, confusión, tumulto, por los veinticinco representantes de las provincias suprimidas, que increpaban, insultaban y amenazaba a los veinticuatro de las gananciosos.

No se vislumbraban medios de avenencia y la algarabía se hizo general. Los concurrentes, con ligeras excepciones, se consideraban lastimados en su representación: las ponencias no había agradado a los que eran comprendidos en las económicas.

Empeñábanse todos en demostrar que las reducciones de gastos se debían hacer… por el vecino. Afortunadamente un nuevo personaje entro en el salón, se subió sobre la mesa presidencial y a fuerzas de tiros… disparados al aire, se hizo escuchar.

– De orden del sentido común, dijo, se disuelve esta reunión.¡Váyanse ustedes a paseo, hipócritas!.

Y los representantes ad hoc fueron desfilando, diciendo cada cual para su capote:

– Muchas economías, muchas…en la casa de al lado

Celso García de la Riega

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